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LA CUEVA DE LOS ECOS -- UNA HISTORIA EXTRAÑA, PERO VERDADERA

LA CUEVA DE LOS ECOSUNA HISTORIA EXTRAÑA, PERO VERDADERA_
NARRACION OCULTISTA Y/O CUENTO MACABRO
http://bloodgothic.blogspot.com/2008/06/la-cueva-de-los-ecos-una-historia.html_
En una de la provincias más distantes del Imperio ruso y en una pequeña ciudad
fronteriza a la Siberia, ocurrió hace más de treinta años una tragedia misteriosa. A
cosa de seis verstas de la ciudad de P…, célebre por la hermosura salvaje de sus
campiñas y por la riqueza de sus habitantes, en general propietarios de minas y de
fundiciones de hierro, existía una mansión aristocrática. La familia que la habitaba se componía del dueño, solterón viejo y rico, y de su hermano, viudo con dos hijos y tres hijas. Se sabía que el propietario, señor Izvertzoff, había adoptado a los hijos de su hermano, y habiendo tomado un cariño especial por el mayor de sus sobrinos, llamado Nicolás, le instituyó único heredero de sus numerosos Estados.
Pasó el tiempo. El tío envejecía y el sobrino se acercaba a su mayor edad. Los días y los años habían pasado en una serenidad monótona, cuando en el hasta entonces claro
horizonte de la familia se formó una nube. En un día desgraciado se le ocurrió a una de las sobrinas aprender a tocar la cítara. Como el instrumento es de origen puramente teutón, y como no podía encontrarse maestro alguno en los alrededores, el
complaciente tío envió a buscar uno y otro a San Petersburgo. Después de una
investigación minuciosa, sólo pudo darse con un profesor que no tuviera inconveniente
en aventurarse a ir tan cerca de la Siberia. Era un artista alemán, anciano, que
compartiendo su cariño igualmente entre su instrumento y su hija, rubia y bonita, no
quería separarse de ninguno de los dos. Y así sucedió que en una hermosa mañana llegó
el profesor a la mansión, con su caja de música debajo del brazo y su linda Minchen
apoyándose en el otro.
Desde aquel día la pequeña nube empezó a crecer rápidamente, pues cada vibración
del melodioso instrumento encontraba un eco en el corazón del viejo solterón. La
música despierta el amor, se dice, y la obra comenzada por la cítara fue completada por los hermosos ojos azules de Minchen. Al cabo de seis meses, la sobrina se había hecho una hábil tocadora de cítara y el tío estaba locamente enamorado.
Una mañana reunió a su familia adoptiva, abrazó a todos muy cariñosamente,
prometió recordarlos en su testamento y, por último, se desahogó declarando su
resolución inquebrantable de casarse con la Minchen de ojos azules. Después se les
echó al cuello y lloró en silencioso arrobamiento. La familia, comprendiendo que. la
herencia se le escapaba, lloró también, aunque por causa muy distinta. Después de
haber llorado se consolaron y trataron de alegrarse, pues el anciano caballero era
amado sinceramente de todos. Sin embargo, no todos se alegraron. Nicolás, que
también se había sentido herido en el corazón por la linda alemana, y que de un golpe
se veía privado de ella y del dinero de su tío, ni se consoló ni se alegró, sino que
desapareció durante todo un día.
Mientras tanto el señor Izvertzoff había ordenado que preparasen su coche de viaje
para el día siguiente, y se susurró que iba a la capital del distrito, a alguna distancia de
su casa, con la intención de variar su testamento. Aunque era muy rico, no tenía ningún
administrador de sus Estados y él mismo llevaba sus libros de contabilidad. Aquella
misma tarde, después de cenar, se le oyó en su habitación reprendiendo agriamente a
un criado que hacía más de treinta años estaba a su servicio. Este hombre, llamado Iván,
era natural del Asia del Norte, de Kanischatka; había sido educado por la familia en la religión cristiana, y se le creía muy adicto a su amo. Unos cuantos días después, cuando la primera de las trágicas circunstancias que voy a relatar había traído a aquel sitio a toda la fuerza de la Policía, se recordó que Iván estaba borracho aquella noche; que su amo, que tenía horror a este vicio, le había apaleado paternalmente y le había echado fuera de la habitación, y aun se le vio dando traspiés fuera de la puerta y se le oyeron proferir amenazas.
En el vasto dominio del señor Izvertzoff había una extraña caverna que excitaba la
curiosidad de todo el que la visitaba. Existe hoy todavía, y es muy conocida de todos los
habitantes de P… Un bosque de pinos comienza a corta distancia de la puerta del jardín y sube en escarpadas laderas a lo largo de cerros rocosos, a los que ciñe con el ancho cinturón de su vegetación impenetrable. La galería que conduce al interior de la caverna, conocida por la Cueva de los Ecos, está situada a media milla de la mansión, desde la cual aparece corno una pequeña excavación de la ladera, oculta por la maleza, aunque no tan completamente que impida ver cualquier persona que entre en ella desde la terraza de la casa. Al penetrar en la gruta, el explorador ve en el fondo de la misma una estrecha abertura, pasada la cual se encuentra una elevadísima caverna, débilmente iluminada por hendiduras en el abovedado techo a cincuenta pies de altura.
La caverna es inmensa, y podría contener holgadamente de dos a tres mil personas. En
el tiempo del señor Izvertzoff una parte de ella estaba embaldosada, y en el verano se usaba a menudo como salón de baile en las jiras campestres. Es de forma oval irregular, y se va estrechando gradualmente hasta convertirse en un ancho corredor que se extiende varias millas, ensanchándose a trechos y formando otras estancias tan grandes y elevadas como la primera, pero con la diferencia de que no pueden cruzarse sino en botes, por estar siempre llenas de agua. Estos receptáculos naturales tienen la reputación de ser insondables.
En la orilla del primero dé estos canales existe una pequeña plataforma con algunos
asientos rústicos, cubiertos de musgo, convenientemente colocados, y en este sitio es
donde se oye en toda su intensidad el fenómeno de los ecos que dan nombre a la gruta.
Una palabra susurrada, y hasta un suspiro, es recogido por infinidad de voces burlonas, y en lugar de disminuir de volumen, como hacen los ecos honrados, el sonido se hace más y más intenso a cada sucesiva repetición, hasta que al fin estalla como la repercusión de un tiro de pistola y retrocede en forma de gemido lastimero a lo largo del corredor.
En el día en cuestión, el señor Izvertzoff había indicado su intención de dar un baile en esta cueva al celebrar su boda, que había fijado para una fecha cercana. Al día siguiente por la mañana, mientras hacía sus preparativos para el viaje,. su familia le vio entrar en la gruta acompañado solamente por su criado siberiano. Media hora después Iván volvió a la mansión por una tabaquera que su amo había dejado olvidada, y regresó con ella a la gruta. Una hora más tarde la casa entera se puso en conmoción por sus grandes gritos. Pálido y chorreando agua, Iván se precipitó dentro como un loco, y declaró que el señor Izvertzoff había desaparecido, pues que no se le encontraba en ninguna parte de la caverna. Creyendo que se habla caído en el lago, se había sumergido en el primer receptáculo en su busca, con peligro inminente de su propia vida.
El día pasó sin que diesen resultado las pesquisas en busca del anciano. La Policía
invadió la casa, y el más desesperado parecía ser Nicolás, el sobrino, que a su llegada se había encontrado con la triste noticia.
Una negra sospecha recayó sobre Iván el siberiano. Había sido castigado por su amo la
noche anterior y se le había oído jurar que tomaría venganza. Le había acompañado
solo a la cueva, y cuando registraron su habitación se encontró debajo de la cama una
caja llena de riquísimas joyas de familia. En vano fue que el siervo pusiese a Dios por
testigo de que la caja le había sido confiada por su amo precisamente antes de que se
dirigieran a la cueva; que la intención de su amo era hacer remontar las joyas que
destinaba a la novia como regalo, y que él, Iván, daría gustoso su propia vida para
devolvérsela a su amo, si supiese que éste estaba muerto. No se le hizo ningún caso, sin embargo, y fue arrestado y metido en la cárcel bajo acusación de asesinato. Allí se le encerró, pues según la legislación rusa, no podía, al menos por aquellos tiempos, ser condenado criminal alguno a muerte, por demostrado que estuviese su delito, siempre que no se hubiese confesado culpable.
Después de una semana de inútiles investigaciones, la familia se vistió de riguroso
luto, y como el testamento primitivo no había sido modificado, toda la propiedad pasó
a manos del sobrino. El viejo profesor y su hija soportaron este repentino revés de la fortuna con flema verdaderamente germánica, y se prepararon a partir. El anciano cogió su cítara debajo del brazo y se dispuso a marchar con su Minchen, cuando el sobrino le detuvo, ofreciéndose, en lugar de su difunto tío, como esposo de la linda damisela.
Encontraron muy agradable el cambio, y, sin causar gran ruido, fueron casados los dos
jóvenes.
Transcurrieron diez años, y nos encontramos nuevamente a la feliz familia al principio
de 1859. La linda Minchen se había puesto gruesa y se había hecho vulgar. Desde el día de la desaparición del anciano, Nicolás se había vuelto áspero y retraído en sus
costumbres, admirándose muchos de tal cambio, pues nunca se le veía sonreír. Parecía
que el único objeto de su vida era el encontrar al asesino de su tío o, más bien, hacer
que Iván confesase su crimen. Pero este hombre persistía aún en que era inocente.
Sólo un hijo había tenido la joven pareja, y por cierto que era un niño extraño.
Pequeño, delicado y siempre enfermo, parecía que su frágil vida pendía de un hilo.
Cuando sus facciones estaban en reposo era tal su parecido con el tío, que los
individuos de la familia a menudo se alejaban de él con terror. Tenía la cara pálida y
arrugada de un viejo de sesenta años sobre los hombros de un niño de nueve. Nunca se
le vio reír ni jugar. Encaramado en su silla alta, permanecía sentado gravemente,
cruzando los brazos de una manera que era peculiar al difunto señor Izvertzoff, y así se
pasaba horas y horas inmóvil y adormecido. A sus nodrizas se les veía a menudo
santiguarse furtivamente al acercarse a él por la noche, y ninguna de ellas hubiera
consentido en dormir a solas con él en su cuarto. La conducta del padre para con su hijo
era aún más extraña. Parecía quererlo apasionadamente y al mismo tiempo odiarlo en
extremo. Muy rara vez le besaba o acariciaba, sino que, con semblante lívido y ojos
espantados, pasaba largas horas mirándole, mientras que el niño estaba tranquilamente
sentado en su rincón, con sus maneras de viejo propias de un duende. El niño no había
salido nunca de la hacienda, y pocos de la familia conocían su existencia.
A mediados de julio, un viajero húngaro, de elevada estatura, precedido de una gran
reputación de excentricidad, fortuna y poderes misteriosos, llegó a la ciudad de P…
desde el Norte, donde había residido muchos años. Se estableció en la pequeña ciudad
en compañía de un shamano, o mago de la Siberia del Sur, con quien se decía que
verificaba experimentos de magnetismo. Daba comidas y reuniones, e invariablemente
exhibía a su shamano, de quien estaba muy orgulloso, para divertir a sus huéspedes. Un día los notables de P… invadieron repentinamente los dominios de Nicolás Izvertzoff solicitando les prestase su cueva para pasar una velada. Nicolás consintió con gran repugnancia, y sólo después de una vacilación aún mayor se dejó persuadir para unirse a la partida.
La primera caverna y la plataforma al lado del insondable lago estaban refulgentes de
