HIJOS -- YVETTE -- GUY DE MAUPASSANT
HIJOS -- YVETTE -- GUY DE MAUPASSANT
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YVETTE
IAl salir del café, Juan de Servigny dijo a su amigo León Laval:
—Si te parece, no tomaremos coche. Da gusto andar con un tiempo tan hermoso.
Y su amigo contestó:
—Me parece muy bien.
Juan repuso:
—No son las once aún; llegaremos antes de medianoche; vayamos tranquilamente.
Una muchedumbre agitada bullía en el bulevar, con la animación propia de las noches de verano, bebiendo, susurrando y deslizándose como una corriente de bienestar y alegría. De cuando en cuando, las ventanas de un café arrojaban su claridad sobre los que ocupaban en la calle las mesitas atestadas de botellas y de vasos, Y en el arroyo, los coches con faroles rojos, verdes o azules, pasaban rápidamente, mostrando la silueta del penco flaco y trotador, el perfil del cochero y la caja sombria.
Los dos amigos andaban lentamente, con el abrigo al brazo, el cigarro en la boca, una flor en el ojal de la levita y el sombrero algo inclinado, como alguna vez se lleva con cierto abandono, desués de comer bien y cuando sopla un airecillo agradable y templado.
Se habían conocido en el colegio, y desde la niñez los unía estrecha, sólida y firme amistad.
Juan de Servigny, de regular estatura, esbelto, un poquito calvo y bastante delgado, muy elegante, con el bigote muy rizado, los ojos claros, los labios finos, era uno .de esos trasnochadores que parecen nacidos y educados en pleno bulevar, infatigable aun cuando tenía siempre apariencias de fatigado, vigoroso y descolorido; era el tipo del parisiense delicado , que a fuerza de gimnasia, esgrima, duchas y estufa, consigue una fuerza nerviosa y ficticia. Tan conocido por sus calaveradas como por su ingenio, por su fortuna, por sus relaciones, por la sociabilidad, amabilidad y galantería mundana, peculiares a ciertos hombres.
Verdadero parisiense, despreocupado, escéptico, variable, irresistible, irresoluto y enérgico, egoista por educación y generoso por instinto, capaz de todo y de nada, consumía sus rentas con moderación y se divertía con higiene. Indiferente y apasionado, se abandonaba y se reprimía sin cesar, combatido por inclinaciones opuestas y cediendo a todas, para obedecer al fin a su conveniencia de hombre placentero, cuya lógica de veleta consistía en seguir el viento y aprovecharse de las circunstancias como se ofrecieren, pero sin tomarse nunca la molestia de prepararlas.
Su compañero León Laval, rico también, era uno de esos arrogantes colosos que, al pasar por la calle, obligan a las mujeres a volver la cabeza para contemplarlos. Daba la idea de un monumento hecho hombre, de un modelo de la raza, como esos ejemplares elegidos que se ven en las exposiciones. Demasiado hermoso, demasiado alto, demasiado fornido y demasiado resistente, superaba por exceso en todo, por exceso de cualidades. Había inspirado muchas. pasiones.
A la puerta del Vaudeville preguntó a su amigo:
—¿Anunciaste a esa señora mi presentación?
Servigny soltó la risa.
—¡Anunciar una presentación a la marquesa Obardi! ¿Anuncias al conductor de un ómnibus que subirás en su carruaje cuando te dé la gana?
Laval, entonces, preguntó algo perplejo:
—¿Qué clase de mujer es ésa?
Y el otro respondió:
—Es una advenediza, una improvisada, una farfullera muy agradable, que apareció un día nadie sabe cómo ni por dónde, en la sociedad aventurera, y supo lucir y convencer. ¿Qué nos importa lo demás? Dicen que su verdadero nombre, su nombre de familia es Octavia Bardin. con el cual formó su titulo de Obardi, conservando la primera letra del nombre y suprimiendo la última del apellido. Es una mujer muy agradable, de la que serás amante sin excusa posible, por tu físico. No se lleva en balde a Hércules a casa de Mesalina. Tengo que advertirte que, si la entrada es libre, como en los bazares, en esa casa no se adquiere la obligación forzosa. de adquirir lo que dentro se vende. Allí se juega y se ama, pero no te comprometen a esto ni a aquello. Es libre también la salida. Se instaló hace tres años en el barrio de la Estrella, lugar sospechoso, y abrió sus salones a esa espuma de los continentes que llega para ejercer en París sus talentos varios, temibles y criminales. ¿Cómo fui a su casa? No lo sé. Acaso porque había en ella juego, amores fáciles y hombres viciosos. Me atrae la sociedad filibustera con sus decoraciones variadas; todos extranjeros, todos nobles, todos felices, al parecer, y todos desconocidos en las embajadas de sus respectivas naciones, excepto los espías. Todos hablan del honor a propósito de... unas botas, y citan a sus antepasados en toda ocasión; refieren su historias sin venir a cuento; son charlatanes, embusteros, tramposos; falsos como su nombre; osados por necesidad, como los bandoleros, que sólo pueden robar a caminantes arriesgando sus vidas. Forman algo así como la aristocracia del presidio. Me divierten; me interesa conocerlos, penetrarlos; me distrae oírlos; con frecuencia son decidores y nunca son vulgares como los funcionarios franceses. Nacen mujeres hermosas, con un dejo de bribonería extraña, con el misterio de su existencia desconocida.
Ellas tienen por lo general ojos abrasadores y cabellos incomparables, todo lo necesario para ser deseadas; ¡una gracia que emborracha, una seducción que enloquece, un encanto perturbador, irresistible! Son dominadoras como los aventureros de otras épocas; rapaces, verdaderas hembras de pajarracos de rapiña. Me resultan adorables. La marquesa Obardi es el modelo de tan elegantes perdidas. Algo madura y siempre bella, encantadora y felina, se la siente viciosa y brutal hasta la medula de los huesos. Su casa es de lo más divertido, allí se juega, se baila, se cena..., y se hace todo lo que resulta un placer en la vida mundana.
León Laval preguntó:
—¿Fuiste o eres su amante?
Servigny le respondió:
—No lo he sido, ni lo soy, ni lo seré. Me gusta la hija.
—¡Ah! ¿Tiene una hija?
—¡Maravillosa! ¡Una hija maravillosa! Hoy por hoy es el principal atractivo en aquella caverna. Gallarda, buena moza; dieciocho años..., ¡a punto de caramelo! Tan rubia como su madre morena, siempre alegre, siempre dispuesta para diversiones, riendo y bailando siempre. ¿Cuándo y dónde caerá? ¿Cayó a estas alturas? No lo sé. Muchos aguardamos la ocasión. Veremos. Una criatura como ésa, en manos de una mujer como la Obardi, es un tesoro. Se defienden bien las dos malditas. Nadie comprende su juego.
Acaso aguardan algo que les convenga más..., que yo. Pero yo te aseguro que me aprovecharé si la ocasión se me ofrece alguna vez. La muchacha me desconcierta por completo. Si no es el mayor monstruo de perversidad y astucia que imaginarse podría, es el caso de inocencia más ideal que se haya visto. Vive en ese ambiente de corrupción, satisfecha, tranquila y triunfante, admirablemente disimulada o sencilla. Maravilloso retoño de aventurera, nacido en el estercolero del peor mundo, como una planta magnífica entre basura, acaso es hija de algún aristócrata, de algún artista genial, de algún príncipe, de algún rey divertido una hora en el lecho de la madre. Tan misterioso como su existencia es también su pensamiento. Ya verás.
Laval reía, diciendo:
—Estás enamorado.
—No. Estoy en lista, no es lo mismo. Te presentaré a mis rivales más temibles. Pero me parece que les llevo alguna ventaja. Ella me distingue con sus atenciones.
Repitió Laval:
—Estás enamorado.
