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Lunes, 8 Septiembre

ALEKSANDR PUSHKIN -- EL FABRICANTE DE ATAUDES
de
ARKAIKO
el lun 08 sep 2008 19:27 CEST
http://rimasfrasescitas.blogspot.com/2008/09/aleksandr-pushkin-el-fabricante-de.html
ALEKSANDR PUSHKIN _El fabricante de ataúdes_¿No vemos cada día ataúdes, del mundo canas de decrepitud?DERZHAVIN _ Los últimos enseres del fabricante de ataúdes Adrián Prójorov se cargaron sobre el coche fúnebre, y la pareja de rocines se arrastró por cuarta vez de la Basmánnaya a la Nikítinskaya, calle a la que el fabricante se trasladaba con todos los suyos. Tras cerrar la tienda, clavó a la puerta un letrero en el que se anunciaba que la casa se vendía o arrendaba, y se dirigió a pie al nuevo domicilio. Cerca ya de la casita amarilla, que desde hacía tanto había tentado su imaginación y que por fin había comprado por una respetable suma, el viejo artesano sintió con sorpresa que no había alegría en su corazón. Al atravesar el desconocido umbral y ver el alboroto que reinaba en su nueva morada, suspiró recordando su vieja casucha donde a lo largo de dieciocho años todo se había regido por el más estricto orden; comenzó a regañar a sus dos hijas y a la sirvienta por su parsimonia, y él mismo se puso a ayudarlas. Pronto todo estuvo en su lugar: el rincón de las imágenes con los iconos, el armario con la vajilla; la mesa, el sofá y la cama ocuparon los rincones que él les había destinado en la habitación trasera; en la cocina y el salón se pusieron los artículos del dueño de la casa: ataúdes de todos los colores y tamaños, así como armarios con sombreros, mantones y antorchas funerarias. Sobre el portón se elevó un anuncio que representaba a un corpulento Eros con una antorcha invertida en una mano, con la inscripción: «Aquí se venden y se tapizan ataúdes sencillos y pintados, se alquilan y se reparan los viejos.» Las muchachas se retiraron a su salita. Adrián recorrió su vivienda, se sentó junto a una ventana y mandó que prepararan el samovar. El lector versado sabe bien que tanto Shakespeare como Walter Scott han mostrado a sus sepultureros como personas alegres y dadas a la broma, para así, con el contraste, sorprender nuestra imaginación. Pero en nuestro caso, por respeto a la verdad, no podemos seguir su ejemplo y nos vemos obligados a reconocer que el carácter de nuestro fabricante de ataúdes casaba por entero con su lúgubre oficio. Adrián Prójorov por lo general tenía un aire sombrío y pensativo. Sólo rompía su silencio para regañar a sus hijas cuando las encontraba de brazos cruzados mirando a los transeúntes por la ventana, o bien para pedir una suma exagerada por sus obras a los que tenían la desgracia (o la suerte, a veces) de necesitarlas. De modo que Adrián, sentado junto a la ventana y tomándose la séptima taza de té, se hallaba sumido como de costumbre en sus tristes reflexiones. Pensaba en el aguacero que una semana atrás había sorprendido justo a las puertas de la ciudad al entierro de un brigadier retirado. Por culpa de la lluvia muchos mantos se habían encogido, y torcido muchos sombreros. Los gastos se preveían inevitables, pues las viejas reservas de prendas funerarias se le estaban quedando en un estado lamentable. Confiaba en resarcirse de las pérdidas con la vieja comerciante Triújina, que estaba al borde de la muerte desde hacía cerca de un año. Pero Triújina se estaba muriendo en Razguliái, y Prójorov temía que sus herederos, a pesar de su promesa, se ahorraran el esfuerzo de mandar a por él hasta tan lejos y se las arreglaran con la funeraria más cercana. Estas reflexiones se vieron casualmente interrumpidas por tres golpes francmasones en la puerta. —¿Quién hay? —preguntó Adrián. La puerta se abrió y un hombre en quien a primera vista se podía reconocer a un alemán artesano entró en la habitación y con aspecto alegre se acercó al fabricante de ataúdes. —Excúseme, amable vecino—dijo aquel con un acento que hasta hoy no podemos oír sin echarnos a reír—, perdone que le moleste... Quería saludarlo cuanto antes. Soy zapatero, me llamo Gotlib Schultz, y vivo al otro lado de la calle, en la casa que está frente a sus ventanas. Mañana celebro mis bodas de plata y le ruego que usted y sus hijas vengan a comer a mi casa como buenos amigos. La invitación fue aceptada con benevolencia. El dueño de la casa rogó al zapatero que se sentara y tomara con él una taza de té, y gracias al natural abierto de Gotlib Schultz, al poco se pusieron a charlar amistosamente. —¿Cómo le va el negocio a su merced?—preguntó Adrián. —He-he-he—contestó Schultz—, ni mal ni bien. No puedo quejarme. Aunque, claro está, mi mercancía no es como la suya: un vivo puede pasarse sin botas, pero un muerto no puede vivir sin su ataúd. —Tan cierto como hay Dios—observó Adrián—. Y, sin embargo, si un vivo no tiene con qué comprarse unas botas, mal que le pese, seguirá andando descalzo; en cambio, un difunto pordiosero, aunque sea de balde, se llevará su ataúd. Así prosiguió cierto rato la charla entre ambos; al fin el zapatero se levantó y antes de despedirse del fabricante de ataúdes, le renovó su invitación. Al día siguiente, justo a las doce, el fabricante de ataúdes y sus hijas salieron de su casa recién comprada y se dirigieron a la de su vecino. No voy a describir ni el caftán ruso de Adrián Prójorov, ni los atavíos europeos de Akulina y Daria, apartándome en este caso de la costumbre adoptada por los novelistas actuales. No me parece, sin embargo, superfluo señalar que ambas muchachas llevaban sombreritos amarillos y zapatos rojos, algo que sucedía sólo en ocasiones solemnes. La estrecha vivienda del zapatero estaba repleta de invitados, en su mayoría alemanes artesanos con sus esposas y sus oficiales. Entre los funcionarios rusos se encontraba un guardia de garita, el finés Yurko, que, a pesar de su humilde grado, había sabido ganarse la especial benevolencia del dueño. Había servido en este cargo de cuerpo y alma durante veinticinco años, como el cartero de Pogorelski. El incendio del año doce que destruyó la primera capital de Rusia, devoró también la garita amarilla del guardia. Pero tan pronto como fue expulsado el enemigo, en el lugar de la garita apareció una nueva, de color grisáceo, con blancas columnillas de estilo dórico, y Yurko volvió a ir y venir junto a ella con «su seguro y su coraza de arpillera». Lo conocían casi todos los alemanes que vivían cerca de la Puerta Nikitínskie, y algunos de ellos incluso habían pasado en la garita de Yurko alguna noche del domingo al lunes. Adrián en seguida trabó relación con él, pues era persona a la que tarde o temprano podría necesitar, y en cuanto los convidados se dirigieron a la mesa, se sentaron juntos. El señor y la señora Schultz y su hija Lotchen, una muchacha de diecisiete años, reunidos con los comensales, atendían juntos a los invitados y ayudaban a servir a la cocinera. La cerveza corría sin parar. Yurko comía por cuatro: Adrián no se quedaba atrás; sus hijas hacían remilgos; la conversación en alemán se hacía por momentos más ruidosa. De pronto, el dueño reclamó la atención de los presentes y, tras descorchar una botella lacrada, pronunció en voz alta en ruso: —¡A la salud de mi buena Luise! Brotó la espuma del vino achampañado. El anfitrión besó tiernamente la cara fresca de su cuarentona compañera, y los convidados bebieron ruidosamente a la salud de la buena Luise. —¡A la salud de mis amables invitados! —proclamó el anfitrión descorchando la segunda botella. Y los convidados se lo agradecieron vaciando de nuevo sus copas. Y uno tras otro siguieron los brindis: bebieron a la salud de cada uno de los invitados por separado, bebieron a la salud de Moscú y de una docena entera de ciudades alemanas, bebieron a la salud de todos los talleres en general y de cada uno en particular, bebieron a la salud de los maestros y de los oficiales. Adrián bebía con tesón, y se animó hasta tal punto que llegó a proponer un brindis ocurrente. De pronto uno de los invitados, un gordo panadero, levantó la copa y exclamó: —¡A la salud de aquellos para quienes trabajamos, unserer Kundleute! La propuesta, como todas, fue recibida con alegría y de manera unánime. Los convidados comenzaron a hacerse reverencias los unos a los otros: el sastre al zapatero, el zapatero al sastre, el panadero a ambos, todos al panadero, etcétera. Yurko, en medio de tales reverencias recíprocas, gritó dirigiéndose a su vecino: —¿Y tú? ¡Hombre, brinda a la salud de tus muertos! Todos se echaron a reír, pero el fabricante de ataúdes se sintió ofendido y frunció el ceño. Nadie lo había notado, los convidados siguieron bebiendo, y ya tocaban a vísperas cuando empezaron a levantarse de la mesa. Los convidados se marcharon tarde y la mayoría achispados. El gordo panadero y el encuadernador, cuya cara parecía envuelta en encarnado codobán, llevaron del brazo a Yurko a su garita, observando en esta ocasión el proverbio ruso: «Hoy por ti, mañana por mí.» El fabricante de ataúdes llegó a casa borracho y de mal humor. —Porque, vamos