luz. Centenares de velas y de antorchas de vacilantes llamas, metidas en las hendiduras de las rocas, iluminaban aquel sitio, y ahuyentaban las sombras de ángulos y rincones en
donde habían estado agazapadas, sin ser molestadas, durante muchos años. Las
estalactitas de las paredes chispeaban brillantemente, y los dormidos ecos fueron
repentinamente despertados por alegre confusión de risas y conversaciones.
El shamano, a quien su amigo y patrón no había perdido de vista un momento, estaba
sentado en un rincón, y, como de costumbre, hipnotizado, encaramado en una roca
saliente a la mitad del camino entre la entrada y el agua. Con su rostro de amarillo
limón, lleno de arrugas, su nariz chata y barba rala, parecía más bien un horrible ídolo de
piedra que un ser humano. Muchos de la partida se apretaban a su alrededor recibiendo
atinadas contestaciones a las preguntas que le dirigían, pues el húngaro sometía
gustoso su “sujeto” magnetizado a los interrogatorios.
De pronto una señora hizo la observación de que en aquella misma cueva había
desaparecido el señor Izvertzoff hacía diez años. El extranjero pareció interesarse en el
caso, mostrando deseos de saber lo acaecido. En su consecuencia, buscaron a Nicolás
entre la multitud y le condujeron delante del grupo de curiosos. Era el huésped, y le fue
imposible el negarse a hacer la deseada narración. Repitió, pues, el triste relato con voz
temblorosa, pálido semblante y viéndosele brillar las lágrimas en sus ojos febriles. Los
asistentes se afectaron mucho, murmurando grandes elogios sobre la conducta del
amante sobrino, que tan bien honraba la memoria de su tío y bienhechor. Cuando, de
repente, la voz de Nicolás se ahogó en su garganta, sus ojos parecieron salir de sus
órbitas y, con un gemido ronco, retrocedió tambaleándose. Todos los ojos siguieron con
curiosidad su aterrada vista, que se fijó y permaneció clavada sobre una diminuta cara de bruja que se asomaba por detrás del húngaro.
–¿De dónde vienes? ¿Quién te trajo aquí, niño?– balbuceó Nicolás, pálido como la
muerte.
–Yo estaba acostado, papá; este hombre vino por mi y me trajo aquí en sus brazos
–contestó con sencillez el muchacho, señalando al shamano, a lado de quien se hallaba
en la roca, y el cual seguía con los ojos cerrados, moviéndose de un lado a otro como un péndulo viviente.
–Esto es muy extraño –observó uno de los huéspedes –, pues este hombre no se ha
movido de su sitio.
–¡Gran Dios! ¡Qué parecido tan extraordinario!– murmuró un antiguo vecino de la
ciudad, amigo de la persona desaparecida.
–¡Mientes, niño!–exclamó con fiereza el padre –Vete a la cama, éste no es sitio para ti.
–Vamos, vamos –dijo el húngaro, interponiéndose con una expresión extraña en su
cara, y rodeando con sus brazos la delicada figura del niño–; el pequeño ha visto el
doble de mi shamano que a menudo vaga a gran distancia de su cuerpo, y ha tomado al
fantasma por el hombre mismo. Dejadlo permanecer un rato con nosotros.
A estas extrañas palabras los asistentes se miraron con muda sorpresa, mientras que
algunos hicieron piadosamente el signo de la cruz, presumiendo, indudablemente, que
se trataba del diablo y de sus obras.
–Y por otro lado –siguió diciendo el húngaro con un acento de firmeza peculiar,
dirigiéndose a la generalidad de los concurrentes más bien que a algunos en particular
–¿por qué no habríamos de tratar, con ayuda de mis shamano de descubrir el misterio
que encierra esta tragedia? Está todavía en la cárcel la persona de quien se sospecha.
¿Cómo no ha confesado su delito todavía? Esto es seguramente muy extraño; pero vamos a saber la verdad dentro de algunos minutos. ¡Que todo el mundo guarde
silencio!
Se aproximó entonces al tehuktchené, e inmediatamente dio principio a sus
manipulaciones, sin siquiera pedir permiso al dueño del lugar. Este último permanecía
en su sitio como petrificado de horror y sin poder articular una palabra. La idea encontró una aprobación general, a excepción de él, y especialmente aprobó el
pensamiento el inspector de Policía, coronel S.
–Señoras y caballeros –dijo el magnetizador con voz suave–: permitidme que en esta
ocasión proceda de una manera distinta de lo que generalmente acostumbro a hacerlo.
Voy a emplear el método de la magia nativa. Es más apropiado a este agreste lugar y de mucho más efecto, corno ustedes verán, que nuestro método europeo de magnetización.
Sin esperar contestación, sacó de un saco que siempre llevaba consigo, primeramente,
un pequeño tambor, y después dos redomas pequeñas, una llena de un líquido y la otra
vacía. Con el contenido de la primera roció al shamano, quien empezó a temblar y a
balancearse más violentamente que nunca. El aire se llenó de un perfume de especias,y
la misma atmósfera pareció hacerse más clara. Luego, con horror de los presentes, se
acercó al tibetano, y sacando de un bolsillo un puñal en miniatura, le hundió la acerada hoja en el antebrazo y sacó sangre, que recogió en la redoma vacía. Cuando estuvo medio llena oprimió el orificio de la herida con el dedo pulgar, y detuvo la salida de la sangre con la misma facilidad que si hubiera puesto el tapón a una botella, después de lo cual roció la sangre sobre la cabeza del niño. Luego se colgó el tambor al cuello y, con dos palillos de marfil cubiertos de signos y letras mágicas, empezó a tocar una especie de diana para atraer los espíritus, según él decía.
Los circunstantes, medio sorprendidos, medio aterrorizados por este extraordinario
procedimiento, se apiñaban ansiosamente a su alrededor, y durante algunos momentos
reinó un silencio de muerte en toda la inmensa caverna. Nicolás, con semblante lívido
como el de un cadáver, permanecía sin articular palabra. El magnetizador se había
colocado entre el shamano y la plataforma, cuando principió a tocar lentamente el
tambor. Las primeras notas eran como sordas, y vibraban tan suavemente en el aire, que no despertaron eco alguno; pero el shamano apresuró su movimiento de vaivén y el
niño se mostró intranquilo. Entonces el que tocaba el tambor principió un canto lento, bajo, solemne e impresionante.
A medida que aquellas palabras desconocidas salían de sus labios, las llamas de las
velas y de las antorchas ondulaban y fluctuaban, hasta que principiaran a bailar al
compás del canto. Un viento frío vino silbando de los obscuros corredores, más allá del agua, dejando en pos de sí un eco quejumbroso. Luego una especie de neblina que
parecía brotar del suelo y paredes rocosas se condensó en torno del shamano y del
muchacho. Alrededor de este último el aura era plateada y transparente, pero la nube
que envolvía al primero era roja y siniestra. Aproximándose más a la plataforma, el
mago dio un redoble más fuerte en el tambor; redoble que esta vez fue recogido por el
eco con un efecto terrorífico. Retumbaba cerca y lejos con estruendo incesante; un
clamor más y más ruidoso sucedía a otro, hasta que el estrépito formidable pareció el
coro de mil voces de demonios que se levantaban de las insondables profundidades del
lago. El agua misma, cuya superficie, iluminada por las muchas luces, había estado hasta entonces tan llana como un cristal, se puso repentinamente agitada, como si una
poderosa ráfaga de viento hubiese recorrido su inmóvil superficie.
Otro canto, otro redoble del tambor, y la montaña entera se estremeció hasta sus
cimientos, con estruendos parecidos a los de formidables cañonazos disparados en los
inacabables y obscuros corredores. El cuerpo del shamano se levantó dos yardas en el
aire y, moviendo la cabeza de un lado a otro y balanceándose, apareció sentado y
suspendido como una aparición. Pero la transformación que se operó entonces en el
muchacho heló de terror a cuantos presenciaban la escena. La nube plateada que
rodeaba al niño pareció que le levantaba también en el aire; mas, al contrario del
shamano, sus pies no abandonaron el suelo. El muchacho principió a crecer como si la
obra de los años se verificase milagrosamente en algunos segundos. Se tornó alto y
grande, y sus seniles facciones se hicieron más y más viejas, a la par que su cuerpo. Unos
cuantos segundos más, y la forma juvenil desapareció completamente, absorbida en su
totalidad por otra individualidad diferente y con horror de los circunstantes, que
conocían su apariencia, esta individualidad era la del viejo Sr. Izvertzoff, quien tenía en la sien una gran herida abierta, de la que caían gruesas gotas de sangre.
El fantasma se movió hacia Nicolás, hasta que se puso directamente enfrente de él,
mientras que éste, con el pelo erizado y con los ojos de un loco, miraba a su propio hijo
transformado inesperadamente en su tío mismo. El silencio sepulcral fue interrumpido
por el húngaro, quien, dirigiéndose al niño–fantasma, le preguntó con voz solemne:
–En nombre del gran Maestro, de Aquel que todo lo puede, contéstanos la verdad y
nada más que la verdad. Espíritu intranquilo, ¿te perdiste por accidente, o fuiste
cobardemente asesinado?
Los labios del espectro se movieron, pero fue el eco el que contestó en su lugar,
diciendo con lúgubres resonancias: –¡Asesinado! ¡Asesinado! ¡A–se–si–na–do!...
–¿Dónde? ¿Cómo? ¿Por quién? –preguntó el conjurador.
La aparición señaló con el dedo a Nicolás, y sin apartar la vista ni bajar el brazo se retiró, andando lentamente de espaldas y hacia el lago. A cada paso que daba el
fantasma, Izvertzoff el joven, como obligado por una fascinación irresistible, avanzaba un paso hacia él, hasta que el espectro llegó al lago, viéndosele en seguida deslizarse sobre su superficie. ¡Era una escena de fantasmagoría verdaderamente horrible!
Cuando llegó a dos pasos del borde del abismo de agua, una violenta convulsión agitó
el cuerpo del culpable. Arrojándose de rodillas se agarró desesperadamente a uno de
los asientos rústicos y, dilatándose sus ojos de una manera salvaje, dio un grande y
penetrante grito de agonía. El fantasma entonces permaneció inmóvil sobre el agua y,
doblando lentamente su dedo extendido, le ordenó acercarse. Agazapado, presa de un
terror abyecto, el miserable gritaba hasta que la caverna resonó una y otra vez:
–¡No fui yo…, no; yo no os asesiné!
Entonces se oyó una caída; era el muchacho que apareció sobre las obscuras aguas
luchando por su vida en medio del lago, viéndose a la inmóvil y terrible aparición
inclinada sobre él.
–¡Papá, papá, sálvame… que me ahogo!…–exclamó una débil voz lastimera en medio
del ruido de los burlones ecos.
–¡Mi hijo!–gritó Nicolás con el acento de un loco y poniéndose en pie de un salto –. ¡Mi hijo! ¡Salvadlo! ¡Oh! ¡Salvadlo!… ¡Sí, confieso. ¡Yo soy el asesino!… ¡Yo fui quien le mató!
Otra caída en el agua, y el fantasma desapareció. Dando un grito de horror los
circunstantes se precipitaron hacia la plataforma; pero sus pies se clavaron
repentinamente en el suelo al ver, en medio de los remolinos, una masa blanquecina e
informe enlazando al asesino y al niño en un estrecho abrazo y hundiéndose
lentamente en el insondable lago.
A la mañana siguiente, cuando, después de una noche de insomnio, algunos de la
partida visitaron la residencia del húngaro, la encontraron cerrada y desierta. Él y el shamano habían desaparecido. Muchos son los habitantes de P… que recuerdan el caso
todavía. El Inspector de Policía, Coronel S., murió algunos años después en la completa
seguridad de que el noble viajero era el diablo. La consternación general creció de
punto al ver convertida en llamas la mansión Izvertzoff aquella misma noche. El
Arzobispo ejecutó la ceremonia del exorcismo; pero aquel lugar se considera maldito
hasta el presente. En cuanto al Gobierno, investigó los hechos y… ordenó el silencio.