—No. La muchacha me turba, me seduce y me inquieta, me atrae y me descompone; pero desconfío de todo junto a ella, receloso de una emboscada; la deseo, como deseo un sorbete cuando estoy sediento. Me fascinan sus encantos y me acerco a ella con las aprensiones que sentiría si me acercase a un ladrón. A su lado me conmueve su candor posible y me hace desconfiar su malicia no menos probable. La siento como un ser anormal, sustraído a las rigurosas leyes de la Naturaleza, sublime o detestable, no lo sé.
Laval repetía por tercera vez:
—Estás enamorado. Hablas de la mujer con énfasis poético y lirismos de trovador. Vaya, obsérvate, abre los ojos, palpa tu corazón y confiesa.
Servigny anduvo un rato en silencio; después, continuó:
—Es posible. Desde luego me preocupa mucho. Sí; acaso estoy enamorado. Pienso con excesiva frecuencia en ella: dormido y despierto... La cosa es grave. Su imagen me sigue, me persigue, me acompaña sin cesar, a mi lado siempre, alrededor de mí, dentro de mí. ¿Esto es amor? ¿Es una obsesión física? Tan profundamente se grabó su rostro en mi alma, que se me aparece cada vez que cierro los ojos. Al verla, el corazón me palpita, no lo niego. Amo, no lo dudo, pero de mala manera. La deseo ardientemente y la idea de que pueda ser mi esposa me parece una locura, una estupidez, una monstruosidad. A veces me hace temer como temen los pájaros cuando el gavilán voltea. Y vivo celoso de todo lo que se me oculta en aquel incomprensible corazón. En ocasiones me pregunto: ¿Es una encantadora niña o una perversa? Dice las cosas con una ingenuidad aterradora; pero las cotorras hablan así también. Suele mostrarse imprudente o impúdica de tal modo, que me hace afirmar su candor inmaculado, o sencilla con sencillez inverosímil, que me hace suponer que nunca fue casta. Me provoca, excitándome como una cortesana y despidiéndose como una virgen. Creo que me quiere y que se burla de mí; en público se ofrece como si fuera mi querida, y en la intimidad me trata como a un hermano unas veces, y otras, como a un criado.
Ya imagino que tiene tantos amantes como su madre, ya la creo ignorante de la vida, ignorante de todo. ¿Comprendes? Ha leído muchas novelas. Yo, aguardando mejor empleo, dirijo sus lecturas. Ella me llama su «bibliotecario». Cada semana, la Librería Nueva, le remite de mi parte cuanto se publica, y todo lo lee. Tanta lectura desordenada formará en su cerebro un pisto atroz, ¡y acaso éste sea el motivo principal de sus maneras inexplicables. A través de quince mil novelas, deben formarse ideas muy extrañas de la vida. Espero. Ciertamente, nunca sentí por mujer alguna lo que siento por ésta; pero estoy seguro de no casarme con ella. Si tuvo amantes aumentaré su lista cuando el turno me llegue; si no los ha tenido, la encabezaré siendo el primero. El caso es muy sencillo. Una mujer así no puede casarse. ¿Dónde hay un marido para la hija de la marquesa Obardi, Octavia Bardin? Imposible, por mil razones. ¿Un hombre de buena sociedad cargaría con ella? Nunca. Es la de la madre una casa pública, y la niña sirve de cebo para la clientela. No hay quien lo pase. ¿Y un burgués? Menos. Además, la marquesa no admite malos negocios, y necesita para la muchacha un hombre de brillante posición. Una mujer que no pertenece a la nobleza ni a la burguesía, ni al pueblo humilde, no puede casarse. Por su descendencia, por su nacimiento, por su educación, por sus maneras, por sus costumbres pertenece a la prostitución elegante, y no escapa, so pena de hacerse monja, lo que no es probable. Sólo hay para ella un porvenir: el amor. Caerá con el tiempo, si no ha caído, y así sea en mis brazos. Lo espero. Tiene muchos pretendientes: un francés, el señor de Belvigne; un ruso, llamado el príncipe Kravalov; un italiano, el caballero Valreall, presentaron francamente sus candidaturas y maniobran por triunfar. Son los principales y hay muchos otros merodeadores de menos importancia. La marquesa está en acecho, pero me parece que puso los ojos en mí, creyéndome tal vez más rico y más aficionado que mis contrincantes. El salón de la marquesa es de lo más original que se ha visto en este género de exposiciones. Encuéntranse allí caballeros en toda regla, no seremos los únicos. En cuanto a mujeres, ha escogido lo mejor entre las buscadoras de oro. No sé dónde las busca ni cómo las encuentra; pero esas mujeres elegantes y cultas, al parecer, no son muy diferentes de las verdaderas perdidas. La Obardi tuvo una inspiración genial: reunió especialmente aventureras madres, prefiriendo siempre a las que tienen hijas y las llevan consigo. De modo que un imbécil supone que allí trata con señoras decentes.
IILlegaban a la avenida de los Campaos Elíseos. Una brisa ligera removía dulcemente las hojas de los árboles y refrescaba los rostros como el dulce balanceo de un abanico gigante. Sombras mudas vagaban entre los árboles; otras, en los bancos, uníanse fomando masas confusas. Y éstas y aquéllas hablaban muy bajo, como si se confiaran secretos importantes o vergonzosos.
Servigny prosiguió:
—No puedes imaginarte la colección de títulos fantásticos y nuevos que te asaltan en aquella guarida. Y, a propósito; voy a presentarte haciéndote conde; si, «el conde Laval»; Laval a secas no resultaría de buen efecto.
Su amigo exclamó:
—De ningún modo. No quiero que nadie me atnibuya, ni un solo instante, ni siquiera esas gentes, la ridícula pretensión de lucir un titulo imaginario. ¡Ah! Eso, nunca.
Servigny saltó la risa.
—Eres muy estúpido. A mí, en aquel centro, me llaman el duque de Servigny. No sé cómo ni por qué me bautizaron; y soy en aquella casa «el duque», sin quejarme ni protestar. Allí no me importa; y sin esto, me desdeñarían espantosamente.
Laval no se dejaba convencer.
—Tú eres de una familia noble, y eso en ti puede pasar. Pero yo no puedo admitir esa farsa, no; seré el único plebeyo del salón; en esto me distinguiré de todos y acaso esta diferencia me dé mayor importancia.
Servígny obstinándose, repetía:
—No es posible, te aseguro que no es posible. ¿Oyes? No es posible; parecerías casi un monstruo. Harías el efecto de un trapero entre una reunión de magnates. Déjame presentarte como virrey del Alto Mississipí: a nadie sorprenderá.
—No quiero, en absoluto; no quiero.
—Sea. Pero soy muy tonto en esforzarme por convencerte, cuando estoy seguro de que al entrar, sin decirles nada, te decoran con un titulo, como reparten a las damas ramitos de violetas a la puerta de algunos almacenes de modas.
Tomaron la calle de Berry, subieron al primer piso de un elegante hotel de construcción moderna y dejaron sus abrigos y bastones a cuatro criados que iban de calzón corto.
Un hálito abrasador, de fiesta, de flores, de perfumes, de mujeres, se respiraba al entrar; un murmullo intenso y continuado salía de las habitaciones inmediatas, llenas de gente.
Uno así como maestro de ceremonias, alto, derecho, grueso, se rio y con patillas blancas, se acercó a los recién llegados preguntando:
—¿A quién debo anunciar?
Servigny respondió:
—Al señor de Laval.
Entonces, levantando la cortina, el hombre de las patillas dijo con voz sonora:
—El señor duque de Servigny. El señor barón de Laval.
El primer salón estaba lleno de mujeres que lucían sus pechos desnudos asomando por escotes abiertos en trajes lucidos y primorosos.
La señora de la casa estaba en pie hablando con tres amigas y se acercó a ellos con paso majestuoso, con graciosos movimientos y sonrisas amables.
Su frente, muy estrecha, se coronaba de abundante cabello negro y brillante.