a ver —reflexionaba en voz alta—; ¿en qué es menos honesto mi oficio que el de los demás? ¡Ni que fuera yo hermano del verdugo! Y ¿de qué se ríen estos herejes? ¿O tengo yo algo de payaso de feria? Tenía ganas de invitarlos para remojar mi nueva casa, de darles un banquete por todo lo alto, ¿pero ahora?, ¡ni pensarlo! En cambio voy a llamar a aquellos para los que trabajo: a mis buenos muertos. —¿Qué dices, hombre? —preguntó la sirvienta que en aquel momento lo estaba descalzando—. ¡Qué tonterías dices? ¡Santíguate! ¡Convidar a los muertos! ¿A quién se le ocurre? —¡Como hay Dios que lo hago! —prosiguió Adrián—. Y mañana mismo. Mis buenos muertos, les ruego que mañana por la noche vengan a mi casa a celebrarlo, que he de agasajarles con lo mejor que tenga.. . Tras estas palabras el fabricante de ataúdes se dirigió a la cama y no tardó en ponerse a roncar. En la calle aún estaba oscuro cuando vinieron a despertarlo. La mercadera Triújina había fallecido aquella misma noche y un mensajero de su administrador había llegado a caballo para darle la noticia. El fabricante de ataúdes le dio por ello una moneda de diez kopeks para vodka, se vistió de prisa, tomó un coche y se dirigió a Razguliái. Junto a la puerta de la casa de la difunta ya estaba la policía y, como los cuervos cuando huelen la carne muerta, deambulaban otros mercaderes. La difunta yacía sobre la mesa, amarilla como la cera, pero aún no deformada por la descomposición. A su alrededor se agolpaban parientes, vecinos y criados. Todas las ventanas estaban abiertas, las velas ardían, los sacerdotes rezaban. Adrián se acercó al sobrino de Triújina, un joven mercader con una levita a la moda, y le informó que el féretro, las velas, el sudario y demás accesorios fúnebres llegarían al instante y en perfecto estado. El heredero le dio distraído las gracias, le dijo que no iba a regatearle el precio y que se encomendaba en todo a su honesto proceder. El fabricante, como de costumbre, juró que no le cobraría más que lo justo y, tras intercambiar una mirada significativa con el administrador, fue a disponerlo todo. Se pasó el día entero yendo de Razguliái a la Puerta Nikítinskie y de vuelta: hacia la tarde lo tuvo listo todo y, dejando libre a su cochero, se marchó andando para su casa. Era una noche de luna. El fabricante de ataúdes llegó felizmente hasta la Puerta Nikítinskie. Junto a la iglesia de la Ascensión le dio el alto nuestro conocido Yurko que, al reconocerlo, le deseó las buenas noches. Era tarde. El fabricante de ataúdes ya se acercaba a su casa, cuando de pronto le pareció que alguien llegaba a su puerta, la abría y desaparecía tras ella. «¿Qué significará esto?—pensó Adrián—. ¿Quién más me necesitará? ¿No será un ladrón que se ha metido en casa? ¿O es algún amante que viene a ver a las bobas de mis hijas? ¡Lo que faltaba!» Y el constructor de ataúdes se disponía ya a llamar en su ayuda a su amigo Yurko, cuando alguien que se acercaba a la valla y se disponía a entrar en la casa, al ver al dueño que corría hacia él, se detuvo y se quitó de la cabeza un sombrero de tres picos. A Adrián le pareció reconocer aquella cara, pero con las prisas no tuvo tiempo de observarlo como es debido. —¿Viene usted a mi casa? —dijo jadeante Adrián—, pase, tenga la bondad. —¡Nada de cumplidos, hombre! —contestó el otro con voz sorda—. ¡Pasa delante y enseña a los invitados el camino! Adrián tampoco tuvo tiempo para andarse con cumplidos. La portezuela de la verja estaba abierta, se dirigió hacia la escalera, y el otro le siguió. Le pareció que por las habitaciones andaba gente. «¡¿Qué diablos pasa?!», pensó. Se dio prisa en entrar... y entonces se le doblaron las rodillas. La sala estaba llena de difuntos. La luna a través de la ventana iluminaba sus rostros amarillentos y azulados, las bocas hundidas, los ojos turbios y entreabiertos y las afiladas narices... Adrián reconoció horrorizado en ellos a las personas enterradas gracias a sus servicios, y en el huésped que había llegado con él, al brigadier enterrado durante aquel aguacero. Todos, damas y caballeros, rodearon al fabricante de ataúdes entre reverencias y saludos; salvo uno de ellos, un pordiosero al que había dado sepultura de balde hacía poco. El difunto, cohibido y avergonzado de sus harapos, no se acercaba y se mantenía humildemente en un rincón. Todos los demás iban vestidos decorosamente: las difuntas con sus cofias y lazos, los funcionarios fallecidos, con levita, aunque con la barba sin afeitar, y los mercaderes con caftanes de día de fiesta. —Ya lo ves, Prójorov—dijo el brigadier en nombre de toda la respetable compañía—, todos nos hemos levantado en respuesta a tu invitación; sólo se han quedado en casa los que no podían hacerlo, los que se han desmoronado ya del todo y aquellos a los que no les queda ni la piel, sólo los huesos; pero incluso entre ellos uno no lo ha podido resistir, tantas ganas tenía de venir a verte. En este momento un pequeño esqueleto se abrió paso entre la muchedumbre y se acercó a Adrián. Su cráneo sonreía dulcemente al fabricante de ataúdes. Jirones de paño verde claro y rojo y de lienzo apolillado colgaban sobre él aquí y allá como sobre una vara, y los huesos de los pies repicaban en unas grandes botas como las manos en los morteros. —No me has reconocido, Prójorov —dijo el esqueleto—. ¿Recuerdas al sargento retirado de la Guardia Piotr Petróvich Kurilkin, el mismo al que en el año 1799 vendiste tu primer ataúd, y además de pino en lugar del de roble? Dichas estas palabras, el muerto le abrió sus brazos de hueso, pero Adrián, reuniendo todas sus fuerzas, lanzó un grito y le dio un empujón. Piotr Petróvich se tambaleó, cayó y todo él se derrumbó. Entre los difuntos se levantó un rumor de indignación: todos salieron en defensa del honor de su compañero y se lanzaron sobre Adrián entre insultos y amenazas. El pobre dueño, ensordecido por los gritos y casi aplastado, perdió la presencia de ánimo y, cayendo sobre los huesos del sargento retirado, se desmayó. El sol hacía horas que iluminaba la cama en la que estaba acostado el fabricante de ataúdes. Éste por fin abrió los ojos y vio delante suyo a la criada que atizaba el fuego del samovar. Adrián recordó lleno de horror los sucesos del día anterior. Triújina, el brigadier y el sargento Kurilkin aparecieron confusos en su mente. Adrián esperaba en silencio que la criada le dirigiera la palabra y le refiriese las consecuencias del episodio nocturno. —Se te han pegado las sábanas, Adrián Prójorovich—dijo Aksinia acercándole la bata—. Te ha venido a ver tu vecino el sastre, y el de la garita ha pasado para avisarte que es el santo del comisario. Pero tú has tenido a bien seguir durmiendo y no hemos querido despertarte. —¿Y de la difunta Triújina no ha venido nadie? —¿Difunta? ¿Es que se ha muerto? —¡Serás estúpida! ¿O no fuiste tú quien ayer me ayudó a preparar su entierro? —¿Qué dices, hombre? ¿Te has vuelto loco, o es que aún no se te ha pasado la resaca? ¿Ayer qué entierro hubo? Si te pasaste todo el día de jarana en casa del alemán, volviste borracho, caíste redondo en la cama y has dormido hasta la hora que es, que ya han tocado a misa. —¡No me digas! —exclamó con alegría el fabricante de ataúdes. —Como lo oyes—contestó la sirvienta. —Pues si es así, trae en seguida el té y ve a llamar a mis hijas.
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Jueves, 4 Septiembre

VUDU -- TODO DEPENDE DE UN CABELLO -- FREDRIC BROWN
de
ARKAIKO
el jue 04 sep 2008 21:31 CEST
VUDU
TODO DEPENDE DE UN CABELLO
FREDRIC BROWN _ Todo Depende De Un Cabello Fredric Brown_ La esposa del señor Decker volvió de Haití. _ Había ido sola. Habían decidido pasar un tiempo separados para arreglar luego amistosamente el divorcio. Pero eso nada había cambiado. Se detestaban todavía un poco más que antes. - Divide en dos partes - Exigió firmemente la señora Decker -. La mitad de tu dinero y de tus bienes. - Es ridículo - Replicó con aspereza el señor Decker. - ¿Ridiculo, eh? Si quisiera lo tendría todo. En Haití, he estudiado vudú. - ¿Y qué? - Que si no fuera una mujer honrada morirías por paralización del corazón. El vudú no deja huellas. - ¡Tonterias! - Exclamó con superioridad el señor Decker. - Bien, permíteme hacer la prueba. ¡Un trozo de uña o de cabello y verás! ¡Patrañas! - Afirmó el buen señor Decker. - Te hago una proposición, probamos. Si no da resultado, nos divorciamos y no pido nada. Si sale bien, heredo y me voy muy agradecida. - De acuerdo - Dijo el señor Decker - Trae cera y un alfiler. Se miró las uñas. - Demasiado cortas. Te daré un cabello. Fue al cuarto de baño y volvió con un cabello en un tubo de aspirina. La señora Decker había ablandado ya la cera. Hundió en ella el cabello y la modeló groseramente en forma de ser humano. - Lo lamentarás - Aseguró, mientras hundía la aguja en el pecho de la estatuilla. El señor Decker se sorprendió, pero de manera agradable. No creía en el vudú, pero era prudente. Además, siempre le había irritado que su mujer no limpiase nunca el peine.