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BUENAS NOTICIAS DEL VATICANO

BUENAS NOTICIAS DEL VATICANO
Robert Silverberg







Esta es la mañana que todos estuvimos esperando: por fin el cardenal robot va a ser elegido Papa. Ya no caben más dudas acerca del resultado. Hace varios días que el cónclave está estancado debido a la puja entre los obstinados partidarios del cardenal Asciuga de Milán y los del cardenal Carciofo de Génova, y se está difundiendo el rumor de que se busca un candidato de transición. En este momento todas las facciones coinciden en propiciar la candidatura del robot. Esta mañana leí en el Osservatore Romano que la mismísima computadora del Vaticano intervino en las deliberaciones, apoyando en todo momento y fervorosamente la candidatura del robot. Supongo que no es de sorprender esta lealtad entre máquinas. Tampoco es un motivo para que nos desmoralicemos. Decididamente, no debemos desmoralizarnos.

- Cada época tiene el Papa que se merece - observó un poco sombríamente el obispo FitzPatrick durante el desayuno -. ¿Quién puede dudar de que el Papa más adecuado para nuestros tiempos es un robot? En algún futuro no muy lejano puede llegar a ser deseable que el Papa sea una ballena, un automóvil, un gato o una montaña.

El obispo FitzPatrick tiene una estatura que sobrepasa holgadamente los dos metros y la expresión habitual de su rostro es mórbida y apesadumbrada. De modo que resulta imposible determinar si ciertas cosas que dice reflejan angustia existencial o plácida aceptación. Muchos años atrás fue la estrella entre los jugadores del equipo de básquet de la cofradía de la Santa Cruz. Ahora está en Roma para investigar la biografía de San Marcelo el Justo.

Estuvimos observando el desarrollo del drama de la elección papal desde la terraza de un café a varias cuadras de la Plaza de San Pedro. Ninguno de nosotros esperaba que las vacaciones nos redituaran un espectáculo como éste: el Papa anterior tenía fama de gozar de buena salud y no había razón para sospechar que hubiera que elegirle un sucesor en el curso del verano.

Todas las mañanas llegamos en taxi desde nuestro hotel en Vía Véneto y nos instalamos en nuestros lugares habituales alrededor de «nuestra» mesa. Desde donde estamos ubicados vemos con claridad la chimenea del Vaticano, por donde sale el humo que echan las papeletas al arder: humo negro si no se eligió Papa, blanco si el cónclave tuvo éxito. Luigi, propietario y maitre del local, nos trae automáticamente nuestras bebidas preferidas: Fernet Branca para el obispo FitzPatrick, Campari con soda para el rabino Mueller, café a la turca para la señorita Harshaw, jugo de limón para Kenneth y Beverly y pernod con hielo para mí. Nos turnamos para pagar la adición, aunque hay que decir que Kenneth no pagó ni una sola vez desde que empezó nuestra vigilia. Ayer le tocó a la señorita Harshaw, y en el momento de pagar vació el monedero y se encontró con que le faltaban 350 liras; no tenía ni un peso más, sólo un cheque de viajero. Los demás miramos a Kenneth intencionadamente pero él siguió bebiendo con toda tranquilidad su jugo de limón. Después de un instante de tensión el rabino Mueller sacó una moneda de 500 liras y con un gesto bastante violento arrojó la pesada pieza de plata sobre la mesa. El rabino es famoso por sus pocas pulgas y su vehemencia. Tiene veintiocho años, suele andar vestido con una elegante casaca escocesa y anteojos de sol plateados, y a menudo se jacta de no haber celebrado ninguna bar mitzvah para su congregación, que está en el condado de Wicomico, en Maryland. Considera que es un rito vulgar y obsoleto, e indefectiblemente contrata para todas sus bar mitzvahs a una organización de clérigos ambulantes que tienen la concesión y se ocupan de esos asuntos a cambio de una comisión. El rabino Mueller es una autoridad en ángeles.