Era buena moza y arrogante, demasiado gruesa y un poco madura, pero muy hermosa, de una belleza palpitante y dominadora. Bajo un casco de cabellos que hacían soñar y obligaban a sonreír, haciéndola misteriosamente apetecible, abríanse dos ojos enormes, negros también. La nariz era pequeña, la boca grande, infinitamente seductora, hecha para sonreír y acariciar.
Su mayor atractivo estaba en la voz, que salía entre sus labios como el agua de un manantial, tan fácil, tan ligera, tan bien timbrada, tan cristalina, que oyéndola solamente se gozaba de una voluptuosidad. Era un goce para el oído recoger aquellas notas dulces, aquellas palabras vibrantes como la corriente de un arroyuelo; era un goce para los ojos ver el movimiento de aquellos labios, con exceso encendidos.
Teniendo una mano abandonada a Servigny, que la besó, soltó el abanico, pendiente de una preciosa cadena de oro labrado, para ofrecer la otra mano a Laval, diciéndole:
—Sea usted bienvenido, barón; todos los amigos del duque, aquí están en su casa.
Luego clavó su brillante mirada en el coloso. La condesa tenía cubierto el labio superior por una sombra de bozo que se le notaba más cuando hablaba. Su perfume favorito, fuerte, irritante, agradable, atraía; era, sin duda, aroma de América o de la India.
Otros visitantes llegaron: condes, marqueses, príncipes; ella dijo a Servigny, con expresión maternal:
—Encontrará usted a la niña en el otro salón. A divertirse; cuanto hay en mi casa es de ustedes.
Y los dejó para saludar a los recién llegados, lanzando a Laval una mirada furtiva y risueña, de las que usan las mujeres para dar a entender a un hombre que las agradó.
Servigny cogió del brazo a su amigo, diciéndole:
—Voy a guiarte. Aquí se reúnen las mujeres; mira, este salón es un templo de la Carne…, fresca o en adobo. Servicios usados, que valen como nuevos y a veces más, que se cotizan bien y se alquilan. A la izquierda, el juego: aquel salón es el templo del Dinero. En el del fondo, se baila: el tercer salón es el templo de la Inocencia. el santuario, el... mercado donde se negocian las doncellas. Allí exhiben estas damas los productos de su fabricación. Hasta se consienten uniones legitimas. Aquello es el porvenir, la esperanza de... nuestras noches, lo más curioso que se observa en este museo de enfermedades morales; niñas que tienen dislocada el alma como los miembros de los infantiles clowns, hijos de saltimbanquis. Vamos a verlas.
Saludaba, prodigando expresiones galantes, a derecha y a izquierda, hundiendo la mirada en las desnudeces de sus conocidas. En el salón de las vírgenes, una orquesta tocaba un vals; se detuvieron a la puerta para ver. Quince parejas danzaban; los hombres, gravemente; las mujeres, con la sonrisa en los labios. Iban casi todas escotadas como sus mamás, y los corpiños de algunas se apoyaban ligeramente sobre los hombros con un lazo de cinta estrecha, dejando ver en ocasiones las axilas velludas.
Bruscamente, desde el fondo del salón, una muchacha hermosa y arrogante, haciéndose lugar entre los que bailaban y sosteniendo con su mano izquierda la desmesurada cola de su vestido, avanzó hacia ellos, gritando:
—¡Eh! ¡Galán! ¡Buenas noches, galán!
Había en sus facciones una exuberancia de vitalidad y el placer se irradiaba en su rostro como una brillante aureola. Su cutis era blanco, sonrosado, transparente y sus abundantes cabellos, dorados al fuego, resplandecían, pesando con su abundancia sobre su frente angelical y sobre su cuerpo flexible, un poco delgado.
Parecía formada para moverse, como la madre para hablar; de tal modo eran sencillos, naturales y nobles sus gestos. Viéndola inclinarse, andar, bracear, sentiase un goce moral y un placer físico.
Siguió alborotando:
—¡Eh! ¡Galán! ¡Buenas noches, galán!
Servigny le dió la mano, sacudiéndola violentamente, como a un hombre, mientras hacia la presentación:
—La señorita Yvette; mi amigo, el barón de Laval.
Yvette saludó al desconocido y, contemplándole sonriente, le preguntó:
—¿Está usted así tan crecido todos los días?
Con el tono burlón que le servía para encubrir sus desconfíanzas, su incertidumbre, Servigny respondió:
—No, señorita. Hoy se ha estirado lo más posible para presentarse a mamá, que gusta de los buenos mozos.
La muchacha dijo con muy cómica seriedad:
—Perfectamente; pero cuando venga usted por mi, achíquese un poco, si es posible; yo prefiero los hombres más pequeños. Mire usted a mi galán, que tiene las necesarias proporciones.
Y ofreció a su nuevo y gigantesco amigo una mano pequeña y fina, diciendo a Servigny:
—¿Baila usted, galán? Vaya. Una vuelta de vals conmigo.
Sin responder, con un movímiento rápido, Servigny estrechó el talle de la muchacha y se alejaron con la furia de un torbellino.
Iban más de prisa que todos; :girando, girando, avanzaban muy juntos, con los cuerpos rígidos y las piernas casi inmóviles, como si un mecanismo invisible los impulsara.
Parecían infatigables. Todas las parejas terminaron y ellos continuaban solos, valsando indefinidamente, como si no supiesen lo que hacían ni dónde estaban, como si hubieran huido lejos de allí, en un éxtasis. Los músicos de la orquesta seguían tocando, con los ojos puestos en la pareja endiablada. Todo el mundo los contemplaba, y cuando al fin se detuvieron, todos los aplaudían.
Ella tenía un poco arrebatado el color, y en sus ojos una expresión extraña; ojos ardientes y tímidos, nos muy turbados, con el iris tan azul y la pupila tan negra, que no parecían ojos humanos.
Servigny se sintió desvanecido, y se apoyó en una puerta para recobrar su aplomo.
Yvette le dijo:
—Se le va la cabeza, mi pobre galán. Yo soy más fuerte.
El sonreía nerviosamente y la devoraba con los ojos, concibiendo brutales deseos.
Ella, frente a él, brindaba sonriente a las miradas del hombre un pecho desnudo y palpitante, y dijo:
—En algunas ocasiones parece usted un gato dispuesto a saltar sobre su presa. Vaya, déme usted el brazo y busquemos a su amigo.
Sin decir una palabra, Servigny le ofreció su brazo y atravesaron el gran salón.
Laval no estaba solo ya. La marquesa Obardi le acompañaba. Le hablába de cosas corrientes, de asuntos mundanos, con aquella voz encantadora que hacia delirar. Y clavándole hasta lo más profundo los ojos, parecía decirle otras frases distintas de las que pronunciaba su boca. Viendo a Servigny, la marquesa le sonrió, diciéndole:
—Sepa usted, duque amigo, que tengo alquilada en Bougival una villa para pasar dos meses en ella. Supongo que nos visitarán usted y su amigo. Me voy el próximo lunes. ¿Quieren ir a comer el sábado y quedarse allí todo el domingo?...
Servigny volvió bruscamente la cabeza para mirar a Yvette. Ella sonrió, tranquila, serena, y dijo con un aplomo que no dejaba lugar a dudas:
—Claro es que mi galán irá el sábado a comer con nosotras. Y nos divertiremos lo indecible, corriendo por el campo.
Servigny creyó adivinar una promesa en la sonrisa y sorprender una intención en el tono.
Entonces la marquesa, fijando en Laval sus magníficos ojos negros, le preguntó:
—¿Usted irá también?
Y su sonrisa era seguramente una promesa; Laval, inclinándose, contestó:
—Es para mi un gran placer, señora.
Yvette murmuró con una malicia inocente o pérfida:
—Escandalizaremos a todo el mundo allí, ¿verdad, galán? Haremos que mi tropa rabie.
Y con una mirada ligera, señaló a varios hombres que la observaban desde lejos.
Servigny añadió:
—Todo lo que usted quiera, señorita.