Viernes, 29 Agosto

COMICO -- EL BICHO DE BELHOMME -- GUY DE MAUPASSANT
de
ARKAIKO
el vie 29 ago 2008 20:33 CEST
COMICO -- EL BICHO DE BELHOMME -- GUY DE MAUPASSANT
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EL BICHO DE BELHOMME
http://darkbiografhy.blogspot.com/2008/08/comico-el-bicho-de-belhomme-guy-de.html_ Se disponía a salir de Criquetot la diligencia del Havre, y todos los viajeros aguardaban en el parador a que los fueran llamando para ocupar sus asientos. Era un coche amarillo, cuyas ruedas —con indelebles incrustaciones de barro—, pequeñísimas las del juego delantero, grandes y delgadas las de atrás apoyaban el cajón, deforme y panzudo como el cuerpo de un coleóptero gigantesco. Tres rocinantes blancos, de cabezas enormes y callosas e hinchadas rodillas —dos enganchados en varas y uno delantero—debían arrastrar aquel vehículo monstruoso. Las pobres bestias parecían adormiladas en sus arreos. El mayoral, Cesáreo Harloville, un hombrecito panzudo y sin embargo ligero — gracias a la obligada costumbre de subir al pescante y a la baca trepando por las ruedas—, que tenía el rostro curtido, arrebolado por el sol y el frío, por el viento, la lluvia y el aguardiente se asomó a la puerta del parador enjugándose los labios con el dorso de su manaza. Canastos redondos y achatados llenos de gallinas alborotadas, yacían a los pies de los campesinos inmóviles. Cesáreo Harloville los cogió unos tras otro, para encaramarse una y otra vez a dejar su carga en lo alto del coche. Luego colocó, sin traquetearlas, con el mayor cuidado posible, las cestas de huevos. Tiró desde abajo, para no subir una vez más, los morrales de los piensos, paquetes y líos: todas las menudencias Luego abrió la portezuela, y sacó un papel del bolsillo y empezó a llamar a los víajeros: —El señor párroco de Gorgeville. Avanzó el cura, hombre fornido, alto, grueso, violáceo y de maneras afables. Se recogió la sotana para levantar el pie, como se recogen el vestido las mujeres, y subió en la diligencia. —El señor maestro de Rollebose-les-Grinets. Se apresuró, larguirucho, tímido, enlevitado; y desapareció a su vez, al entrar en la caja. —El señor Poiret, dos asientos. Se acercó Poiret, encorvado por la labranza, enflaquecido por la abstinencia, consumido; anguloso, con la piel resquebrajada y sucia. Le seguía su mujer, insignificante y encogida, oprimiendo entre ambas manos un colosal paraguas verde. El señor Rabot, dos asientos. Vaciló, por ser en todo indeciso, y mientras avanzaba dijo: —Me has llamado, ¿no es cierto? El mayoral, que tenía fama de brusco, se disponía a soltarle una desvergüenza, cuando Rabot fué a dar en la portezuela empujado por su mujer, una cuarentona metida en carnes, de vientre abultado, semejante a un tonel y de manos enormes. Rabot se coló en el coche como un ratoncillo en su madriguera. — El señor Caniveau. Más pesado que un buey, al subirse al estribo se achataron las ballestas; y a su vez se acomodó en la caja. —El señor Belhomme. Belhomme, alto, acartonado, se aproximó con el rostro contraído, como si le angustiara un dolor agudo; apretaba un pañuelo sobre la oreja. Todos llevaban, sobre sus trajes domingueros, de paño verdoso o negro, blusas azules que se quitarían al llegar al Havre; y cubrían su cabeza con gorras de seda altas como torres: la suprema elegancia del campesino normando. Cesáreo Harloville cerró la portezuela del coche y subió al pescante, y al restallar su látigo, los tres rocinantes, como si despertaran, erguidos, hicieron sonar los cascabeles de las colleras. Entonces el mayoral, sacudió las bridas y gritó con todo el brío de sus pulmones: «¡Ooé! ¡Ooé! ¡Ooé!», para animar a los pobres animales. «¡Ooé!... ¡Ooé!... ¡Ooé!...». Sacando fuerzas de flaqueza arrancaron con un trote inseguro y lento. Y al rodar el coche retemblaban los cristales, crujían las maderas, rechinaban los hierros—como si todo aquel artefacto fuese a desquiciarse —con un ruido estruendoso, mientras las dos filas de viajeros traqueteados y sacudidos se agitaban con el vaivén tumultuoso de las olas. Al principio, todos callaban porque les imponía respeto la presencia del sacerdote; pero como era éste de carácter expansivo y franco, no tardó en provocar la conversación. —¿Qué me dice usted de bueno, señor Caniveau? El voluminoso campesino, ligado con el sacerdote por una simpatía de naturaleza robusta y exuberante, respondió sonríente: —Nada de particular, señor párroco: y usted, ¿cómo sigue? —Perfectamente. Yo no puedo quejarme. ¡Vaya! ¡Vaya! y el señor Poiret, ¿de qué se duele ahora? — ¡Nunca me faltan motivos!. La cosecha es medianeja este año, y los negocios... Ya no hay negocios. —Cada vez se hace más difícil todo. —Sí; cada vez se hace más difícil todo—repitió la señora Rabot, con acento de marimacho. Como no era de su parroquia, el sacerdote la conocía sólo de referencias. —¿Es usted la Blondel? —Sí, la Blondel; casada Rabot. Rabot, endeble y tímido, inclinó la cabeza, y sonrió como si dijera: «Si; la Blondel se casó conmigo.» De pronto, el señor Belhomme, que seguía sujetándose contra la oreja el pañuelo, comenzó a gemir de una manera lamentable; daba alaridos y pataleaba para desahogar su horrible sufrimiento. El sacerdote le preguntó: —¿Le duelen a usted las muelas? El campesino dejó un momento de gemir para responder: —No; no son las muelas...; no me duele ninguna muela... Es el oído...; es dentro del oído... —Y ¿qué tiene usted en el oído? ¿Un absceso? —Lo que tengo es un bicho que se me introdujo mientras yo dormía en el pajar. —¿Un bicho? ¿Está usted seguro? —¿Si estoy seguro? ¡Como de que hay cielo y purgatorio, señor párroco! Estoy seguro, porque me hurga y me roe constantemente. Me devora, me da calentura...¡Huy!... ¡Huy!... ¡Huy!... Comenzó de nuevo a patalear y a dar alaridos. Interesaron sus desdichas. Cada uno expresaba su parecer. Poiret suponía el tal bicho una araña; el maestro se inclinaba creerlo una oruga. En Campemuret—donde había regentado la escuela siete años— presenció un caso muy semejante: la oruga, que había entrado por la oreja, salió por la nariz, y como para ello, tuvo que romper el tímpano, dejó sordo al paciente. —Más creíble me parece que sea una lombriz—dijo el sacerdote. El señor Belhomme, con la cabeza inclinada y apoyado en la portezuela, no dejaba de gemir. —¡Huy!... ¡Huy!... ¡Huy!... Muerde como un lobo... Se abre camino... ¡Me come! ... ¡Huy! ...¡Huy!... —¿No has consultado al médico?