Nuestro grupo tiene opiniones divididas en cuanto a las bondades de la elección de un robot como nuevo Papa. El obispo FitzPatrick, el rabino Mueller y yo apoyamos la idea. La señorita Harshaw, Kenneth y Beverly se oponen. Es interesante puntualizar que nuestros dos caballeros con hábito religioso, uno ya mayor y el otro muy joven, dan su aprobación a este desvío de la tradición, en tanto que nuestros tres contestatarios se oponen.

No estoy seguro de por qué me alineo junto a los progresistas. Soy un hombre de edad madura y de conducta bastante moderada. Y jamás me preocupó por los asuntos de la Iglesia Romana. No estoy familiarizado con el dogma católico ni estoy al tanto de las nuevas corrientes del pensamiento eclesiástico. Sin embargo, estoy deseando que elijan al robot desde que comenzó el cónclave.

Me pregunto por qué. ¿Acaso porque la imagen de una criatura de metal en el trono de San Pedro estimula mi imaginación y gratifica mi gusto por lo incongruente? En otras palabras ¿es una cuestión puramente estética mi apoyo al robot? ¿O es más bien el resultado de mi cobardía moral? ¿Acaso tengo la secreta esperanza de que este gesto nos libre de los robots? ¿Acaso me digo para mis adentros: «Dénles el Papado y tal vez no pidan otras cosas por algún tiempo»? No. No puedo creer algo tan indigno de mí mismo. Es posible que esté en favor del robot porque soy una persona de una sensibilidad poco común frente a las necesidades de los demás.

- De ser elegido - dice el rabino Mueller - ya tiene planeado un acuerdo inmediato con el Dalai Lama, y una conexión recíproca con la programadora principal de la Iglesia Ortodoxa Griega. Y eso es sólo el comienzo. Según dicen, también habrá una apertura ecuménica hacia el rabinato, algo realmente deseable para todos.

- No me cabe duda que habrá muchos cambios en las costumbres y las prácticas de la jerarquía eclesiásticas - declara el obispo FitzPatrick -. Se supone que se introducirán mejoras en las técnicas para recoger información, dado que la computadora del Vaticano va a desempeñar un papel fundamental en las operaciones de la Curia. Fíjense, por ejemplo, lo que sucede con...

- La sola idea me resulta repugnante - dice Kenneth. Es un hombre joven, llamativo, de cabello blanco y ojos rosados. Beverly es su hermana o su esposa, rara vez habla. Kenneth hace la señal de la cruz con una brusquedad grosera y murmura:

- En el nombre del Padre, del Hijo y del Autómata Santo.

La señorita Harshaw se ríe pero se detiene cuando ve mi cara de desaprobación.

Abatido pero haciendo caso omiso de la interrupción, el obispo FitzPatrick continúa.

- Fíjense, por ejemplo, en lo que sucede con estas cifras que obtuve ayer por la tarde. Leí en el periódico Oggi que, de acuerdo con un vocero de las Missiones Catholicae, el número de los miembros yugoslavos de la Iglesia habían pasado de 19.381.403 a 23.501.062 en los últimos cinco años. Pero resulta que el último censo oficial, el del año pasado, arroja un total de población de 23.575.194 habitantes para toda Yugoslavia. Eso dejaría un resto de sólo 74.132 para yugoslavos pertenecientes a otras religiones o a ninguna. Como estoy al tanto de que hay una importante población musulmana en Yugoslavia, sospeché que había algún error en las estadísticas publicadas y consulté con la computadora de San Pedro, que me informó... - el obispo hace una pausa y saca una larga hoja impresa que despliega sobre la mesa, cubriéndola casi por entero -.. que el último censo de fieles yugoslavos realizado un año y medio atrás, arroja un total de 14.206.198 católicos. Es decir que se incurrió en una exageración de 9.294.864. Lo cual es absurdo. Y además se difundió el error, lo que ya es condenable.

- ¿Cómo es él? - pregunta la señorita Harshaw -. ¿Alguien tiene idea?

- Es como todos los demás - dice Kenneth -. Una reluciente caja metálica con ruedas abajo y ojos arriba.

- Usted no lo ha visto, - interrumpió el obispo FitzPatrick - y no creo que tenga derecho a suponer que...

- Son todos iguales - dice Kenneth -. Una vez que se vio uno se los vio todos. Cajas relucientes, Ruedas. Ojos. Y voces que salen de sus estómagos como eructos mecánicos. Por dentro son puras ruedas dentadas y engranajes. - Kenneth se estremece suavemente. - Es demasiado para que yo pueda aceptarlo. ¿Qué les parece si pedimos otra vuelta?

- En cambio da la casualidad que yo lo vi con mis propios ojos - dice el rabino Mueller.

- ¿Usted lo vio realmente? - salta Beverly.

Kenneth hace una mueca de disgusto. Luigi se aproxima trayendo una bandeja con más tragos para todos. Le alcanzo un billete de cinco mil liras. El rabino Mueller se saca los anteojos de sol y empaña con el aliento las pulidas superficies espejadas. Tiene ojos pequeños, de un gris acuoso, y un marcado estrabismo.

- El cardenal fue el orador principal en el Congreso Mundial del Judaísmo que se celebró el otoño pasado en Beirut. Su tema fue «Ecumenismo cibernético para el hombre contemporáneo». Yo estuve allí. Puedo asegurarles que Su Eminencia es alto y distinguido, que tiene una hermosa voz y una sonrisa amable. Hay una melancolía natural en su expresión, que me recuerda mucho a nuestro amigo el obispo, aquí presente. Sus movimientos son armoniosos y su ingenio agudo.

- Pero está montado sobre ruedas ¿no es cierto? - insiste Kenneth.

- Sobre cadenas - corrige el rabino, echándole a Kenneth una mirada fulminante y terrible y concentrándose nuevamente en sus anteojos de sol -. Cadenas, como las de un tractor. Pero no creo que, desde un punto de vista espiritual, las cadenas sean Inferiores a los pies o a las ruedas, que para el caso da lo mismo. Si yo fuera católico me enorgullecería de tener a semejante hombre como Papa.

- No es un hombre - interviene la señorita Harshaw. Su voz tiene un dejo de frivolidad siempre que se dirige al rabino Mueller. - Es un robot, no un hombre ¿recuerda?

- Semejante robot como Papa, entonces - dice el rabino Mueller, encogiéndose de hombros ante la corrección. Levanta su vaso. - ¡Por el nuevo Papa! ¡Por el nuevo Papa! - exclama el obispo FitzPatrick.

Luigi sale corriendo del local. Kenneth le indica con la mano que no hace falta que venga.

- Un momento - dice Kenneth -. La elección todavía no terminó. ¿Cómo pueden estar tan seguros del resultado?

- El Osservatore Romano - le digo - señala en la edición de esta mañana que ya está todo resuelto. El Cardenal Carciofo consintió en retirar su candidatura y darle su apoyo al robot a cambio de una mayor asignación de tiempo real cuando se sancionen las nuevas horas de computación en el consistorio del año próximo.

- En otras palabras, ya está todo cocinado - dice Kenneth.

El obispo FitzPatrick sacude tristemente la cabeza:

- Planteas las cosas en forma demasiado áspera, hijo mío. Hace tres semanas que estamos huérfanos de un Santo Padre. Es la Voluntad de Dios que tengamos un Papa; el cónclave, incapaz de elegir entre las candidaturas del cardenal Carciofo y el cardenal Asciuga, pone obstáculos a esa Voluntad; es necesario, pues, hacer ciertas concesiones a las realidades de los tiempos para que no siga frustrándose Su Voluntad. Prolongar la politiquería del cónclave se convierte en algo pecaminoso en estos momentos. El cardenal Carciofo sacrifica sus ambiciones personales, pero no en un acto egoísta como pareces sugerir.