La marquesa dijo muy satisfecha, entretenida visiblemente por otro pensamiento, y sin apartar los ojos de Laval:
—¡Qué muchachos tan alegres!
—Mi galán me gusta, me divierte. Quisiera tenerle siempre cerca—dijo Yvette sencillamente.
Y Servigny, haciendo una gran reverencia, repuso:
—No me apartaría de usted ni de día ni de noche.
Yvette sintió algo así como un latigazo y dijo:
—¡Ah, no; eso, no! De día me gusta, pero de noche me disgustaría.
El preguntó con impertinencia:
—¿Por qué?
Y ella contestó con audacia tranquila:
—Porque no debe de ser usted muy atractivo en paños menores.
La marquesa exclamó sin emocionarse:
—Dices unas enormidades... Niña, esto ya pasa los límites de la inocencia.
Y Servigny añadió, burlonamente:
—Claro que pasa, y soy del mismo parecer, marquesa.
Yvette clavó los ojos en él, enfadada y altanera:
—Señor Servigny, acaba usted de cometer una grosería, y de algún tiempo a esta parte, le sucede a usted lo mismo con frecuencia—y volviéndose a los que la miraban desde lejos añadió—: Caballeros, defiéndanme, aquí me insultan.
Un señor moreno, flacucho, de pausados modales, se acercó.
¿Quién es el culpable?—dijo sonriendo.
Ella señaló a Servigny con la cabeza:
—Es él. Pero hasta cuando me insulta me agrada más que todos ustedes. Mi galán es menos aburrido.
El caballero Valreali dijo, haciendo una reverencia:
—No sabemos hacer más. Acaso tengamos facultades más cortas; pero nuestros deseos de servir a usted son muy grandes.
Se acercó otro, barrigudo, alto, con patillas grises, y con voz de trueno:
—Señorita Yvette, estoy a sus órdenes.
Ella exclamó:
—¡Ah! El señor de Belvigne.
Luego, dirigiéndose a Laval, hizo la presentación:
—Mi pretendiente oficial, gordo, alto, rico y tonto. Así me gustan los hombres. Un tambor mayor…, de casa de huéspedes. ¡Hola! Usted es más alto aún. ¿Cómo los llamaría yo a estos gigantes? ¡Ah! Sí: «Sucesores de Rodas», porque deben de ser nietos del coloso de Rodas. Buenas noches. Me despido, porque deben de teñer ustedes cosas muy interesantes que decirse por encima de las cabezas de todos.
Y se fué hacia la orquesta para pedir a los músicos un rigodón.
La señora Obardi estaba distraída, y dijo a Servigny con voz lenta, por hablar de algo:
—La impacienta usted, la provoca demasiado y así contribuirá a que ella tenga un carácter irascible.
El replicó:
—¿No han terminado ustedes aún su educación?
La marquesa, como si no le hubiera entendido, continuó sonriendo benévolamente.
Y descubriendo a un señor solemne y cargado de cruces, que se dirigía hacia ella, corrió a su encuentro.
—¡Ah príncipe! Príncipe, ¡qué fortuna!
Servigny volvió a cogerse del brazo de Laval y se alejaron.
—Es el último pretendiente serio; el príncipe Kravalov. Y ella, ¿qué te ha parecido?
Laval respondió:
—Las dos me resultan admirables, y me contentaría con la mamá.
—Cuando gustes; ella no ha de poner inconvenientes.
Se disponían las parejas a bailar el rigodón.
—Vayamos a ver que hacen los jugadores—añadió Servigny.
Entraron en la sala de juego.
Alrededor de cada mesa, un cerco de hombres, en pie, miraba. Escasa conversación y de cuando en cuando el sonido del oro, arrojado sobre el tapete y recogido con brusquedad, mezclaba una ligera vibración metálica entre los murmullos de los jugadores, como si la voz del dinero dijese también su frase junto a las voces humanas. Todos aquellos hombres, condecorados, lucían insignias de varios colores, presentando un mismo porte vulgar y severo, con rostros distintos. Principalmente se los distinguía por las barbas. El americano la llevaba corta y estrecha, formando herradura; el inglés, como un abanico abierto sobre el pecho; el español, cubriéndole todo el rostro, hasta cerca de los ojos; el romano, con los bigotazos enormes de que Victor Manuel dotó a Italia; el austríaco, con sus patillas; un general ruso, parecía llevar el labio armado con dos lanzas de pelo, y los franceses con los bigotes galantes, y varios lucían las invenciones de todos los barberos del mundo.
—¿Tú no juegas? —preguntó Servigny a Laval.
—No, ¿y tú?
—Aquí, nunca. Si quieres, vayámonos; otro día volveremos tranquilamente; hay demasiada concurrencia hoy. No se puede adelantar nada.
—Vámonos.
Y desaparecieron por una puerta que conducía al vestíbulo.
Llegando a la calle, Servigny preguntó:
—¿Qué me dices?
—Me resulta interesante; sobre todo, el salón de las mujeres.
—Ya lo creo. Esas mujeres son lo mejor que hay para nosotros en la raza. ¿No te parece oler el amor entre todas, como se huele a perfumes entrando en una peluquería? Verdaderamente, sólo en estos lugares puede uno divertirse por su dinero. Y ¡cuánto saben! ¡Cuántos primores del oficio! ¡Verdaderas artistas! ¿Has comido alguna vez pasteles en las panaderías? Tienen buena facha y no valen cosa; el que los hace sólo sabe hacer pan. Pues bien: los amores de una mundana vulgar me recuerdan siempre los pasteles de panadería, mientras que los amores que te sirven en casa de la marquesa Obardi son cosa exquisIta. ¡Oh! ¡Estas hacen deliciosamente sus pasteles! se pagan bastante más caros, pero queda uno satisfecho.
Laval preguntó:
—¿Quién es ahora el amante pagano?
Encogiéndose de hombros, contestó Servigny.
—Nada sé, amigo mío. El último era un lord, que se fué hace tres meses. Ahora la marquesa debe de sacar dinero de todo: el juego y los jugadores le pagan sus caprichos. Decidimamente, ¿Iremos el sábado a comer con ellas en Bougival? En el campo se goza de más libertad y acabaré por enterarme de lo que tiene Yvette en su preciosa cabecita.
Laval añadió:
—Me parece admirable; nada tengo que me lo impida el sábado.
Y volviendo por los Campos Elíseos interrumpieron las oraciones de unos prójimos. que se hallaban acostados en un banco, a la luz de las estrellas.
Servigny murmuró:
—¡Qué torpeza y qué sublime cosa! ¡De qué modo y hasta qué punto es vulgar, divertido, monótono y variado el amor! Y el miserable que paga un franco a esa prostituta le pide lo mismo que se pide a una Obardi cualquiera por diez mil francos, y acaso la del hotel no sea más joven y fresca, ni menos bruta que la de la calle. ¡Qué pequeñeces!
Callaron algunos minutos; luego prosiguió:
—Lo mismo da; considerarla una fortuna llegar a tiempo, ser el primer amante de Yvette. ¡Oh! Diera por serlo, diera..., diera...
Y no supo decir lo que daría. Laval se despidió cuando llegaron a la esquina de la calle Real.
IIIHabían servido la mesa en el mirador que dominaba la orilla del río. La villa Primavera, alquilada por la marquesa Obardi, se hallába dentro de la curva que forma el Sena, y que en aquel punto se inclina hacia Marly. Frente a la casa, la isla de Croissy formaba un horizonte de copudos árboles, una masa de verdura y se veía una extensión de agua considerable hasta el café flotante de La Rana, oculto en el follaje.
Anochecía; era una tarde silenciosa y quieta, dulce y sonrosada; una tarde tranquila de las que ofrecen sensaciones de felicidad. Ni un soplo de aire mecía las ramas, ni se rizaba la superficie brillante del Sena. Sin hacer mucho calor, era templado el ambiente; daba gozo vivir. La frescura de las aguas se comunicaba y se extendía hasta el cielo azul, sin una sola nube.