—le preguntó Caniveau. —No, no he consultado al médico. —¿Por qué no fuiste a su casa? El miedo al médico pareció aliviar a Belhomme. Se enderezó, pero sin apartar la oreja de la mano, con que sostenía el pañuelo. —¡A casa del médico! Y en cuanto un médico te coge, te de arruina. ¡ Si bastara verle una vez! Pero a nada que tenga uno, hace una visita, y otra, y otra; no se cansa de visitar. Luego hay que darle diez francos, o veinte francos, o treinta francos... Y ¿Qué me hubiera hecho? ¿Lo sabes tú? Caniveau reía. —No lo sé. Pero ¿adónde vas así? —Voy al Havre, a que me vea Chambrelán. —¿Quién es Chambrelán? —Un curandero. —Y ¿te curará? —Sí. A mi padre lo curó. —¿A tu padre? —Sí. Hace mucho tiempo. —¿Qué tenía tu padre? —Un mal de aire, que no le dejaba mover el brazo, ni la pierna. —Y ¿qué le hizo el curandero? —Le sobó el costado, como soban el pan cuando amasan, y en un par de horas lo puso bueno. Belhomme sabia que Chambrelán aseguraba el efecto de sus curas con ciertas frases mágicas; pero no se atrevió a decirlo en presencia del sacerdote. Caniveau insistía risueño: —¿No será un conejo lo que se te ha entrado en el oído? Al ver la maraña de pelo que asoma, semejante a un zarzal, pudo confundirlo con su madriguera. Voy a espantarlo; verás cómo sale. Y sirviéndole de tornavoz las palmas de las manos comenzó a imitar la estridente algarabía de perros de caza cuando persiguen a una res. Aullaba, ladraba, chillaba, gruñía, gemía. Y todos los viajeros, incluso el maestro, que no se reía nunca, se hartaron de reír. El sacerdote comprendió que a Belhomme le molestaba ya servir de pretexto para tan ruidosa broma, y para dar a la conversación otro giro, dirigió a la hercúlea señora Rabot esta pregunta: ¿Tiene usted muchos hijos? Muchos; demasiados — respondió la mujerona—. ¡ Cuesta mucho criar tanta familia! Rabot inclinó la cabeza como para reforzar el razonamiento de su mujer. —¿Cuántos hijos tiene usted? Con arrogancia, con voz firme y segura, dijo la señora Rabot: —¡Quince! Catorce de mi marido. El tal marido sonreía expresivamente, satisfecho. Tenía catorce hijos, a pesar de su aparente insignificancia. La mujer lo confesaba; nadie lo pondría en duda. Estaba orgullosa de tener catorce hijos. Pero ¿de quién era el otro, si tenía quince? La mujer no lo dijo entonces y a nadie sorprendió; conocerían la historia: un hijo anterior al matrimonio, un desliz de soltera. Ni Caniveau, que reparaba en todo, hizo comentarios ni preguntas; nada. Belhomme volvió a gimotear: —¡Huy!... ¡Huy!... ¡Huy!... —¡Me hurga! ¡Me come! ¡Qué desgracia la mía! La diligencia se detuvo en una posada. El sacerdote dijo: —Tal vez con un poco de agua saldría. ¿Por qué no lo prueba? ¿Quiere usted probarlo? —!Bueno, sí; lo probaré! Se apearon todos para presenciar la operación. El sacerdote pidió una jofaina, una toalla y medio vaso de agua, y encargó al maestro que sujetara la cabeza del paciente para mantener la oreja en posición horizontal, y cuando el agua hubiese penetrado bien, le volviera de pronto para verterla de un golpe. Pero Caniveau, que tenía los ojos clavados en la oreja de Belhomme, procurando a simple vista descubrir el bicho, exclamo: —¡Rediós, qué mermelada! Es necesario destapar la madriguera para que pueda salir el conejo. Se le pegarían las patas en esa confitura. El sacerdote, al ver el orificio completamente cegado, también opinó que allí no era posible intentar nada. El maestro se encargó de la limpieza valiéndose de un palitroque y de un trapo. Entre la general ansiedad, el sacerdote vertió en el pabellón de la oreja medio vaso de agua, que, al rebosar corría por la cara, por el pelo, por el cogote del paciente. Después, el maestro hizo girar violentamente la cabeza, como si fuese a desatornillarla. Cayeron algunas gotas de líquido en la jofaina. Todos los viajeros se acercaron a ver lo que había salido; pero no vieron bicho alguno. Sin embargo, Belhomme dijo: —Ya no siento nada; ya nada me duele. Y el sacerdote, satisfecho, exclamó: —¡Es posible que haya muerto ahogado! Volvieron todos a la diligencia, pero apenas comenzaron a trotar los rocinantes, Belhomme lanzó nuevamente ayes horribles. El bicho se había despertado con más furia; ya le roía, le devoraba el cerebro. Chillaba y se retorcía de tal modo, que la señora Poiret, creyéndole poseído por el demonio, comenzó a llorar y hacer cruces. Luego el dolor se calmó algo; el paciente notaba que había vuelto hacia fuera el bicho. Imitaba con los dedos la marcha del animal, y como si lo viera, decía: —¡Ya sube otra vez!... ¡Huy!... ¡Huy!... ¡Huy!... ¡Qué desdichado soy! Caniveau empezaba a impacientarse. —Con el agua se ha exasperado No le gustará sin duda el agua... Echadle vino. Volvieron todos a reír estrepitosamente. —Cuando lleguemos a una venta echadle un trago de lo añejo y se calmará. Es lo que pide. Pero, entre tanto, Belhomme sentía mordeduras inaguantables, Comenzó a gritar como si le arrancasen el alma. El sacerdote le sostenía la cabeza y el mayoral accedió a detenerse para pedir auxilio en cualquier casa de labor. Así lo hicieron. Entre todos bajaron a Belhomme de la diligencia y lo tendieron sobre un banco de la cocina para preparar la operación. Caniveau aconsejaba se hiciera con aguardiente aguado el nuevo lavatorio, con objeto de adormecer al bicho emborrachándole, y matarlo así tal vez. El sacerdote prefirió vinagre. Lo dejaba caer gota a gota para que penetrase hasta el fondo, y así estuvo algún rato. Era imposible que resistiera el bicho tan prolongada y desagradable inundación. Después de preparar como antes una jofaina para recibir en ella lo que saliese del orificio, el sacerdote y Caniveau —dos celosos—volvieron a Belhomme y lo sostuvieron en vilo mientras el maestro le golpeaba en la oreja sana para que se vaciase completamente la otra. Hasta Cesáreo Harloville estaba presente, atraído por la curiosidad, con el látigo en la mano. De pronto, repararon que había en la jofaina una mota negra, ¡una pulga que se ahogaba en el vinagre! Hubo exclamaciones de sorpresa primero y después, gritos y risas ruidosas. ¡Una pulga! ¡Tenía gracia, muchísima gracia! Caniveau se golpeaba las rodillas con las manos. Cesáreo Harloville hizo chascar su látigo; el sacerdote soltó la carcajada; el maestro desahogaba su alegría la con una especie de estornudo, y las dos mujeres chillaban de un modo semejante al cacareo de las gallinas. Belhomme se había sentado, y con la jofaina sobre las rodillas contemplaba con odio y placer al bicho, que forcejeaba por librarse de las gotas de vinagre que no le permitían saltar. Masculló: —¡Al fin caíste, roña!—y la envolvió en un salivazo escupido furiosamente. Cesáreo, loco de alegría, exclamaba: —¡Una pulga! ¡Una pulga! ¡Ya caíste, animal feroz, animal feroz ! Pero calmándose de pronto, exclamó: —¡Señores, al coche! Nos hemos entretenido ya demasiado ¡Al coche! Y los viajeros iban hacia la diligencia sin dejar de reír. Belhomme, rezagado, insinuó: —Me quedo aquí para volverme a pie. Ya no tengo que hacer nada en el Havre. Cesáreo le dijo: —Está bien. Págame tu asiento. —Te daré la mitad, pues no he llegado a medio camino siquiera. —No puede ser; pagarás el asiento hasta el Havre, porque así lo encargaste. Hubo réplicas insistentes, y la discusión degeneró en disputa furiosa: Belhomme decía que sólo pagaría un franco, y el mayoral que le cobraría dos. Vociferaban, acercándose mucho el uno al otro, mirándose amenazadores, topando casi nariz contra nariz. Caniveau intervino: —De todos modos, Belhomme, debes al sacerdote dos francos por la cura, y a todos una convidada por los auxilios; en junto, dos francos y medio, más uno que debes a Cesáreo, son tres francos y medio. Paga. El mayoral se regocijaba seguro de que Belhomme se vería obligado a soltar aquel dinero, y dijo: —Me conformo. —Paga—insistió Caniveau. —No pago y no pago—sostuvo el otro—. No pago. El sacerdote no es médico. —Si no pagas en seguida, te meto en la diligencia y te llevaré al Havre. Cogió a Belhomme por la cintura y lo alzó como a un chiquillo. Belhomme, al ver que sería inútil su resistencia, sacó la bolsa y pagó. El coche siguió hacia el Havre, mientras Belhomme desandaba lo andado por la carretera, pesaroso y a pie; y los viajeros reían aún a carcajadas al ver cómo se balanceaba al compás de sus largas piernas.