Kenneth sigue atacando los móviles del pobre Carciofo para retirar su candidatura. Beverly aplaude de vez en cuando sus crueles humoradas. La señorita Harshaw reitera una y otra vez su decisión de no seguir siendo miembro activo de una Iglesia cuyo jefe sea una máquina. Yo encuentro la discusión desagradable y aparto mi silla de la mesa para poder ver mejor el Vaticano. En este momento los cardenales están reunidos en la Capilla Sixtina. ¡Cómo me gustaría estar allí! ¡Qué espléndidos misterios estarán celebrándose en esa sala magnífica y sombría! En este momento los príncipes de la Iglesia están sentados, cada uno en un pequeño trono cubierto por un dosel color violeta. Sobre los escritorios que hay frente a los tronos brillan gruesos cirios, Los maestros de ceremonias se desplazan solemnemente a través de la vasta habitación, llevando las vasijas de plata en las que reposan las papeletas vacías y que depositarán sobre la mesa que hay frente al altar. Uno a uno, los cardenales avanzan hacia la mesa, recogen la papeleta y vuelven a sus escritorios. Luego levantan sus lapiceras de pluma y comienzan a escribir: «Yo, el cardenal... elijo para Supremo Pontificado al Muy Reverendo Señor mi Señor el Cardenal...» ¿Qué nombre colocan? ¿El de Carciofo? ¿El de Asciuga? ¿El de algún oscuro y marchito prelado de Madrid o de Heidelberg, la desesperada alternativa de último momento para la facción contraria a los robots? ¿O acaso están escribiendo el nombre de él? El sonido de las plumas que rasgan el papel resuena profundamente en la capilla. Los cardenales están completando sus votos, sellando las papeletas en los bordes, doblándolas, volviéndolas a doblar una y otra vez, llevándolas al altar, dejándolas caer en el gran cáliz de oro. Eso es lo que han venido haciendo todas las mañanas y todas las tardes, día tras día, mientras estuvo estancado el cónclave.

- Leí en el Herald Tribune hace un par de días - dice la señorita Harshaw - que una delegación de 250 jóvenes robots católicos de lowa está esperando en el aeropuerto de Des Moines las noticias de la elección. Tienen un charter listo para salir y, si llega a ganar su candidato, piensan viajar a Roma para pedir que el Santo Padre les acuerde la primer audiencia pública.

- No cabe la menor duda - asiente el obispo FitzPatrick - que esta elección atraerá a gran cantidad de gente de origen sintético al seno de la iglesia.

- Y alejará a mucha gente de carne y hueso - dice con acritud la señorita Harshaw.

- Lo dudo - dice el obispo -. Claro que algunos de nosotros nos sentiremos perturbados, deprimidos, ofendidos, despojados, en un primer momento. Pero todo eso pasará. La natural bondad del nuevo Papa, a la que hizo alusión el rabino Mueller, terminará por imponerse. También creo que esta elección estimularía a los jóvenes de todo el mundo interesados en la tecnología a unirse a la Iglesia. En todas partes se despertarán impulsos religiosos irresistibles.

- ¿Pueden ustedes imaginarse a 250 robots haciendo sonar sus pasos metálicos en el interior de San Pedro? - preguntó la señorita Harshaw.

Contemplo el Vaticano a lo lejos. La luz matinal es brillante y enceguecedora, pero los cardenales reunidos en asamblea, separados del mundo por un muro, no pueden disfrutar de su alegre resplandor. Ya todos han votado. Los tres cardenales elegidos por sorteo como encargados del escrutinio de esta mañana están de pie. Uno de ellos levanta el cáliz y lo sacude, mezclando las papeletas. Luego lo ubica sobre la mesa que está frente al altar; otro saca las papeletas y las cuenta. Se asegura de que el número de votos sea igual al número de cardenales presentes. Las papeletas son transferidas a un ciborio, que es un copón usado de ordinario para guardar las hostias consagradas de la misa. El primero de los tres saca una papeleta, la despliega, lee lo que está escrito; la pasa al segundo, que también la lee; luego le es entregada al tercero que lee el nombre en voz alta. ¿Asciuga? ¿Carciofo? ¿Algún otro? ¿Él?

El rabino Mueller está discutiendo sobre ángeles:

- Y después tenemos los ángeles del Trono, conocidos en hebreo como orelim u ophanim. Hay setenta en total, y su virtud principal es la constancia.

»Entre ellos están los ángeles Orifiel, Oiphaniel, Zabkiel, Jophiel, Ambriel, Tychagar, Barael, Qelamia, Paschar, Boel y Raum. Algunos de éstos ya no están en el cielo y se encuentran entre los ángeles caídos en el Infierno.

- Supongo que debido a su constancia - se burla Kenneth.

- Luego, también están los Angeles de la Presencia - prosigue el rabino -, que aparentemente fueron circuncidados en el momento de su creación. Son Miguel, Metatron, Suriel, Sandalphon, Uriel, Saraqael, Astanphaeus, Phanuel, Jehoel, Zagzagael, Yefefiah y Akatriel. Pero creo que mi favorito de todo el grupo es el Angel del Deseo, que es mencionado en el Talmud, Bereshit Rabba 85, del siguiente modo: que cuando Judá estaba por pasar...

Ya habrán terminado de contar los votos, con toda seguridad. Una inmensa multitud está reunida en la Plaza de San Pedro. El sol brilla sobre cientos, tal vez miles, de cráneos forrados de acero. Este debe ser un día maravilloso para la población robot de Roma. Pero la mayoría de los que están en la plaza son criaturas de carne y hueso: viejas vestidas de negro, carteristas jóvenes y delgados, chicos con cachorros, rubicundos vendedores de salchicha y un conglomerado de poetas, filósofos, generales, legisladores, turistas y pescadores. ¿Cuál será el resultado del recuento? Dentro de poco lo sabremos. Si ningún candidato obtuvo la mayoría, mezclarán las papeletas con paja húmeda antes de arrojarlas en la estufa de la capilla, y de la chimenea saldrán volutas de humo negro. Pero si se ha elegido Papa, la paja estará seca y el humo será blanco.

El sistema tiene cálidas resonancias. Me gusta.

Me produce la satisfacción que suelen producir las obras de arte impecables: el acorde del Tristán, digamos, o los dientes de la rana en la Tentación de San Antonio del Busco. Espero el final con vehemente interés. Estoy seguro del resultado; ya empiezo a sentir que se despiertan en mí irresistibles impulsos religiosos, Aunque también experimento una extraña nostalgia por los días en que los papas eran de carne y hueso. Los periódicos de mañana no traerán entrevistas con la anciana madre del Santo Padre, que vive en Sicilia, ni con su orgulloso hermano menor, que vive en San Francisco. Y además, ¿volverá a celebrarse alguna vez más esta magnífica ceremonia de elección? ¿Necesitaremos alguna vez otro Papa considerando que éste que tendremos dentro de poco puede ser reparado tan fácilmente?

¡Ah, humo blanco! ¡Llegó el momento de la verdad!

En el balcón central de la fachada de San Pedro emerge una figura, despliega un manto tramado en oro y desaparece. El resplandor de la luz contra el tejido ciega la vista. Me hace recordar acaso la luz de la luna que roza con su frío beso el mar de Castellamare o tal vez, más aún, el resplandor de mediodía que reverbero desde el seno del Caribe sobre la costa de San Juan.

Aparece en el balcón una segunda figura, vestida de armiño y púrpura.

- El cardenal archidiácono - susurra el obispo FitzPatrick.

La gente ya empezó a desmayarse. Luigi está de pie, junto a mí, siguiendo el desarrollo de los hechos en una radio portátil.

- Ya está todo cocinado - dice Kenneth.

El rabino Mueller le chista, ordenándole silencio.

La señorita Harshaw empieza a sollozar. Beverly recita quedamente el Padre Nuestro y se persigna. Es un momento maravilloso para mí. Tal vez el momento más auténticamente contemporáneo que me haya tocado vivir.

La voz amplificada del cardenal archidiácono grita:

- Les traigo el anuncio de una dicha infinita. Tenemos Papa.

¡El clamor nace y crece en intensidad a medida que el cardenal archidiácono le comunica al mundo que el Pontífice recién elegido es, efectivamente, ese renombrado cardenal, esa noble y distinguida persona, ese individuo melancólico y austero, cuya elevación al Trono Sagrado deseamos todos con tanta intensidad y desde hace tanto tiempo.

- Ha adoptado - dice el cardenal archidiácono - el nombre de...

El nombre se pierde en medio de los vítores. Me vuelvo hacia Luigi:

- ¿Cómo? ¿Qué nombre?

- Sisto Settimo - me dice.

Así es, y ahí está él, el Papa Sixto Séptimo, como debemos llamarlo de ahora en adelante. Una figura diminuta, envuelta en las vestiduras papales de oro y plata, que extiende sus brazos a la multitud, y ¡sí! la luz del sol relumbra sobre sus mejillas y en su encumbrada frente hay un fulgor de acero bruñido. Luigi ya está de rodillas. Yo me arrodillo a su lado. La señorita Harshaw, Beverly, Kenneth, el mismo rabino, todos se arrodillan. Porque éste es indiscutiblemente un acontecimiento milagroso. El Papa se asoma al balcón. Está por impartir la tradicional bendición apostólica a la ciudad y al mundo.

- Nuestra esperanza radica en el Nombre del Señor - declara solemnemente.