El sol iba cayendo tras de los árboles hacia otros lugares, y al parecer se aspiraba el bienestar de la tierra de pronto adormecida, la paz del espacio, la perezosa palpitación del mundo.
Al salir del salón para sentarse a la mesa, cada uno sintió el éxtasis; la dicha y la ternura invadieron los corazones; todos imaginaban que allí comerían deliciosamente, admirando la campiña, el río, la puesta del sol y respirando un aíre perfumado y fecundo.
La marquesa iba del brazo de Laval. Yvette se apoyaba en el de Servlgny.
No había más invitados.
Las dos mujeres no parecían las mismas de París: Yvette, sobre todo, estaba desconocida: sin hablar casi, languideciendo, seria.
Laval, extrañado, le preguntó:
—¿Qué tiene usted, señorita? En una semana cambió por completo de carácter. Ahora parece usted una persona formal.
Ella dijo:
—El campo me transforma; no soy la misma; todo esto me produce una extraña impresión. Además, nunca me hallará usted igual dos días seguidos. Hoy le pareceré una loca y mañana una elegía. Cambio como el tiempo; ignoro por qué. Soy capaz de todo, según las ocasiones. Algunas veces, me dan ganas de matar, y mataría hombres; animales, nunca, ¡pobrecitos! Y otras veces lloro por nada; todo me conmueve. Cruzan mi cerebro ideas muy distintas. Del humor que tengo al despertarme depende todo. Tal vez son los ensueños de la noche que influyen para todo el día en mí, tal vez mis lecturas, lo último que leí me impresiona de cierto modo, según sea.
Su traje de franela blanca la envolvía delicadamente; flotando con blandura y a través de los anchos pliegues de la tela, se marcaban los pechos, libres, duros y bien desarrollados. Entre blondas, asomaba su cuello delgado, inclinándose con dulces movimientos, como cediendo al peso de su abundante cabellera de oro.
Servigny la miraba con insistencia y dijo:
—Está usted adorable, señorita. Quisiera verla siempre así.
Ella contestó, con algo de su acostumbrada malicia:
—No se me declare usted ahora, galán, porque podría yo tomarlo en serio y costarle a usted caro.
La marquesa parecía estar satisfecha, muy satisfecha.
De negro, noblemente vestida y con un traje sencillo que dibujaba sus lineas firmes y llenas, con una guirnalda de claveles rojos, cayendo desde la cintura como una cadena; una rosa encarnada en el pelo, mostraba en toda su persona y sencillo adorno, en su mirada profunda, en su voz lenta, en sus movimientos, algo de ardiente y apasionado.
Laval también estaba serio, absorto. De cuando en cuandó se estiraba la negra barba, cortada en punta, y parecía meditar cosas difíciles.
Todos callaron durante algunos minutos.
Mientras servían una trucha, Servigny dijo:
—El silencio tiene una ventaja: con frecuencia, en silencio estamos en más íntima comunicación con los que nos rodean que charlando. ¿Verdad, marquesa?
La Obardi respondió, inclinándose un poco hacia él:
—Es verdad. ¡Es tan dulce pensar callando en las mismas cosas agradables!
Alzando los ojos, clavó en Laval una mirada ardiente, y durante algunos instantes permanecieron así, los ojos del uno fijos en los del otro.
Un pequeño movimiento, imperceptible casi, se produjo bajo la mesa.
Servigny prosiguió:
—Señorita Yvette: Si continúa tan comedida como hasta este momento, supondré que vive usted enamorada. Y ¿de quién? Ayúdeme a indagar, si es tan complaciente. Dejemos a un lado el batallón de moscones vulgares, tomemos nota de los más granaditos. ¿Será el príncipe Kraivalov?
Al oir este nombre, Yvette se revolvió:
—¿Puede usted suponerlo siquiera, galán? El príncipe me parece un ruso de museo de figuras de cera, que hubiese obtenido premio en concursos de peluquería.
—Bien; suprimamos al principe. Usted ha tenido ciertas distinciones para el vizconde Pedro de Belvigne.
Yvette soltó la risa, preguntando:
—Supóngame usted colgada tiernamente del cuello de Belvigne, susurrando en sus narices: «Amado mío, adorable Pedro, Pedrin de mi alma, ofréceme tu cabezota para que la bese tu mujercita.»
Servigny exclamó:
—Desechado también el número dos; falta el caballero Valreali, quien la marquesa patrocina.
Yvette recobró en este instante toda su alegría.
—¡El sauce llorón, sentimental como una Magdalena! Es de los que acompañan los entierros de primera clase. Cuando fija en mi sus húmedos ojos, creo hallarme de cuerpo presente.
—Y van tres inútiles. Queda Laval, que pudo inspirarle una pasión violenta, instantánea.
—¿Rodas? Menos, ¡imposible! No me deslumbran las grandezas. ¡Me parecería tener amores con el Arco de Triunfo!
—Entonces, Yvette, como hemos pasado a todos revista y sólo falta mi nombre, que pongo en último lugar por modestia, y... prudentemente: ¿sin duda soy el favorecido, el que la preocupa, el que la hizo sentir amor? Gracias, Yvette.
—¿Enamorada..., y de usted, galán? Eso, no. Le quiero mucho, pero no le quiero así. Acaso algún día... No se debe desconfiar de nada... Es posible, pero no ha llegado aún... Tiene usted algunas probabilidades... Insista, galán; preténdame, oblígueme con sus atenciones, con su respeto, con sus cuidados, con mucha humildad, siempre dócil a mis caprichos..., y veremos con el tiempo...
—Pero, señorita, cuanto usted me pide podría ofrecérselo de igual manera después que antes, si a usted le fuera lo mismo.
Ella preguntó ingenuamente:
—¿Después de qué, galán?
—Después de haberme probado que me quería como quieren los amantes.
—Bien; suponga que le quiero así; créalo si le place.
—Pero falta...
—Silencio, galán; hemos hablado ya bastante.
Servigny, haciendo un saludo militar, calló.
El sol se había hundido por completo detrás de la Isla, pero el cielo estaba enrojecido aún; el agua tranquila era entonces del color de la sangre. Los reflejos del horizonte lo enrojecían todo, y la rosa que llevaba prendida la marquesa parecía una gota de púrpura caída sobre su cabeza.
Yvette miraba a lo lejos, y la mano de su madre se acercó distraídamente a la de Laval; pero a1 volverse la niña, la marquesa retiró su mano con rapidez.
Servigny, que se daba cuenta de todo, preguntó a Yvette:
—¿Quiere usted que vayamos a pasear por la isla?
Le pareció muy bien la idea:
—Sí, si: muy agradable el paseo. Vamos usted y yo solos, ¿verdad, galán?
—Sí; yo solo con usted, Yvette. Hubo un silencio.
La tranquilidad soñolienta de la tarde pesaba en los ánimos de todos, en los cuerpos, en las ideas, en las palabras. Hay horas tranquilas, horas de recogimiento, en las cuales resulta difícil hablar.
Los criados servían sin ruido; e1 incendio del. firmamento se apagaba, y la noche, lentamente, desplegaba sobre la tierra su apacible sombra. Laval preguntó:
—¿Permanecerán ustedes aquí muchos días?
Y la marquesa respondió, acentuando mucho las palabras:
—Mientras me resulte agradable aquí la vida.
Cuando se quedaban a oscuras, trajeron luces. Se cubrió la mesa de reflejos pálidos, y una nube de mosquitos apareció de pronto, revoloteando. Eran dimínutos, y quemándose las alas, caían sobre los manteles, en los platos, en las copas; aparecían mezclados con el vino, con las salsas, y se los veía removerse en el pan; ciegamente saltaban al rostro, a las manos, obllgando a tirar las bebidas, a cubrir las fuentes, a preservar con precauciones infinitas cada bocado.