AMOR -- UN FRACASO -- GUY DE MAUPASSANT
de
ARKAIKO
el vie 29 ago 2008 15:31 CEST
AMOR -- UN FRACASO -- GUY DE MAUPASSANT
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UN FRACASO
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Iba yo a Torino, atravesando la isla de Córcega. En Niza tomé pasaje para Bastia, y en cuanto el vapor se hizo a la mar, descubrí, sentada en el puente, una mujer muy bonita, muy modesta, cuyos ojos miraban a lo lejos, y me dije: «Ya tengo distracción durante la travesía.» Me instalé frente a ella, contemplándola y preguntándome todo lo que debemos preguntarnos en presencia de una desconocida que nos interesa: su estado, su edad y su carácter. Luego, de lo que se ve, se deduce lo que no se ve. Sondamos con los ojos con el pensamiento la figura de lo que aparece sujeto por el corsé y de lo que se cubre con el vestido. Se nota la esbeltez del busto si está sentada y se procura verla el tobillo; se observan las condiciones de sus manos, que revelarán la dulzura de sus caricias, la forma de las orejas, que indica el origen mejor que una partida de bautismo, en la cual es fácil mentir. Se hace lo posible para oír su voz, cuyas entonaciones descubrirán las tendencias de su alma, en tanto que sus frases nos dan idea de su ingenio. El timbre de la voz y todos los matices de las palabras denuncian, a un observador experimentado, toda la contextura sentimental de un carácter, porque siempre hay conexiones, aunque sea muy difícil precisarlas, entre la idea y la función que la exterioriza. Yo contemplaba detenidamente a mi compañera de viaje, procurando advertir síntomas favorables y analizando sus gestos, con la esperanza de que me la revelaran sus actitudes. Abrió un saquito de viaje y sacó un periódico. Me froté las manos de gusto. «Dime lo que lees y te diré lo que piensas.» Comenzó por el articulo de entrada con expresión curiosa y satisfecha. El título del diario me saltó a los ojos: L’echo de Paris. Quedé perplejo. Ella leía, sonriendo, una crónica de Scholl. ¡Diablo! Sin duda no era gazmoña y mostraba gusto por el ingenio cultivado, la malicia intencionada, la sal y hasta un poquito de pimienta. «¡Bravo!», pensé; revela su lectura un temperamento franco y expansivo. ¿Si fuese también algo sentimental? Para tocar este resorte, acercándome a ella lo más posible, me puse a hojear un tomo de poesías que llevaba conmigo: La canción de amor, por Félix Frank. Noté que había leído el rótulo de la cubierta en un parpadeo rápido, como un pajarito coge al vuelo una mosca. Muchos viajeros pasaron por delante de nosotros para mirarla; pero, al parecer ella se abstraía en su lectura por completo. Al terminar, dejó el periódico, y aprovechando la oportunidad, le dije: !Me permite usted que lo vea, señora? —Con mucho gusto — contestó, alargándome la hoja impresa. —Si la distrajesen estas poesías, las pongo a su disposición. —¿Es cosa divertida? Me desconcertó bastante aquella pregunta, refiriéndose a un volumen de versos amorosos. Luego contesté: —Mejor que divertida es la lectura que ofrezco; la juzgo encantadora, delicada, emocional. —Déme usted. Cogió el libro, y mientras recorría varias hojas con cierta expresión de sorpresa, comprendí que no tenía costumbre de leer versos. A veces parecía conmoverse o sonreía, pero de otra manera que ante la crónica de Aureliano Scholl. De pronto, le pregunté: —¿Le gusta? —Si—me contestó—; pero me gustan más las cosas alegres; no me atrae lo sentimental. Ya teníamos conversación. Supe que la viajera estaba casada con un capitán de dragones, de guarnición en Ajaccio, y que iba entonces a reunirse con su marido. De sus palabras deduje que no le quería con mucho entusiasmo. Le quería, sí, pero de cierto modo; como quiere una mujer al hombre que no supo despertar en su corazón grandes ilusiones durante su luna de miel. La había paseado de guarnición en guarnición, de pueblo en pueblo, todos aburridos, muy aburridos. Por fin la reclamaba desde la isla, que debería de ser lúgubre. No; la vida no es alegre para todos. Hubiera preferido quedarse con sus padres en Lyón, porque allí trataba a mucha gente. Pero era forzoso ir a Córcega. El ministro nunca procuraba servir al capitán, y eso que tenía éste una brillante hoja de servicios. Hablamos de las residencias que refería. —¿Le gusta París?—pregunté. —¡Oh! ¡Si me gusta Paris! Caballero, ¿es posible que me haga usted semejante pregunta? Y me habló de Paris con tal entusiasmo, con tal frenesí, con tal ansia, que pensé: «Ya tengo el resorte que me conviene tocar.» Adoraba a París desde lejos, deseándolo, enloqueciendo por su brillo, con hambre, con fiebre, con pasión delirante de provinciana, con impaciencia loca de pájaro enjaulado que descubre, a través de los hierros, el bosque frondoso bañado por el sol. Me hizo mil preguntas palpitantes, apresuradas; quería enterarse de todo, averiguarlo todo en cinco minutos. Conocía los nombres de todas las celebridades y de muchas personas que nunca oí nombrar. —¿Cómo es Gounod? ¿Y Sarou? ¡Ah! Caballero, ¡cuánto me gustan las obras de Sardou! Siempre tan ingenioso, tan vivo, tan interesante! ¡Cada vez que veo representar una obra de Sarou, sueño en sus complicaciones durante muchos días. Leí también un libro de Daudet que me gustó lucho: Safo. ¿Usted lo ha leído? Es un guapo mozo Daudet? ¿Usted le conoce? Y Zola, ¿cómo es? ¡Con su Germinal me hizo llorar! Recuerda usted al pobre niño que muere a oscuras? ¡Qué terrible! Me impresionó tanto, que me sentí enferma. No, eso no hace reír. También he leído un libro de Bourget: Cruel enigma, y a mi prima le hizo tal impresión esa novela, que hasta escribió a Bourget. Me gusta, pero me parece de sobra poético: prefiero aventuras alegres. ¿Conoce usted a Grévin? ¿Y a Coquelín? ¿Y a Damalá? ¿Y a Rochefort? ¡Dicen que tiene mucho ingenio! ¿Y a Cassagnac? Según parece, se desafía diariamente… ***
Al cabo de una hora se iban agotando sus preguntas, y habiendo satisfecho su curiosidad ansiosa, pude hablarla de lo que me convenía. Conté historias y amoríos del mundo parisiense, del gran mundo. Me escuchaba muy atentamente, con toda su alma. ¡Oh! Debió de adquirir una idea muy lúcida ¡y exacta! de las hermosas damas, de las ilustres damas de Paris. Todo eran aventuras galantes, citas, rápidos triunfos y derrotas apasionadas. Me preguntaba ella de cuando en cuando: —¿Así es el gran mundo? Sonriendo maliciosamente, yo contestaba: —Es como digo, y solamente las humildes burguesas que se aburren arrastrando vida monótona por melindres virtuosos, por una virtud que nadie las agradece... Y comencé a fustigar las domésticas virtudes con reflexiones filosóficas, ironías punzantes y ligeras burlas. Hice mofa, descaradamente, de las pobres necias que van envejeciendo sin haber sentido lo bueno, lo dulce, lo escabroso, lo galante; sin haber saboreado las delicias de los besos furtivos, profundos, ardientes; y todo por estar casadas con un hombre receloso y estúpido, cuya reserva en las caricias conyugales priva injustamente a una criatura de toda sensualidad refinada y de todo sentimentalismo elegante. Luego reforzaba mis reflexiones con el relato de nuevas aventuras. Cuentos de gabinetes particulares, intrigas que yo suponía propaladas en todo el universo. Y como estribillo, colocaba siempre un elogio entusiástico del amor brusco y secreto, de la sensación robada, como un fruto prohibido recogido por sorpresa, de paso... La noche cerraba, una tranquila y calurosa noche, y el buque se deslizaba estremecido por la máquina, sobre un mar oscuro, bajo un cielo estrellado. La mujer callaba, respirando lentamente y dejando escapar algún suspiro. De pronto se levantó, diciéndome: —Ya es hora de acostarme; buenas noches. Y me ofreció la mano. Yo sabia que a la tarde siguiente debía tomar la diligencia que va de Bastia a Ajaccio, a través de las montañas, hasta el amanecer. —Buenas noches—respondí, estrechando sus dedos entre los míos. Y bajé a mi camarote. Por la mañana tomé los tres asientos de berlina para mi solo; y cuando al anochecer me dirigí hacia el viejo coche que debía conducirnos, el mayoral me preguntó si tendría inconveniente alguno en ceder un asiento a una señora. Dije bruscamente: —¿A qué señora? Y el mayoral contestó: —A la señora de un capitán de Ajaccio. —Dígale que puede contar con lo que desea. Llegó la mujer, diciendo que habla dormido todo el día. Disculpó su descuido, me dio las gracias y entró en la berlina. La cual era una especie de cajón herméticamente cerrado, que sólo tenia cristal en las dos portezuelas. Ya estábamos allí juntos y solos. Arrancaron los caballos al trote largo. Pronto nos vimos en la montaña. Un perfume fresco de hierbas aromáticas entraba por las ventanillas, ese perfume propio de la isla de Córcega, que los marinos reconocen a larga distancia; emanaciones penetrantes como los olores de un cuerpo, como el sudor de la tierra verde, que un ardiente sol evapora y el viento arrastra. Volví a referirle cosas de Paris y ella volvió a escucharme con atención calenturienta. Mis narraciones eran cada vez más atrevidas y más desnudas, abundando en frases intencionadas y pérfidas, en esas frases que encienden la sangre. Cerró la noche. Yo no veía nada, ni siquiera el óvalo blanquecino que hasta entonces revelaba el rostro de la mujer. Solamente aparecían, a los resplandores del farol de la diligencia, los cuatro caballos ganando al paso el repecho. De cuando en cuando, el rumor de un torrente llegaba confundido con el cascabeleo de