Acciona los reactores de levitación que hay debajo de sus brazos; aún desde aquí puedo ver las dos columnitas de humo. Humo blanco otra vez. Empieza a elevarse en el aire.

- El que creó el Cielo y la Tierra - dice -. Que Dios Todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo os bendiga.

Su voz nos llega majestuosa y arrolladora. Su sombra se extiende por encima de toda la plaza. Sube más y más hasta perderse de vista. Kenneth palmea a Luigi:

- Sírvenos otra vuelta - dice, y pone en la mano del dueño del café un billete de los grandes.

El obispo FitzPatrick llora. El rabino Mueller se abraza con la señorita Harshaw. El nuevo Pontífice empezó su reinado bajo signos auspiciosos, según creo.





FIN
Ver artículo  Miscelánea Budista -- POEMAS ZEN

Miscelánea Budista -- POEMAS ZEN

Miscelánea Budista
Recopilación de poemas Zen
José L. Hernández



_
Como se trata de materiales clásicos y muy antiguos no siempre se
tienen los datos de los autores. Los poemas pertenecen a tres autores:
Suzuki, Watts y Deshimaru, los dos primeros son divulgadores a los
que, como mucho, se les debe atribuir la traducción de estos poemas, el
tercero Deshimaru era un monje dedicado a la difusión del budismo. La
primera edición inglesa de Suzuki es de 1949, hace más de cincuenta
años.
* * *
(Tung-shan. Ensayos Sobre Budismo Zen, del Dr. Suzuki)
Cuidando de buscar la Verdad según los demás,
cada vez se retiraba más de mí …
Ahora ando sólo conmigo mismo,
y no hay otro más que yo;
no obstante, no soy él…
Una vez entendido esto,
estoy con Él cara a cara.
* * *
(Tozan, undécimo patriarca Zen (807-869).
La Práctica Del Zen, deTaisen Deshimaru)

No busquéis el camino en los otros,
en un lugar lejano;
el camino está bajo nuestros pies.
Ahora viajo solo…
Pero puede encontrarlo en todas partes;
ciertamente, él es ahora yo,
pero ahora yo no soy él.
Así también, cuando encuentro lo que encuentro,
Puedo obtener la verdadera libertad.
* * *
(Fu, de T´ai-yüan. Ensayos Sobre Budismo Zen, del Dr. Suzuki)Recuerdo la época en que no tenía visión (satori),
cada vez que oía la flauta mi corazón se afligía.
Ahora no tengo sueños vanos en mi almohada,
me limito a dejar que el flautista ejecute el son que le plazca.
* * *
(Poema haiku japonés. Ensayos Sobre Budismo Zen, del Dr. Suzuki)
¡Oh! ¡Esto es Yoshino!
¿Qué más puedo decir?
¡La montaña ataviada con flores de cerezo!.
* * *
(Saigyó, periodo Kamamura (1168-1334).
Ensayos Sobre Budismo Zen, del Dr. Suzuki)¡El aventado humo del monte Fuji
desapareciendo mucho más allá!.
¿Quién conduce el destino
de mi pensamiento, extraviándose con él?.
* * *
(Canción tradicional japonesa.
Ensayos Sobre Budismo Zen, del Dr. Suzuki)¿Llegó? ¿Llegó?
Voy a la orilla a encontrarme con él.
Mas en la orilla no hay nada salvo brisa
que canta entre los pinos.
* * *
(Bashó, poeta haiku. Ensayos Sobre Budismo Zen, del Dr. Suzuki)
Una rama despojada de hojas,
un cuervo posado en ella…
Este atardecer de otoño.
* * *
(Hsüeh-tou, compilador del Pi-yen-chi.
Ensayos Sobre Budismo Zen, del Dr. Suzuki)

La brisa primaveral se eleva suavemente sobre el distrito de Chang.
La perdiz canta tiernamente entre los arbustos cargados de flores.
La carpa que salta la turbulenta catarata que se parte en tres se convierte en dragón…
Y ¡qué necio es quien aun de noche la busca en la alberca!.
* * *
(Dogen. El Camino Del Zen, de Alan W. Watts)
Las flores se van cuando nos apena perderlas,
los yuyos llegan mientras nos apena verlos crecer.
* * *
(Budismo tibetano, tradición del Sendero Breve.
El Camino Del Zen, de Alan W. Watts)Nada de pensamiento, nada de reflexión, nada de análisis,
nada de cultivarse, nada de intención:
deja que se resuelva solo.
* * *
(Zenrin Kushu. El Camino Del Zen, de Alan W. Watts)
No puedes conseguirlo poniéndote a pensar;
no puedes buscarlo sin ponerte a pensar.
* * *
(Cheng-tao Ke. El Camino Del Zen, de Alan W. Watts)
Como el cielo vacío, carece de límites,
pero está en su lugar, siempre profundo y claro.
Cuando tratas de conocerlo, no puedes verlo.
No puedes agarrarlo,
pero no puedes perderlo.
Al no poderlo tomar, lo tomas.
Cuando callas, habla;
cuando hablas, calla.
El gran portón esta abierto de par en par para dar limosnas,
y ninguna multitud bloquea el camino.
* * *
(Zenrin Kushu. El Camino Del Zen, de Alan W. Watts)Una palabra establece el cielo y la tierra,
una espada nivela el mundo entero.
* * *
(Ikkyu, poema doka. El Camino Del Zen, de Alan W. Watts)
Comemos, evacuamos, nos acostamos y nos levantamos;
este es nuestro mundo.
Todo lo que tenemos que hacer después es morir.
* * *
(Zenrin Kushu. El Camino Del Zen, de Alan W. Watts)Los gansos salvajes no se proponen reflejarse en el agua,
el agua no piensa recibir su imagen.
* * *
(Poema del Zenrin Kushu. El Camino Del Zen, de Alan W. Watts)Quietamente sentado, sin hacer nada,
llega la primavera y crece sola la hierba.
* * *
(El Camino Del Zen, de Alan W. Watts)
El monte Lu en lluvia y niebla; el río Che muy crecido.
¡Antes de que fuera allí, no cesaba el dolor del deseo!
Fui allí y retorné… No fue nada en especial:
el monte Lu en lluvia y niebla; el río Che muy crecido.
* * *
(El Camino Del Zen, de Alan W. Watts)La gloria matutina que florece una hora
no difiere en esencia del pino gigante
que vive un milenio.
* * *
(Gochiku, poema haiku. El Camino Del Zen, de Alan W. Watts)
La larga noche;
el sonido del agua
dice lo que pienso.
* * *
(Hoyen (Fa-yen) de Gosozan (Wu-tso-shan) muerto en 1104.
Ensayos Sobre Budismo Zen, del Dr. Suzuki)