En esto se divertía Yvette. Servigny cuidaba mucho de librar de ataques lo que pensaba ella comer, de servirle vino sin cuerpos náufragos y de tender la servilleta, para que no se enredarran entre los pelos. Pero la marquesa, poniéndose nerviosa con la invasión de insectos, aligeró el final de la comida.
Yvette, que no había olvidado el ofrecimiento de Servigny, le dijo:
—Ahora iremos a la Isla.
Su madre le recomendó con languidez:
—No tarden mucho en volver. Los acompañaremos hasta el embarcadero.
Avanzaban de dos en dos, la niña y su amigo delante. La marquesa y Laval iban hablando en voz baja, muy baja y rápidamente. Todo estaba oscuro, no se veía nada. Pero en el cielo aparecían, como chispas de lumbre, innumerables estrellas.
Las ranas cantaban con su graznido monótono y duro.
Muchos ruiseñores lanzaban sus trinos entre la enramada.
Yvette preguntó de pronto:
—¿Dónde se han metido? ¿No venían detrás? ¡Mamá!
Nadie respondía. La niña insistió:
—No pueden estar lejos. Hace un momento los oí aún.
Servigny murmuraba:
—Tal vez se pararon. Acaso mamá sentía frío.
Y siguieron avanzando.
Una luz brillaba.
Era el merendero de Martinet, fondista y pescador.
Llamaron; salió de la casa un hombre. y se metieron los tres en una lancha grande, amarrada entre las hierbas de la orilla.
El barquero empuñó los remos, la pesada barca se deslizó, despertando los reflejos de las estrellas, dormidos en el agua; los hacía oscilar como en una danza frenética y se iban calmando tras ellos, a medida que la barca se alejaba lentamente.
Al llegar a la otra orilla, saltaron al pie de los árboles.
Un perfume fresco de tierra húmeda se extendía bajo las ramas exuberantes, que parecían sustentar más ruiseñores que hojas.
Se oyó a lo lejos un piano que tocaba un vals popular.
Servigny se había cogido al brazo de Yvette, y deslizando la mano suavemente por el cuerpo de la muchacha, estrechó su cintura, diciendo:
—¿En qué piensa usted?
—¿Yo? No pienso en nada. ¡Soy muy feliz!
—Y ¿es cierto que no me ama usted?
—Sí, galán; yo le quiero mucho; pero déjeme tranquila, no me pregunte. Lo que aquí se goza es demasiado hermoso para interumpirlo con palabras.
El la oprimía contra sí; ella trataba de apartarse, pero sin violencia, y a través del vestido, blando y suave, sentía el hombre todo el encanto de la mujer, y murmuraba:
—Yvette, Yvette...
—¿Qué ocurre?
—Que te amo, ¡que yo te amo!
—Esto no es muy serio, galán.
—Sí; hace tiempo que te amo.
Ella intentaba separarse, y hacía esfuerzos para retirar un brazo, que no podía mover, oprimído entre los dos cuerpos. Y avanzaban lentamente, luchando en silencio, tambaleándose como borrachos.
El no sabia qué decir, comprendiendo que no debe hablarse a una muchacha como a una mujer. Turbado, no sabiendo cómo empezar, preguntándose a cada punto si ella consentía o si estaba ignorante de sus pretensiones, torturaba su ingenio para encontrar las palabras tiernas, convincentes, precisas, propias en aquella ocasión.
Y repetía:
—¡Yvette! ¡Yvette! ¡Yvette! Bruscamente, jugando el todo por el todo, le dió un beso en la mejilla. Ella hizo intención de apartarse, diciéndole disgustada:
—¡Esto es ridículo! ¿Quiere dejarme tranquila?
El tono de su voz no dejaba descubrir claramente sus pensamientos ni sus intenciones, y no creyéndola muy enfadada, Servigny volvió a besarla en el cuello, junto al primer mechón dorado, en el sitio que más atraía su deseo.
Entonces ella se revolvió para huir; pero él, con los dos brazos la sujetaba fuertemente, y sorprendió en sus labios una caricia delirante y profunda.
Yvette se deslizó entre los brazos del hombre con una rápida ondulación de todo el cuerpo; resbalando por el pecho de Servigny, se escapó, y vivamente desapareció en la oscuridad, haciendo con sus enaguas un ruido semejante al vuelo de un pájaro.
Servigny quedó inmóvil, sorprendido por tanta ligereza y la rapidez de la desaparición. Después, nada oía; llamó a media voz:
—¡Yvette! ¿Nadie le contestó. Avanzaba procurando ver entre la sombra; pretendiendo descubrir entre los arbustos el blanco traje de Yvette; pero todo era negrura y oscuridad. Entonces gritó:
—¡Yvette! ¡Yvette!
Los ruiseñores callaron.
Apretó el paso, cada vez más inquieto, y alzando más la voz cada vez:
—¡Yvette! ¡Yvette! ¡Yvette!
Nada. Se detuvo; escuchó. Toda la Isla estaba silenciosa; apenas se oía un murmullo de hojas en las copas de los árboles. En el suelo sólo algunas ranas hacían oir su canto estridente.
Entonces registró mata por mata; iba en dirección a Bougival; retrocedía otra vez; andaba de un lado a otro, repitiendo:
—¡Yvette! ¿Dónde se ha escondido? ¡Conteste ya! ¡Fué una broma! ¡Vaya! Conteste. No me haga buscarla tanto: me doy por vencido.
Y seguía. Un reloj lejano dio las doce. Hacía dos horas que la perdió. Sin duda Yvette estaría ya en la villa.
Se decidíó a retirarse, ansioso, dando la vuelta por el puente.
***
Un criado le aguardaba, soñoliento, dormitando en un sillón del vestíbulo.
Servigny le preguntó:
—¿Hace mucho que ha vuelto la señorita?
—Si; la señorita volvió a las diez, señor duque.
Entró en su cuarto y se acostó. Estuvo con los ojos abiertos; no podía dormir. Aquel beso robado le desconcertaba. Y se decía: ¿Qué quiere? ¿Qué piensa? ¿Qué sabe? ¡Oh! ¡Estaba tan hermosa, tan atractiva!
Los deseos juveniles fatigados en su agitada vida por todas las mujeres gozadas, por todos los amores logrados, se despertaban de nuevo, revividos por aquella criatura singular, tan lozana, tan provocativa, tan misteriosa.
Oyó dar la una, luego las dos. Decididamente no pegaba los ojos. Tenía calor, sudaba. Su corazón latía con violencia. Decidió levantarse y abrir la ventana.
Y aspiró con delicia el aire fresco. Fijaba sus ojos en la sombra negra, callada, inmóvil. De pronto, en la oscuridad apareció un punto encendido, una chispa, un cigarro. No podía ser otro que Laval, en el jardín, a tales horas. Le llamó quedo:
—¡León!
Y una voz queda también dijo:
—!Eres tú, Juan?
—Sí. Aguárdame, abajo.
Se vistió para salir al encuentro de su amigo, que fumaba tranquilamente, sentado a horcajadas en una silla de hierro.
—¿Qué haces aquí a estas horas?
Laval contestó riendo:
—¿Yo? Descanso.
Apretándole una mano. Servigny dijo:
—Mi enhorabuena. Pues yo... me aburro.
—Esto significa, sin duda...
—Significa esto: que Yvette y su madre... no se parecen.
—¿Qué te ha sucedido? Cuéntame.
Servigny refirió sus tentativas y su fracaso. Luego añadió:
—Esa muchacha me turba. No me ha sido posible dormir. ¡Es tan encantadora! En su expresión inocente, ¡cualquiera descubre algo! A una mujer que ha vivido, que ha gozado, que nada ignora, se la conoce fácilmente: la ciencia no se disimula; pero con una virgen, con una inexperta, nada se adivina. Voy creyendo que se burla de mí.
Laval, meciéndose, decía:
—Cuidado, amigo: esto puede conducirte al matrimonio. Recuerda tantos ilustres ejemplos. Por tales procedimientos, la Montijo, que al menos era de buena raza, llegó a emperatriz. No hagas de Napoleón.