las guarniciones; luego se perdía, quedando atrás, cada vez más lejos de nosotros. Adelanté con mucho tiento un pie, aproximándolo a mi compañera, que no retiró el suyo. Estuve un rato inmóvil, en acecho, y de pronto, cambiando el registro, empecé a insinuarme con palabras afectuosas y tiernas. Mi mano encontró la suya. La cogí dulcemente, y ella no la retiró. Seguí hablando casi a su oído, muy cerca de su boca. Yo sentía palpitar su corazón contra mi pecho; palpitaba con rudos golpes; buena señal. Entonces, con mucha suavidad, puse mis labios en su cuello, seguro de mi conquista, de tal modo seguro, que hubiese apostado cualquier cosa. Pero ella, sacudiéndose como si despertara, me rechazó. Y Antes que me diese cuenta de nada, recibí una porción de arañazos y una lluvia de golpes rápidos, en todas direcciones; la oscuridad que nos envolvía me hizo imposible cubrirme y evitarlos. Extendí los brazos, procurando vanamente aprisionar los suyos. Luego, no sabiendo ya qué hacer, me volví, escondiendo la cabeza, presentando solamente la espalda, que recibía su furioso ataque. Ella debió de comprender esta maniobra desesperada y suspendió la paliza. Recogiéndose luego en su rincón, estuvo llorando más de una hora. Yo me sentía inquieto y avergonzado. Hubiera querido hablar; pero ¿qué decir entonces? Nada me parecía oportuno. ¿Excusas? No; resultaban del todo necias. En semejante situación se imponía el silencio. Lloraba la mujer, lanzando suspiros profundos que me conmovían y me desconcertaban. Tuve tentaciones de prodigarle consuelos, acariciándola tiernamente como a los niños, o pidiéndole perdón a sus pies de rodillas. Pero no me atreví. ¡Son estúpidas tales situaciones! Al fin se calmó, y quedamos cada uno en nuestro rinconcito, inmóviles y mudos, mientras avanzaba el coche, deteniéndose de cuando en cuando para los relevos. Al penetrar en la berlina un reflejo de faroles de las cuadras, cerrábamos los ojos para no mirarnos. Otra vez la diligencia en marcha, el aire fresco y oloroso del campo nos acariciaba las mejillas y los labios, embriagándome como el vino. ¡Caramba! ¡Qué viajecito si mi compañera se hubiese mostrado menos simple! Amanecía. Los primeros reflejos de la aurora entraron en la berlina. Miré a la mujer, que fingía dormir. Luego el sol, apareciendo sobre las montañas, inundó pronto de resplandores un golfo inmenso, todo azul, rodeado por cumbres enormes y crestas de granito. Al extremo del golfo una ciudad blanca se extendía delante de nosotros. Mi compañera, fingiendo entonces despertar, abrió los ojos, encendidos por el llanto; abrió la también la boca, se estremeció, se ruborizó y balbució: —¿Llegaremos pronto? —Muy pronto; falta menos de una hora. Mirando a lo lejos, dijo: —Es muy fatigoso pasar en diligencia toda una noche. — ¡ Oh! Sí; los riñones duelen. —Y más fatigoso aún después de una travesía. —¡Oh! ¡Sí! —¿Es Ajaccio aquel pueblo qué se descubre? —Sí; es Ajaccio. —Quisiera que llegásemos cuanto antes. —Me lo explico. El timbre de su voz revelaba cierta inquietud; evitando que se cruzara con la mía su mirada, se sentía molesta. Sin embargo, nada permitía suponer que recordase lo sucedido. Yo la admiraba. ¡Qué diplomacia instintiva tienen las mujeres! Llegamos, en efecto, al cabo de una hora. Un gallardo mozo vestido de uniforme, un hércules, erguido junto al parador, agitaba un pañuelo al acercarse la diligencia. Mi compañera se lanzó en sus brazos, y dándole muchos besos, repetía: —¿Cómo estás? ¡Cuánto deseaba verme cerca de ti! Bajaron de la imperial mi maleta y cuando ya me iba discretamente, la mujer me llamó: —¡Ah! ¡Caballero! ¿Se marcha sin despedirse? Murmuré: — Señora, por no distraerla de sus alegrías. Ella dijo a su esposo: —Da las gracias a este caballero; ha estado muy obsequioso conmigo durante nuestro viaje. Me ha cedido un asiento en la berlina. Da gusto encontrar compañeros tan amables. El capitán me oprimió la mano, agradeciéndome con toda su alma tantas atenciones. La mujer sonreía mirándonos... Yo, sin duda, puse cara de imbécil en aquel momento.

CIENCIA -- EL HOMBRE DE MARTE -- GUY DE MAUPASSANT
de
ARKAIKO
el vie 29 ago 2008 14:54 CEST
http://darkbiografhy.blogspot.com/2008/08/ciencia-el-hombre-de-marte-guy-de.html
CIENCIA -- EL HOMBRE DE MARTE -- GUY DE MAUPASSANT
EL HOMBRE DE MARTE
_ Estaba trabajando cuando mi criado me anunció: —Señor, es un hombre que quiere hablar con el señor. —Hágalo entrar. De pronto vi a un hombrecillo que saludaba. Tenía aspecto de un enclenque maestro con gafas, cuyo cuerpo endeble no se adhería a ninguna parte de sus ropas demasiado flojas. Balbuceó: —Le pido perdón, señor. Se sentó y continuó: —Dios mío, señor, estoy demasiado turbado por las gestiones que emprendo. Pero era absolutamente necesario que yo manifestara mis inquietudes a alguien, y no había nadie más que usted..que usted... En fin, me he armado de valor...pero verdaderamente...ya no me atrevo. —Atrévase pues, Señor. —Verá, Señor, es que, tan pronto como empiece a hablar usted me tomará por un loco. —Dios mío, señor, eso dependerá de lo que vaya a contarme. —Exactamente, señor, lo que voy a decirle es raro. Pero le ruego que considere que no estoy loco, precisamente por esto, yo mismo reconozco lo inusual de mi confidencia. —Y bien, señor, adelante. —No señor, no estoy loco, pero tengo ese aspecto propio de los hombres que han reflexionado más que otros y que han franqueado un poco, bien poco, las barreras del pensamiento medio. Piense pues, señor, que nadie piensa en nada en este mundo. Cada uno se ocupa de sus asuntos, de su fortuna, des sus placeres, de su vida en una palabra, o de pequeñas tonterías divertidas como el teatro, la pintura, la música o la política, la más grande de las necedades, o de cuestiones industriales. ¿Quién piensa? ¿Quién? ¡Nadie!¡Oh!¡Me acelero demasiado! Perdón. Vuelvo a mi asunto. Hace cinco años que yo llegué aquí, señor. Usted no me conoce pero yo le conozco muy bien...Yo nunca me mezclo con la gente que frecuenta la playa o el Casino. Vivo sobre el acantilado, adoro con pasión estos acantilados de Etretat. No conozco otros más bellos, más sanos. Quiero decir sanos para el espíritu. Es una admirable ruta entre el cielo y el mar, un camino de hierba, que discurre sobre esta gran muralla, al borde de la tierra, por encima del océano. Mis mejores días son aquellos que he pasado tendido sobre una pendiente de hierba, a pleno sol, a cien metros por encima de las olas, soñando.¿Me comprende? —Sí señor, perfectamente. —Ahora, ¿me permite hacerle una pregunta? —Hágala, señor. —¿Usted cree que los otros planetas estén habitados? Yo respondí sin dudar y sin parecer sorprendido: —Ciertamente lo creo. Se volvió loco de alegría, se levantó, se volvió a sentar, embargado por unas ganas evidentes de estrecharme entre sus brazos y gritó: —¡Ah, ah!¡Qué suerte!¡Qué alegría!¡Respiro!¿Pero cómo he podido dudar de usted? Un hombre no sería inteligente si no creyera en los mundos habitados. Hace falta ser un tonto, un idiota, un bruto, para suponer que los millares de universos brillan y giran únicamente para divertir y asombrar al hombre, ese insecto estúpido por no comprender que la Tierra no es nada mas que una mota de polvo invisible en medio de la polvareda de los mundos, que todo nuestro sistema entero no está formado mas que por algunas moléculas de vida sideral que muy pronto morirán. Mire la Vía Láctea, ese río de estrellas, y piense que ésta no es nada más que una mancha dentro de la extensión que es el infinito. Piénselo solo durante diez minutos y comprenderá porque nosotros no sabemos nada, no adivinamos nada, no comprendemos nada. Nosotros solo conocemos un punto, no sabemos nada del más allá, nada del exterior, nada de ninguna parte, y creemos, y nos afirmamos.¡Ah!¡ah!¡ah! ¡Si de repente nos fuera revelado el secreto de la gran vida ultraterrestre, qué estupefacción! Pero no...pero no...yo soy una bestia en mi entorno, nosotros no lo comprenderíamos ya que nuestro espíritu no está hecho más que para comprender las cosas de esta tierra; no puede extenderse más lejos, es limitado, como nuestra vida, encadenado a esta bolita que nos lleva, y juzga todo por comparación. Vea, pues, señor, como todo el mundo es ignorante, estrecho y persuadido del poder de nuestra inteligencia, que apenas sobrepasa el instinto de los animales. Nosotros no tenemos ni siquiera la facultad de percibir nuestra imperfección; estamos hechos para saber el precio de la mantequilla y del trigo, y, como mucho, para hablar sobre el valor de los caballos, de los barcos, de los ministros o de los artistas. Eso es todo. Somos aptos exactamente para cultivar la tierra y servirnos torpemente de lo que está por debajo de ella. Apenas comenzamos a construir máquinas que funcionan, nos asombramos como niños por cada descubrimiento que, desde hace siglos habríamos debido hacer, si hubiéramos sido seres superiores. Estamos todavía rodeados de lo desconocido, incluso en este momento en el que han sido necesarios miles de años de vida inteligente para intuir el concepto de la electricidad. ¿Somos de la misma opinión?. Yo respondí riendo: —Sí señor. —Entonces muy bien. Y bien, señor, ¿alguna vez se ha interesado usted por Marte? —¿Por Marte? —Si, por el planeta Marte. —No, señor. —¿Me permitiría contarle algunas cosas sobre él? —Por supuesto, señor, con gran placer. —Usted sabe, sin duda, que los mundos de nuestro sistema solar, de nuestra pequeña familia se formaron por la condensación en globos de primitivos anillos gaseosos desprendidos unos después de otros de la nebulosa solar —Sí señor. —De esto resulta que los planetas más alejados son los más viejos y deben de ser, consecuentemente, los más civilizados. Este es el orden de su nacimiento: Urano, Saturno, Júpiter, Marte, la Tierra, Venus, Mercurio.