Un lote de tierra labrantía yace en silencio, junto a la colina.
Cruzando mis manos sobre el pecho, pregunto gentilmente al viejo labriego:
"¿Con cuánta asiduidad lo vendiste y lo volviste a comprar?".
Me placen los pinos y bambúes que convidan con refrescante brisa.
* * *
(Poema popular japonés. El Camino Del Zen, de Alan W. Watts)
Así es la vida:
siete veces abajo,
¡ocho veces arriba!.
* * *
(Goso Hóyen. Ensayos Sobre Budismo Zen, del Dr. Suzuki)Cien años: treinta y seis mil mañanas.
¡Esto mismo, viejo amigo, sigue adelante por siempre!.
* * *
(Chuang-tzu. El Camino Del Zen, de Alan W. Watts)
El cuerpo como hueso seco,
la mente como cenizas muertas;
eso es verdadero conocimiento:
no esforzarse en saber el porqué.
En la niebla, en la oscuridad,
el sin mente no puede planear.
¿Qué clase de hombre es ese?.
* * *
(Lao-tzu, El Tao. El Camino Del Zen, de Alan W. Watts)¡Suprimid el talento y acabaréis con las ansiedades…!
La gente, en general, es tan feliz como si estuviera de fiesta,
o como si subiera a una torre en primavera.
Yo solo estoy tranquilo, y no he hecho signos,
como un niño que aún no sabe sonreír;
desamparado como si no tuviera casa adonde ir.
Todos los otros tienen más que suficiente,
y solo yo parezco estar necesitado.
Posiblemente mi mente sea la de un tonto
¡que es tan ignorante…!.
Los vulgares son brillantes,
y solo yo parezco ser torpe.
El vulgo discrimina,
y solo yo parezco más que suficiente.
Soy negligente como si fuera oscuro;
a la deriva, como si no me apegase a nada.
La gente, en general, todos tienen algo que hacer,
y solo yo parezco carecer de habilidad y práctica.
Yo solo soy diferente de los otros,
pero valoro la búsqueda del sustento que viene de la Madre.
* * *
(Han-shan. Ensayos Sobre Budismo Zen, del Dr. Suzuki)Pienso en los veinte años que pasaron,
cuando acostumbraba volver a casa tranquilamente desde el monasterio;
toda la gente que vivía en el monasterio decía:
"Han-Shan es un idiota".
Reflexiono: ¿soy realmente un idiota?.
Pero mis reflexiones no logran resolver la cuestión,
pues ni yo mismo sé quién es el yo.
Me limito a bajar la cabeza; no son necesarias más preguntas,
porque ¿de qué puede servir el preguntar?.
Que vengan y de mí se burlen todo cuanto gusten,
yo sé muy claramente qué quieren decir,
más no he de responder a sus befas,
pues eso se adapta admirablemente a mi vida.
* * *
(Chih-jôu discípulo de Yüan-t´ung. Hsü-chuan
(Transmisión de la lámpara), XX. Ensayos Sobre Budismo Zen, del Dr. Suzuki)Durante veinte años peregriné
todo el camino de Este a Oeste;
y ahora, al encontrarme en Ch´i-hsien,
veo que jamás di ni un paso adelante.
* * *
(Hui-yüan. De Hsü-chuan (Transmisión de la lámpara).
Ensayos Sobre Budismo Zen, del Dr. Suzuki)¡Oh, este raro suceso…!
¿Cómo no me alegraría dar por él diez mil piezas de oro?
Tengo un sombrero sobre mi cabeza, y un atado alrededor de mis ijares.
¡Y en mi cayado llevo la brisa refrescante y la luna llena!.
* * *
(Ensayos Sobre Budismo Zen, del Dr. Suzuki)Las sombras del bambú están barriendo las escaleras,
pero no se agita el polvo.
La luz de la luna penetra hondamente en el fondo del estanque,
pero en el agua no quedan rastros.
* * *
(Poema del Zenrin Kushu. El Camino Del Zen, de Alan W. Watts)Los árboles muestran la forma corporal del viento;
las olas dan energía vital a la luna.
* * *
(Mumon (Wu-mên). Ensayos Sobre Budismo Zen, del Dr. Suzuki)
Cientos de flores primaverales; la luna otoñal.
Una refrescante brisa estival; la nieve invernal.
Libra tu mente de todo vano pensamiento
¡Y cuán agradable es para ti toda estación!.
* * *
(Nansen (Nanch´üan). Ensayos Sobre Budismo Zen, del Dr. Suzuki)
Bebiendo té, comiendo arroz,
paso mi tiempo tal como viene.
Observando el río, contemplando las montañas…
¡Cuán sereno y descansado verdaderamente me siento!.
* * *
(Suttanipáta, vers. 949 y 1099. Ensayos Sobre Budismo Zen, del Dr. Suzuki)
Lo que está ante ti, descártalo;
que nada quede detrás de ti.
Si luego no captas qué hay en medio,
en nada vagarás.
* * *
(Kena-Upanishad. Ensayos Sobre Budismo Zen, del Dr. Suzuki)
Lo concibe quien no lo concibe;
quien lo concibe, no lo conoce.
No lo entienden quienes lo entienden;
lo entienden quienes no lo entienden.
* * *
(Fa-yen de Wu-tsu Shan. Ensayos Sobre Budismo Zen, del Dr. Suzuki)
La hoja de la espada de Chao-chou está fuera de su vaina.
¡Cuán fría como escarcha, cuán flamígera como llama!.
Si uno intenta preguntar: "¿Cómo es eso así?",
de inmediato aparece una división: esto y aquello.
* * *
(P´ing-t´ien el Mayor. Ensayos Sobre Budismo Zen, del Dr. Suzuki)El resplandor celeste no se opaca,
la norma perdura por siempre jamás.
Para aquél que traspuso esta puerta,
no hay razonamiento, no hay erudición.
* * *
(Dhritaka, sexto patriarca Zen.
Ensayos Sobre Budismo Zen, del Dr. Suzuki)

Penetra en la verdad última de la mente,
y no tendrás cosas y no-cosas.
Iluminados y no-iluminados… son lo mismo.
No hay mente ni cosa.
* * *
(Manura, vigésimosegundo patriarca Zen.
Ensayos Sobre Budismo Zen, del Dr. Suzuki)La mente se desplaza con las diez mil cosas;
hasta cuando se mueve está serena.
Percibe su esencia a medida que se mueve,
Y no hay júbilo ni aficción.
* * *
(Fudaishi (Fu-ta-shih). Ensayos Sobre Budismo Zen, del Dr. Suzuki)Ando con las manos vacías y con todo la espada está en mis manos;
marcho a pie, y con todo a grupas de un buey voy cabalgando:
cuando transpongo el puente,
he aquí que el agua no fluye, pero el puente sí.
* * *
(Hui-k´ai (1183-1260). El Paso Fronterizo Sin Puerta (Wu-mên-kuan).
Ensayos Sobre Budismo Zen, del Dr. Suzuki)

El gran camino no tiene puertas,
(pero) ¡cuán entrecruzados son los pasajes!.
Una vez traspuesto este paso fronterizo,
recorres en real soledad el universo.
* * *
(Hui-k´ai (1183-1260). El Paso Fronterizo Sin Puerta (Wu-mên-kuan).
Ensayos Sobre Budismo Zen, del Dr. Suzuki)

¿La naturaleza búdica en el perro? (“¡Wu!”)
La elevación es completa, el mandato inequívoco;
tan pronto vaciles entre ser y no-ser
ya eres cadáver inerte.
* * *
(Visuddhimagga, resumen de la doctrina budista.
El Camino Del Zen, de Alan W. Watts)

El sufrimiento existe solo, ninguno que sufra;
el hecho existe, pero no quien lo haga;
Nirvana existe, pero nadie que lo busque;
el Sendero existe, pero nadie que lo recorra.
Sólo la miseria existe; no hay mísero,
ni hacedor; no se encuentra nada, salvo el acto.
El Nirvana existe, pero no el hombre que lo busca.
El Sendero existe, pero no el que viaje en él.
* * *
(P´ang, periodo Yüan-ho (806-821).
Ensayos Sobre Budismo Zen, del Dr. Suzuki)

El viejo P´ang nada elige del mundo:
en lo que a él respecta, todo está vacío; ni siquiera tiene asiento,
pues en su casa reina el Vacío Absoluto;
¡En verdad, cuán vacío está sin tesoros!.
Cuando sale el sol, recorre el Vacío,
cuando el sol se pone, duerme en el Vacío;
sentado en el Vacío canta sus canciones vacías.
Y sus canciones vacías reverberan a través del Vacío.
No te sorprendas del Vacío tan integralmente vacío,
pues el Vacío es el asiento de todos los Budas.
Y los hombres del mundo no entienden el Vacío,
pero el Vacío es el tesoro real;
si dices: no hay Vacío,
cometes grave ofensa contra los Budas.
* * *
(Shuan (Shou-an). Ensayos Sobre Budismo Zen, del Dr. Suzuki)En Nantai me siento en silencio con incienso encendido.
En un día de arrobamiento, todas las cosas se olvidan.
No es que la mente se detenga y los pensamientos se aparten,
sino que en realidad nada hay que mi serenidad perturbe.
* * *
(Hokoji, discípulo de Baso (Ma-tsu).
Ensayos Sobre Budismo Zen, del Dr. Suzuki)

¡Cuán maravillosamente sobrenatural
y cuán milagroso es esto!
¡Sacar agua y llevar leña!.
* * *
INSCRITO EN LA MENTE CREYENTE (Hsin-hsin-ming)
(Sêng-ts´an, tercer patriarca Zen, muerto en 606.
Ensayos Sobre Budismo Zen, del Dr. Suzuki)