Servigny replicó:
—No temas; yo me aseguro. Ni soy necio ni emperador. Es preciso llegar a ser una de ambas cosas para dar semejante campanada. ¿No tienes sueño?
—No.
—¿Quieres ir a pasear por la orilla del río?
—Con mucho gusto.
Abrieron la verja, y avanzaron por la pendiente hacia Marly.
Era la hora que precede al crepúsculo matinal, hora de profunda quietud, de gran reposo, de inmensa calma. Hasta los rumores más leves de la noche habían cesado. Los ruiseñores ya no cantaban, las ranas habían puesto fin a su algarabía; sólo un animalejo ignorado, un pájaro tal vez, hacía un ruido como de sierra, débil, monótono, acompasado, constante.
Servigny, que a ratos era poeta y a ratos filósofo, dijo:
—Decididamente, me turba esa muchacha. En aritmética, uno y uno son dos; en amores, uno y uno debieran ser uno solo, y también son dos. ¿Tú no lo sentiste nunca? ¿Desconoces el deseo de absorber a tu amada o de ser absorbido por ella? No me refiero a las atracciones brutales de la carne, sino al tormento moral y a la preocupación intelectual que incitan a fundirse con otro ser, abriéndole toda el alma, entregándole todo el corazón, penetrando en su pensamiento hasta lo más profundo. Y no se consigue averiguar nada, nunca se descubren todas las fluctuaciones de su voluntad, sus deseos y sus ideas. Nunca se adivina la más pequeña cosa del misterio de un alma que sentimos tan cerca, de un alma oculta en unos ojos que nos miran, claros como el agua, transparentes como si no hubiera secreto en ellos, de un alma que vibra en las frases de unos labios que se nos ofrecen; de un alma que nos comunica sus delirios, y que, sin embargo, está más lejos de nosotros y es aún más impenetrable que las estrellas. ¿No es curioso esto?
Laval contestó:
—Yo no pido tanto a una mujer. Yo no miro detrás de los ojos. No me preocupa el contenido si la forma es atractiva.
Y Servigny murmuró:
—Yvette es una extraña criatura. ¿De qué modo me tratará en adelante?
Cuando llegaron a la máquina hidráulica de Marly, el cielo palidecía.
Los gallos empezaron a cantar, y sus voces lejanas se percibían distintamente. Un pajarillo piaba en un jardín, repitiendo sin cesar su ritornelo, de una sencillez inocente y cómica.
—Ya me parece oportuno que volvamos—dijo Laval.
Volvieron. Y cuando Servigny entraba en su cuarto, vió por su ventana, que había quedado abierta, el horizonte sonrosado con las primeras luces de la aurora.
Cerrando la persiana y las cortinas, durmió.
IVUn ruido singular le despertó. Incorporándose para oír mejor, de pronto no percibía nada. Luego sonó en las persianas un tamborileo, semejante al que produce una granizada.
Saltó de la cama, y abriendo las cortinas y los póstigos de par en par, vió a Yvette en el jardín, que le tiraba puñados de arena.
Llevaba un vestido color de rosa, y un sombrero de paja de anchas alas, adornado con una pluma grande, a lo mosquetero, y reía burlesca y maliciosamente.
—Hola, galán. ¿Dormía usted aún? ¿Qué ha hecho usted esta noche para levantarse a estas horas? ¿Anduvo usted en aventuras, mi pobre galán?
El estaba deslumbrado por la penetrante luz del sol, que hirió de pronto sus ojos, entumecido aún por el sueño y el cansancio, y asombrado ante la tranquilidad irónica de la muchacha.
Contestó:
—Bajo en seguida. Un minuto para zambullir las narices en el agua, y bajo en seguida.
Ella gritó:
—Ande listo. Son ya las diez. Y he de participarle un gran proyecto, una conspiración. Ya sabe que a las once se almuerza.
Al bajar Servigny, la encontró sentada en un banco. Tenía sobre la falda un libro; cualquier novela. Se levantó; le tomó el brazo familiarmente, amigablemente, con alegre ingenuidad, como si nada hubiese ocurrido la víspera, y llevándole a un extremo del jardín, le dijo:
—He aquí mi proyecto. Desobedeceremos a mamá, que no me deja ir al restaurante de La Rana. Yo quiero ir con usted, quiero ver eso. Mamá dice que las muchachas decentes no pueden ir allí. Pero me da lo mismo que se pueda o no se pueda. Yo quiero, y usted me acompaña, ¿verdad, galán? Y nos divertiremos ruidosamente con los bateleros.
Yvette olía bien, sin que Servigny pudiese adivinar qué aroma tenue y sutil revoloteaba en derredor de la niña. No era como los penetrantes perfumes de la madre, sino una reminiscencia tal vez de polvos iris, y acaso algo de verbena.
¿De dónde se desprendía el aroma imperceptible? ¿Del traje, de los cabellos, del cutis? Como ella le hablaba de muy cerca. Servigny recibía en pleno rostro el aliento de la virgen, y lo respiraba con delicia. Supuso entonces que acaso el aroma que le intrigaba era solamente obra de los sentidos exaltados, algo así como la emanación engañosa de aquella gracia juvenil y atractiva.
Ella decía:
—Conformes en todo, ¿verdad, galán? Como después de almorzar hace mucho calor, no es posible que salga mamá. Dejándola con el gigante, nos vamos. Luego diremos que fuimos al bosque. ¡Si usted supiera cuánto me divertirá ver La Rana!
Llegaron a la verja, frente al río. El sol caía sobre las aguas dormidas y brillantes. Un cálido vapor se desprendía formando sobre la superficie una bruma ligera y reverberante.
De cuando en cuando, paraban embarcaciones, canoas ligeras, botes pesados; se oían a distancia silbidos, cortos o prolongados: los de los trenes que arrojan cada domingo el pueblo de Paris a la campiña, los de los vaporcillos que avisan para el paso en la presa de Marly.
Una campana sonó. Los llamaban para el almuerzo.
Entraron.
Comieron silenciosamente. Un bochornoso mediodía de julio pesaba sobre la tierra y deprimía la voluntad. El calor se hacia denso, paralizando los cuerpos y los espíritus. Las palabras torpemente salían de los labios y los movimientos se hacian difíciles, como si hubiese que vencer en el aire obstáculos penosos.
Bien que silenciosa, como los demás, Yvette sentíase animada, viva, impaciente.
Apenas hubieron tomado el postre, dijo:
—Podríamos ir a pasearnos. Dará gusto ponerse a la sombra de los árboles.
La marquesa, con expresión fatigada, murmuró:
—¿Estás loca? ¿Se puede salir con un tiempo semejante?
La muchacha, satisfecha, insistía:
—Bueno; el barón puede quedarse contigo; pero Servigny me acompañará; Iremos al bosque, para sentarnos a leer sobre la hierba.
Y dirigiéndose a Servigny:
—¿Qué dice usted a eso?
—Que haré lo que usted guste.
Ella corrió a buscar el sombrero.
La marquesa se encogió de hombros, suspirando:
—Está loca, loca rematada.
Luego tendió perezosamente la mano al barón, mostrando, hasta en este movimiento amoroso, la fatiga, y Laval se inclinó para cogerla y besarla.
Yvette y Servigny salieron. Por la orilla del río llegaron al puente, que los condujo a la isla. Como era pronto para ir a La Rana, se sentaron bajo un sauce, sobre la hierba.
La muchacha sacó un libro, y dijo riendo:
—Galán, tendrá usted que leer para distraerme.
Y le ofreció el volumen.
El hizo un movimiento, rechazándolo.
—¿Yo, Yvette? ¡Pero si no sé leer!
Ella insistió con gravedad.
—Vaya; no caben excusas ni explicaciones. Me parece usted un magnífico pretendiente. Sí. Todo por nada; ésta es su divisa.