¿Admite usted que estos planetas estén habitados como la Tierra? —Evidentemente.¿Por qué creer que la Tierra es una excepción? —Muy bien. El hombre de Marte, aún siendo más anciano que el de la Tierra....perdón, voy muy deprisa. En primer lugar voy a probarle que Marte está habitado. Marte presenta a nuestros ojos aproximadamente el aspecto que la Tierra debe de presentar a los observadores marcianos. Los océanos allí ocupan menos espacio y están más diseminados. Se les reconoce por su tono negro porque el agua absorbe la luz mientras que los continentes la reflejan. Las modificaciones geográficas sobre este planeta son frecuentes y prueban la actividad vital. Tiene dos estaciones parecidas a las nuestras, con nieve en los polos que vemos aumentar y disminuir siguiendo las épocas del año. Un año es muy largo, seiscientos ochenta y siete días terrestres, es decir seiscientos sesenta y ocho días marcianos, descompuestos como sigue: ciento noventa y uno en primavera, ciento ochenta y uno para verano, ciento cuarenta y nueve para otoño y ciento cuarenta y siete para invierno. Se ven menos nubes que aquí, así que allá debe de hacer más frío y más calor. Le interrumpí: —Perdón señor, estando Marte mucho más lejos del Sol que nosotros, debe de hacer siempre más frío, me parece. Mi extraño visitante gritó con vehemencia: —¡Error, señor! ¡Error absoluto! Nosotros estamos, nosotros, más lejos del sol en verano que en invierno. Hace más frío sobre la cima del Mont Blanc que en su base. Le remito, por otra parte, a la teoría mecánica del calor de Helmotz y de Schiaparelli. El calor del Sol depende principalmente de la cantidad de vapor de agua que contiene la atmósfera. He aquí por qué: el poder absorbente de una molécula de vapor de agua es dieciséis veces superior a la de una molécula de aire seco, así que el vapor de agua es nuestra fuente de calor; y Marte, teniendo menos nubes, debe de ser al mismo tiempo mucho más caluroso y mucho más frío que la Tierra. —No lo pongo en duda. —Muy bien. Ahora, señor, escúcheme con atención. Se lo ruego. —Es lo que estoy haciendo, señor. —¿Ha oído usted hablar de los famosos canales descubiertos en 1884 por Schiaparelli? —Muy poco. —¡Cómo es posible! Sepa, pues, que en 1884, Marte, encontrándose en oposición y separada de nosotros solo por una distancia de veinticuatro millones de leguas, Schiaparelli, uno de los más eminentes astrónomos de nuestro siglo y uno de los observadores más fiables, descubrió de repente una gran cantidad de líneas negras rectas o quebradas siguiendo formas geométricas constantes, y que unían, a través de los continentes, los mares de Marte! Sí, sí, señor, canales rectilíneos, canales geométricos, de una igual anchura durante todo el recorrido, canales construidos por seres! Sí, señor, la prueba de que Marte está habitado, que allí hay vida, que allí se piensa, que allí se trabaja, que nos observan. ¿Comprende usted? ¿Comprende? Veinte años más tarde, durante la siguiente alineación volvimos a ver esos canales, más numerosos, sí, señor. Y son gigantescos, su anchura no tiene menos de cien kilómetros. Yo sonreí respondiendo: —Cien kilómetros de anchura. Han sido necesarios obreros muy rudos para excavarlos. —¡Oh señor! ¿Qué dice? ¡Usted ignora que este trabajo es infinitamente más fácil en Marte que en la Tierra puesto que la densidad de sus materiales constitutivos no sobrepasa la sexagésima novena parte de los nuestros! La intensidad de la gravedad allí alcanza a penas la trigésimo séptima parte de la nuestra. ¡Un kilogramo de agua solo pesa 370 gramos! Me lanzaba estas cifras con tal seguridad, con la confianza típica de comerciante que sabe el valor de un número, que no pude impedir reírme y tenía ganas de preguntarle lo que pesan, en Marte, el azúcar y la mantequilla. Movió la cabeza. —Usted se ríe, señor, me toma por estúpido después de tomarme por loco. Pero las cifras que le cito son las que usted encontrará en todas las obras especializadas de astronomía. El diámetro de Marte es casi la mitad más pequeño que el nuestro; su superficie no es más que la veintiseisava centésima parte de la del globo terráqueo; su volumen es seis veces y media más pequeño que el de la Tierra y la velocidad de sus dos satélites prueba que pesa diez veces menos que nosotros. Ahora bien, señor, la intensidad de la fuerza de gravedad, dependiente de la masa y del volumen, es decir, del peso y de la distancia de la superficie al centro, de ello se deduce, indudablemente, un estado de levedad sobre este planeta que convierte la vida en algo diferente, regula de forma desconocida para nosotros las acciones mecánicas y debe de hacer predominar las especies aladas. Sí, señor, el ser Rey de Marte tiene alas. Vuela, pasa de un continente a otro, se pasea, como un espíritu, alrededor de su universo al cual le ata sin embargo la atmósfera que no puede franquear, aunque... En fin, señor, ¿se imagina este planeta cubierto de plantas, de árboles y de animales cuyas formas no podemos ni sospechar y habitado por grandes seres alados semejantes a como nos han descrito a los ángeles? Yo los veo revoloteando por encima de las llanuras y de las ciudades en el aire dorado que tienen allá. Ya que, por otra parte, creíamos que la atmósfera de Marte era roja como la nuestra azul, pero es amarilla, señor, de un hermoso amarillo dorado. ¿Se asombra usted ahora de que esas criaturas hayan podido excavar anchos canales de cien kilómetros? Y además, piense únicamente en lo que la ciencia ha hecho aquí desde hace un siglo...desde hace un siglo...y piense que los habitantes de Marte son tal vez superiores a nosotros... Se calló bruscamente, bajó los ojos, y después murmuró con voz suave: —Ahora es cuando usted va a tomarme por loco...cuando le diga que yo estuve a punto de verlos...yo...la otra tarde. Usted sabe, o no sabe, que estamos en la estación de las estrellas fugaces. Durante la noche del 18 al 19 principalmente, se ven todos los años en cantidades innombrables; es probable que nosotros pasemos en ese momento a través de los restos de un cometa. Así que, yo estaba sentado sobre la Mane-Porte, sobre ese enorme saliente del acantilado que se mete un paso sobre el mar y miraba esa lluvia de pequeños mundos sobre mi cabeza. Es más divertido y más hermoso que unos fuegos de artificio, señor. De repente, percibí uno por encima de mi, muy cerca, un globo luminoso, transparente, rodeado de alas inmensas y palpitantes o al menos yo creí ver unas alas en medio de las tinieblas de la noche. Hacía tirabuzones como un pájaro herido, giraba sobre si mismo con un enorme ruido misterioso, parecía que estaba jadeando, muriendo, perdido. Pasó delante de mi. Parecía un monstruoso balón de cristal, lleno de seres enloquecidos, apenas claros, pero agitados como la tripulación de un navío en peligro que ya no se gobierna y navega de ola en ola. Y el curioso globo, habiendo descrito una inmensa curva, fue a desplomarse a lo lejos en medio del mar, donde escuché su profunda caída parecida al ruido de un disparo de cañón. Todo el mundo, por otra parte, en el país, escuchó este choque formidable que tomaron por un trueno. Solo yo le vi...yo vi...si hubieran caído sobre la costa cerca de mi, habríamos conocido a los habitantes de Marte. No diga ni una palabra, señor, piense, piense largo tiempo y después cuéntelo un día si usted quiere. Sí, yo vi..yo vi..el primer navío aéreo, el primer navío sideral lanzado al infinito por unos seres pensantes...a menos que yo no haya más que asistido simplemente a la muerte de una estrella fugaz capturada por la Tierra. Ya que, usted no ignora, señor, que los planetas cazan a los mundos errantes del espacio como nosotros aquí perseguimos a los vagabundos. La Tierra, que es ligera y débil, no puede detener en su camino más que a los pequeños transeúntes de la inmensidad. Se levantó, exaltado, delirante, abriendo los brazos para simular la marcha de los astros. —Los cometas, señor, que vagabundean por las fronteras de la gran nebulosa, de los cuales nosotros somos condensaciones, los cometas, pájaros libres y luminosos, vienen hacia el Sol de las profundidades del infinito. Vienen arrastrando su cola inmensa de luz hacia el astro rey; vienen, aceleran tanto su excéntrico curso que no pueden reunirse con quien les llama; solamente después de haberlo rozado, son relanzados al espacio por la velocidad misma de su caída.. Pero si, en el curso de su viaje prodigioso, han pasado cerca de un poderoso planeta, si han sentido, desviados de su ruta, su influencia irresistible, vuelven entonces a este nuevo amo que los mantiene, en lo sucesivo, cautivos. Su parábola ilimitada se transforma en una curva cerrada y es así como nosotros podemos calcular el regreso periódico de los cometas. Júpiter tiene ocho cautivos. Saturno uno, Neptuno también uno, y su planeta exterior igualmente uno, además de una armada de estrellas fugaces.,..Entonces...entonces..puede que yo haya visto solamente a la Tierra detener a un pequeño mundo errante... Adiós señor, no me responda nada, reflexione, reflexione y cuente todo esto un día si usted quiere.... Eso es todo. Este chiflado no me pareció tan tonto como un simple rentista.