El Método Perfecto no sabe de dificultades,
excepto que rehusa efectuar preferencias:
sólo cuando se libera de odio y amor
se revela plenamente sin disfraz.
Basta la diferencia de una décima de milímetro
para que el cielo y la tierra queden separados:
si quieres verlo manifiesto,
no asumas pensamiento en su favor ni en su contra.
Alzar lo que gustas contra lo que te disgusta…
Esta es la enfermedad de la mente.
Cuando no se entiende el profundo significado (del Método)
se perturba la paz de la mente y nada se gana.
El Método es perfecto como el vasto espacio,
sin faltarle nada, sin nada superfluo:
en verdad, se debe a efectuar elección
que su talidad se pierda de vista.
No persigas las complicaciones externas,
no mores en el vacío interior.
Cuando la mente reposa serena en la unidad de las cosas,
el dualismo se desvanece de por sí.
Y cuando no se entiende integralmente la unidad
de dos modos se sustenta la pérdida:
la negación de la realidad puede conducir a su negación absoluta,
mientras apoyar el vacío puede resultar en su contradicción.
Verbalismo e intelección…
Cuando más nos acompañamos de ellos, más nos descarriamos;
por tanto, fuera el verbalismo y la intelección
y no habrá lugar al que no puedas pasar libremente.
Cuando retornamos a la raíz, ganamos el significado;
cuando perseguimos los objetos externos, perdemos la razón.
En el momento en que nos iluminamos por dentro,
trascendemos el vacío y el mundo que nos enfrenta.
Las transformaciones que se suceden en un mundo vacío que nos enfrenta,
parecen todas reales debido a la Ignorancia:
procura no buscar lo verdadero,
cesa tan solo de abrigar opiniones.
No te entretengas con el dualismo,
evita cuidadosamente perseguirlo;
tan pronto tengas lo correcto y lo erróneo,
lo que se sigue es confusión, la mente se pierde.
Los dos existen debido al uno,
pero ni siquiera te aferres a este uno;
cuando la mente única no está perturbada,
las diez mil cosas no ofrecen ofensa.
Cuando ellas no ofrecen ofensa, es como si no existieran,
cuando la mente no es perturbada, es como si no hubiese mente.
El sujeto se aquieta cuando el objeto cesa,
el objeto cesa cuando el sujeto se aquieta.
El objeto es un objeto del sujeto,
el sujeto es un sujeto de un objeto:
conoce que la relatividad de los dos
reside únicamente en la unidad del vacío.
En la unidad del vacío los dos son uno,
y cada uno de los dos contiene en sí la totalidad de las diez mil cosas;
cuando no se efectúa discriminación entre esto y aquello,
¿cómo puede surgir un criterio unilateral y prejuicioso?.
El Gran Método es calmo y de espíritu abierto,
nada es fácil, nada es difícil:
los propósitos pequeños son irresolutos,
cuando más se apresuran más se demoran.
El apego jamás se mantiene dentro de los lazos,
es seguro que marche en sentido equivocado:
déjalo ir flojo, que las cosas sean como fueren,
mientras la esencia ni parte ni mora.
Obedece a la naturaleza de las cosas, y estarás en concordia con el Método,
calmo, cómodo y libre de molestia;
mas cuando tus pensamientos están atados, te alejas de la verdad,
se tornan más pesados y torpes, y de ningún modo son sensatos.
Cuando no son sensatos, el alma está turbada,
¿de qué sirve, entonces, ser parcial y unilateral?.
Si quieres recorrer el curso del Único Vehículo
no tengas prejuicios contra los objetos-de-los-seis-sentidos.
Cuando no tienes prejuicios contra los objetos-de-los-seis-sentidos,
a la vez te identificas con la Iluminación.
El sabio es no-activo,
mientras el ignorante se ata;
mientras que en el mismo Dharma, no hay individuación,
ignorantemente se apegan a objetos particulares.
Son sus propias mentes las que crean ilusiones,
¿no es esa la máxima de las contradicciones?.
La Ignorancia engendra el dualismo del reposo y del desasosiego.
Los iluminados carecen de gustos y disgustos.
Todas las formas de dualismo
medran ignorantemente por la mente misma,
son como visiones y flores en el aire:
¿por qué debemos perturbarnos tratando de agarrarlas?.
Ganancia y pérdida, correcto y erróneo…
¡fuera con ellos de una vez por todas!.
Si el ojo nunca se duerme
todos los sueños cesan de por sí:
si la mente retiene su unidad,
las diez mil cosas son de una sola talidad.
Cuando se sondea el hondo misterio de la talidad única,
de repente olvidamos las complicaciones externas:
Cuando se ve a las diez mil cosas en su unidad,
retornamos al origen y seguimos siendo lo que somos.
Olvida el porqué de las cosas,
y alcanzas un estado más allá de la analogía:
el movimiento detenido no es movimiento,
y el reposo puesto en movimiento no es reposo.
Cuando no se obtiene más el dualismo,
ni siquiera la unidad misma sigue siendo como tal.
El fin último de las cosas, donde no pueden ir más allá,
no está sujeto a reglas ni medidas:
la mente en armonía con el Método es el principio de la identidad,
en el que hallamos todas las acciones en un estado de quietud;
las irresoluciones son descartadas por completo,
y la fe recta es restablecida en su rectitud genuina.
Así nada es retenido,
nada es memorizado,
todos es vacío, lúcido, auto-iluminativo.
No hay mancha, ni ejercicio, ni derroche de energía:
he aquí donde jamás alcanza el pensamiento,
he aquí donde la imaginación fracasa en sus mediciones.
En el reino superior de la Talidad Verdadera
no hay "otro" ni "yo".
Cuando se pide una identificación directa
sólo podemos decir: "No dos".
Al no ser dos todo es lo mismo,
todo lo que es, está comprendido en ello:
los sabios de los diez sectores,
todos entran en esta fe absoluta.
Esta fe absoluta está más allá de la prisa (tiempo) y de la extensión (espacio).
Un instante es diez mil años.
No interesa cómo están condicionadas las cosas, ya sea con "ser" o "no ser",
eso se manifiesta por doquier ante ti.
Lo infinitamente pequeño es tan grande como grande puede ser,
cuando se olvidan las condiciones externas;
lo infinitamente grande es tan pequeño como pequeño puede ser,
cuando se ponen fuera de la vista límites objetivos.
Lo que es lo mismo con lo que no lo es,
lo que no es lo mismo con lo que es:
donde no pueda obtenerse este estado de cosas,
asegúrate de no entretenerte.
Uno en todos,
todos en uno…
Si sólo se comprende esto,
¡No te preocupes más por no ser perfecto!.
La mente creyente no está dividida,
e indivisa es la mente creyente…
He aquí donde fallan las palabras,
pues esto no pertenece al pasado, al futuro ni al presente.
* * *
HOKYO ZAN MAI (Samadhi del Espejo del Tesoro)
(Maestro Tozan, 807 – 869. La Práctica Del Zen, de Taisen Deshimaru).

Sin error, sin duda, así es el Dharma.
Buda y los maestros de la transmisión no hablaron de él.
Ahora podéis obtenerlo.
Por eso, os lo ruego, conservadlo intacto.
La nieve blanca
se amontona en la bandeja de plata.
La luz de la luna envuelve a la garza blanca.
Son parecidas,
pero no idénticas.
Se funden íntimamente,
pero cada una comprende su estado.
La conciencia no es lenguaje.
Si se presenta la ocasión
también hay que pasar por esto.
Turbado por las palabras,
te precipitas en el abismo.
En desacuerdo con las palabras,
topas con el límite de la duda.
Salir al encuentro,
tocar.
Ni una ni otra cosa valen,
es como una bola de fuego.
Expresarse
con lenguaje adornado
es desvirtuar.
La medianoche
es luz verdadera,
el alba
no es claro
Aun cuando no sea sin conciencia,
no es sin lenguaje.
Pero si es inconsciente,
se hace lenguaje.
Es como mirarte en un espejo:
la forma y el reflejo cara a cara.
Tú no eres el reflejo,
pero el reflejo es tú.
El bebé está en el mundo
bajo cinco condiciones:
no va ni viene,
no llega de pronto…
no es amo de quedarse….
no habla….baba wawa…
Por último, no puede obtener
el objeto deseado,
pues su lenguaje no es justo.
Las seis líneas del hexagrama del shuri
deciden el juego mutuo.
Sin embargo, la causa de se establezca
el tres resulta ser el cinco.
Como los cinco sabores de la planta chisso
Es igual que un cetro de diamante
Cuando lo derecho y lo oblicuo
se hallan y pellizcan
(como las piernas en loto),
danse maravillosamente
pregunta y respuesta confundidas.
Intimo con el origen
familiar con la Vía.
Si hay mezcla,
hay felicidad.
Pero no debemos cometer
error alguno.
Es inocente y misterioso,
no pertenece a la ilusión
ni al satori.
La ley de la interdependencia y la ocasión
pueden realizarse en la claridad
y el silencio del corazón.
El microcosmos penetra en el infinito.
El límite del macrocosmos
es el propio límite del cosmos.
La creación de una diferencia,
incluso ínfima,
no puede armonizarse
con el ritmo de la música.
Tenemos ahora lo súbito y lo gradual,
el Zen se hace sección,
una medida para las comparaciones.
A pesar de la comprensión a través de las sectas
y de la realización de la idea, hay una
mancha en el verdadero satori.
En el exterior, la calma.
En el interior, el movimiento.
Como el caballo trabado
y el ratón escondido.
Todos los maestros de la transmisión
se han afligido en lo tocante a este punto,
por eso sienten la necesidad de brindar el dharma.
Todos van tras ilusiones erróneas,
por eso se confunde el blanco con el negro.
Cuando la ilusión se desvanece, en el mismo
instante cada uno puede comprenderse a sí mismo.
Si deseáis adaptaros, pisad
las viejas huellas transmitidas.
Os lo ruego, estudiad con atención
el ejemplo de los ancianos precedentes.
El árbol ha sido observado durante diez millones de años
para alcanzar la vía de Buda.
Como la debilidad del tigre,
como los ojos nocturnos del caballo.
Por su complejo de inferioridad,
que les hace ver los objetos
como si fueran un raro tesoro,
y puesto que los hombres tienen el horror en su espíritu,
el maestro ha de convertirse en gato
o en buey blanco.
El maestro de tiro con arco,
gracias a su elevada y justa técnica
puede dar en el blanco
incluso a la mayor de las distancias.
Pero si flecha y lanza chocan en pleno vuelo,
la más elevada técnica pierde toda su eficacia.
Cant