Martes, 26 Agosto

UNA LEYENDA ? -- HEREJÍAS DEL DIOS INMENSO -- EL LIBRO SECRETO DE HARAD IV
de
ARKAIKO
el mar 26 ago 2008 16:23 CEST
http://mitosyleyendas-snake.blogspot.com/2008/08/una-leyenda-herejas-del-dios-inmenso-el.html
HEREJÍAS DEL DIOS INMENSOpor Brian W. AldissEL LIBRO SECRETO DE HARAD IV
__ Yo, Harad IV, Escriba Mayor declaro que éste mi escrito solo puede ser mostrado a los sacerdotes de rango de la Iglesia Ortodoxa Universal Sacrificial y a los Ancianos Elegidos del Consejo de la Iglesia Ortodoxa Universal Sacrificial, porque aquí se entiende en cuestiones relativas a las cuatro Herejías Viles que no deben ser vistas ni discutidas por el pueblo. Para una Correcta Consideración de las más recientes y viles herejías, debemos contemplar en perspectiva los acontecimientos de la historia. Así pues, retrocedamos al Primer Año de nuestra era, cuando las Tinieblas del Mundo fueron desterradas por la venida del Dios Inmenso, nuestro más verdadero y enorme Señor, a quien todos honramos y tememos. Desde este año actual, 910 D.I., es imposible recordar cómo era el mundo entonces, pero a partir de los pocos registros que todavía se conservan podemos hacernos cierta idea de aquellas épocas e incluso realizar las Contorsiones Mentales necesarias para ver cómo debieron ser juzgados los acontecimientos por aquellos pecadores que tomaron parte en ellos. El mundo sobre el que descendió el Dios Inmenso estaba repleto de gentes y de sus maquinarias, todos completamente desprevenidos para Su Visita. Puede que hubiera cien mil veces más gente de la que hoy existe. El Dios Inmenso aterrizó en lo que ahora es el Mar Sagrado, sobre el que actualmente navegan algunas de nuestras más bellas iglesias dedicadas a Su Nombre. En aquellos tiempos, la región era mucho menos placentera, pues estaba dividida en numerosos estados que pertenecían a distintas naciones. Tal era el sistema de posesión de la tierra antes de que se formasen nuestras actuales teorías sobre la migración y evacuación constantes. Las patas traseras del Dios Inmenso se extendieron muy hacia el interior de África - que entonces no era el continente insular que es hoy en día, casi tocando el río Congo, en el punto sagrado donde ahora se alza la Iglesia Sacrificial de Basolo-Aketi-Ele, y en el punto sagrado donde ahora se alza el Templo Santuario de Adén, arrasando el antiguo puerto de Adén. Algunas de las patas del Dios Inmenso se extendieron sobre el Sudán y a través de lo que entonces constituía el Reino de Libia y ahora es parte del Mar del Viejo Pesar, mientras que uno de sus pies reposaba en una ciudad llamada Túnez en lo que entonces era la costa de Tunicia. Allí se posaron algunas de las patas del costado izquierdo del Dios Inmenso. Las patas de su costado derecho bendijeron y comprimieron las arenas de Arabia Saudita, hoy denominada Valle de la Vida, y las estribaciones del Cáucaso, arrasando el Monte llamado Ararat en el Asia Menor, en tanto que su pata Más delantera se extendió sobre el territorio de Rusia, destruyendo de inmediato la gran ciudad capital de Moscú. El cuerpo del Dios Inmenso, descansando en reposo sobre tres antiguos mares, si hemos de creer a los Viejos Registros, llamados el Mar del Mediterráneo, el Mar Rojo y el Mar del Nilo, que juntos forman parte del actual Mar Sagrado. Con su Gran Mole erradicó también parte del Mar Negro, que ahora llamamos Mar Blanco, así como Egipto, Atenas, Chipre y la Península Balcánica hasta las cercanías de Belgrado, hoy Santo Belgrado, puesto que sobre esta ciudad se irguió el Cuello del Dios Inmenso en su Primera Visita a nosotros los mortales, rozando casi los tejados de las casas. En cuanto a su Cabeza, se cernía sobre la región montañosa que denominamos Italandia y que entonces era conocida como Europa, una región muy poblada del planeta, alzándose a tal altitud que en los días despejados fácilmente podía divisarse desde Londres, entonces como ahora la ciudad principal de la tierra de los anglofranceses. En aquellos primeros días se calculó que la longitud del Dios Inmenso era de más de siete millares de kilómetros de extremo a extremo, y cada una de sus ocho patas media sobre un millar y medio de kilómetros. Ahora profesamos en nuestro Credo que el Dios Inmenso cambia su forma, longitud y número de patas según esté Complacido o Enojado con el hombre. En aquellos días se desconocía la naturaleza de Dios. Ningún preparativo se había hecho para su venida, aunque corrían algunos rumores sobre el milenio. Por lo tanto, las especulaciones sobre su naturaleza se alejaban mucho de la verdad y con frecuencia eran sumamente blasfemas. Aquí sigue un resumen del notorio Documento Gersheimer, que contribuyó en gran medida a precipitar los acontecimientos que condujeron a la Primera Cruzada en 271 D.I. Ignoramos quién era el Gersheimer Negro, con la salvedad carente de significado de que se trataba de un Profeta Científico de un lugar llamado Cornell o Carnell, obviamente una Iglesia del Continente Americano (cuya forma era entonces distinta). "Los reconocimientos aéreos parecen indicar que esta criatura —si podemos llamarla así—, que se extiende más o menos en línea recta a lo largo del Mar Rojo y por el sudeste de Europa, no es un ser viviente, al menos tal y como concebimos nosotros la vida. El hecho de que se parezca vagamente a un lagarto de ocho patas puede deberse a una mera coincidencia, así que no debemos preocuparnos por su posible carácter maligno, como han sugerido algunos periódicos sensacionalistas". La vil jerga de aquellos remotos días no resulta hoy plenamente comprensible, pero creemos que "reconocimientos aéreos" es una referencia a los aparatos voladores mecánicos que aquella última generación de Impíos poseía. El Gersheimer Negro prosigue: "Si este objeto no está vivo, tal vez sea un fragmento de escombros galácticos que se ha adherido momentáneamente al planeta, quizá del mismo modo en que una hoja puede adherirse a un balón de fútbol durante su trayectoria. Esta creencia no implica necesariamente una modificación de nuestros conceptos científicos del universo. Tanto si la cosa tiene vida como si no, no hemos de volvernos todos supersticiosos. Sencillamente, debemos recordarnos que en el universo, tal como lo concebimos a la luz de la ciencia del siglo XX, existen muchos fenómenos que nos siguen siendo desconocidos. Por muy dolorosa que resulte esta aparición inesperada, podemos consolarnos en parte pensando que nos proporcionará nuevos conocimientos, tanto sobre nosotros mismos como acerca del mundo que se extiende más allá de nuestro sistema solar". Aunque términos como "escombros galácticos" han perdido todo su significado, si es que alguna vez lo tuvieron, el sentido general de este párrafo es claramente injurioso. Se decreta una restricción contra el culto al Dios Inmenso, oponiendo en su lugar un herético Dios de la Ciencia. Sólo hace falta citar otro pasaje de este ofensivo revoltijo, porque resulta esencial para Mostrar la Actitud mental de Gersheimer y, es de suponer, de la mayoría de sus contemporáneos. "Como es natural, todos los pueblos del mundo, y especialmente aquellos que aún se demoran en los umbrales de la civilización, se hallan hoy muy asustados. Les parece ver algo de sobrenatural en la llegada de esta cosa, y creo que cualquier hombre, si es sincero consigo mismo, admitirá sentir en su corazón un eco de este temor. Solamente podremos suprimirlo, solamente podremos enfrentarnos al caos en que el mundo se halla ahora sumergido, si retenemos en nuestras mentes una imagen galáctica de la situación. La propia inmensidad de esta cosa que yace perniciosamente tendida sobre nuestro planeta es causa suficiente para el terror. Pero imaginémosla en proporción. Un ciempiés está posado sobre una naranja. O, para elegir un ejemplo que resulte menos repulsivo, una pequeña salamanquesa de unos nueve centímetros descansa momentáneamente sobre un globo terráqueo de plástico de sesenta centímetros de diámetro. Nos corresponde a nosotros, a toda la raza humana, con todas las fuerzas tecnológicas a nuestra disposición, unirnos como nunca lo hemos hecho y expulsar esta cosa, esta cosa grande y estúpida, hacia las profundidades del espacio de las que ha surgido. Buenas noches". El motivo que me impulsa a repetir esta Blasfemia Inicial es que veamos en este mensaje de un miembro de las Tinieblas del Mundo las huellas de aquel pecado original que —pese a todos nuestros sacrificios, a todas nuestras penalidades, á todas nuestras cruzadas— aún no hemos logrado extirpar. Por eso nos enfrentamos ahora con la mayor Crisis de la Iglesia Ortodoxa Universal Sacrificial, y por eso ha llegado la hora de una Cuarta Cruzada que supere en su envergadura a todas las anteriores. El Dios Inmenso permaneció donde se hallaba, en lo que hoy designamos la Posición del Mar Sagrado, durante cierto número de años, en todo y por todo inmóvil. Para la humanidad, éste fue el gran período de formación de la Creencia, marcado por el establecimiento de la Iglesia Universal y caracterizado por sus numerosas convulsiones. Grandemente hubieron de sufrir los primeros sacerdotes y profetas a fin de que la Palabra se diseminara por el Mundo y las sectas blasfemas fuesen destruidas, aunque el Libro Clandestino de los Hechos de la Iglesia parece indicar que muchos de ellos eran en realidad miembros de anteriores iglesias que, viendo la luz, mudaron su lealtad. La poderos |