El, cogiendo y abriendo el volumen, quedó sorprendido. Era un tratado de entomología. Una historia de las hormigas, por un autor inglés. Y, como quedase inmóvil, creyendo que Yvette se burlaba, la muchacha se impacientó, diciéndole:
—Vamos, lea usted.
El preguntó:
—¿Es un empeño formal o una broma ligera?
—No, galán; vi este libro en una librería; me dijeron que no había estudio más completo acerca de las hormigas, y me pareció divertido conocer las costumbres de los diminutos animales que vemos correr entre la hierba. Lea usted.
Se tendió Yvette de cara al suelo, con los codos apoyados, la cabeza entre las manos y los ojos fijos en el césped.
Servigny leyó:
«Sin duda los monos antropoides, entre todos los animales, son los que se parecen más al hombre por su estructura anatómica; pero si consideramos las costumbres de las hormigas, su organización social, sus extensas relaciones, las casas y los caminos que construyen, su manera de domesticar a otros animales, y hasta algunas veces de hacer esclavos, nos vemos obligados a reconocer que tienen derecho a exigir un lugar inmediato al hombre en la escala de las inteligencias...»
Y continuaba con monótona entonación, parándose de cuando en cuando para preguntar:
—¿Hemos leído bastante?
Yvette decía que no con la cabeza; y habiendo recogido en el extremo de un tallo de hierba una hormiga, se divertía viéndola correr de un extremo a otro. Escuchaba con atención muda todos los detalles sorprendentes de la vida de tan pequeños animales, acerca de sus instalaciones subterráneas, acerca de los procedimientos que usan para criar los pulgones, encerrándolos y alimentándolos, para beber el licor azucarado que segregan, como nosotros hacemos con las vacas de leche en nuestros establos; acerca de la costumbre de domesticar pequeños insectos ciegos, a los cuales educan para que limpien los hormigueros, y de la costumbre de batallar para conseguir esclavos, que sirvan a los vencedores con solicitud.
Y, poco a poco, como si el anlmalito, inteligente y diminuto, hubiera despertado en su corazón una ternura maternal, Yvette contemplaba cariñosamente a la hormiga, que paseaba sobre su índice, y sentía deseos de besarla.
Y cuando Servigny leía de qué modo viven en comunidad, cómo juegan, cómo luchan amigablemente, haciendo ejercicios de fuerza y de agilidad, la joven, entusiasmada, quiso besar al insecto, que se deslizó corriendo sobre su rostro. Entonces Yvette lanzó un grito penetrante, como si se viera amenazada de un gran peligro, y con gestos de terror se golpeaba las mejillas para espantar a la bestezuela. Servigny, riendo estrepitosamente, la cogió sobre la sien, cerca de los cabellos, y puso en el mismo lugar donde hizo su presa un beso prolongado, sin que Yvette se apartara.
Luego dijo ella, incorporándose:
—Me gusta más que una novela este libro. Vamos a La Rana; ya es hora.
Llegaron a la parte de la isla cultivada como un parque y sembrada por árboles inmensos. Muchas parejas amorosas llegaban a la orilla del río, bajo el espeso follaje. Mujeres públicas y jóvenes libertinas, obreras con sus amantes, que iban en mangas de camisa, con la chaqueta al brazo y el sombrero echado hacia atrás, con expresión de fatiga y borrachera; burgueses humildes con sus familias, emperejiladas las mujeres Y con la ropa de los domingos, y saltando las criaturas como una pollada en torno de sus padres.
Un rumor lejano y continuo de voces humanas, un clamor sordo y regañón, anunciaba la proximidad del establecimiento preferido por los bateleros.
Una inmensa barcaza, provista de un techo, amarrada en la orilla, sostenía una muchedumbre de mujeres y hombres bebiendo, sentados alrededor de las mesas, en pie, gritando, cantando, chillando, bailando, saltando al compás de un piano quejumbroso, desafinado, estridente como una matraca. Rollizas mozas de cabellos rojos lucían por delante y por la espalda la doble provocación de sus pechos y de sus caderas, yendo y viniendo, con los ojos encandilados, los labios rojos, casi borrachas y diciendo obscenidades.
Otras bailaban como locas, emparejadas con mozalbetes casi desnudos, pues no llevaban más que pantalón de hilo y camiseta de algodón, cubriéndose la cabeza con gorras de colores, como los jockeys.
Y olía todo aquello a sudor y polvos de arroz, emanaciones de perfumería ordinaria y de sobacos.
Los bebedores, alrededor de las mesas, tragaban líquidos blancos, amarillos, verdes, y gritaban y vociferaban sin motivo, cediendo a una violenta necesidad de alborotar, a un brutal placer de sentirse las orejas y el cerebro aturdidos.
A cada instante, un bañista, sobre el cobertizo, se arrojaba al agua, salpicando a los más próximos y lanzando gritos salvajes.
Y numerosas embarcaciones cruzaaban el río. Canoas largas y estrechas volaban, deslizándose a fuerza de remos impulsados por brazos desnudos y fibrosos. Las bateleras, vestidas de azul o de rojo, con sombrillas rojas o azules también, se recostaban en sus asientos a popa, inmóviles, adormecidas.
Embarcaciones más pesadas iban despacio, llenas de gente. Un colegial bromista, queriendo lucirse, remaba con movimientos de aspa de molino, tropezando con todas las canoas, cuyos tripulantes le insultaban, poniendo en peligro de ahogarse a dos nadadores; luego se alejaba rápidamente, perseguido por las voces de la muchedumbre amontonada en el café flotante.
Yvette, entusiasmada, confundiéndose del brazo de Servigny, entre aquel público ruidoso y vario, parecía satisfecha de tantos apretones maleantes, contemplando a las mozas con ojos compasivos y serenos.
—Mire usted, galán, qué bonito pelo tiene aquélla. Parece que se divierten mucho todas.
Cuando el pianista—un batelero vestido de rojo y cubierto con un colosal sombrero de paja—empezó un vals, Yvette se agarró bruscamente a su compañero por la cintura y comenzaron a bailar vertiginosamente; y tantas vueltas dieron, y tanto se mantenían infatigables, que ya todos los miraban. Los bebedores, en pie sobre las mesas, llevaban el compás golpeando en la tabla; otros, con los vasos, y el músico, como si se hubiera vuelto loco, golpeaba las teclas de marfil con el puño cerrado, moviendo todo el cuerpo y balanceando rápidamente la cabeza, cubierta de un inmenso quitasol.
De pronto, se detuvo, echándose al suelo, como hubiera muerto de fatiga. Una risotada vibró en los ámbitos del café, y todos aplaudieron.
Cuatro amigos se precipitaron sobre la supuesta víctima, como suele ocurrir en los accidentes, recogiendo a su camarada, llevándolo uno por cada remo, después de colocar sobre su cuerpo el sombrerazo enorme que le servía de tienda.
Un guasón se unió al grupo entonando el De profundis, y casi todos formaron filas detrás, recorriendo los paseos del parque, arrastrando en el séquito a cuantos hallaban a su paso. Yvette seguía también, satisfecha, riendo con toda su alma y hablando con todo el mundo, enloquecida por el movimiento y por el ruido. Algunos jóvenes la miraban fijamente, acercándosele mucho, encendidos, como si olfatearan, como si quisieran comérsela con los ojos; y Servigny temía ya que terminase de mala manera la broma.
La procesión seguía y aceleraba su marcha, porque los cuatro que llevaban al pianista iban casi al trote, seguidos por la muchedumbre bulliciosa. Pero de pronto, se dirigieron a la orilla del rio, detuviéronse junto al agua, y, balanceando a su compañero, lo dejaron caer al Sena.
Un inmenso grito de loco entusiasmo salió de todas las gargantas, mientras el pianista, desagradablemente sorprendido, escupía, tosía, juraba, renegaba, y hundido en el fango, esforzábase por ganar la orilla.
El sombrero que fué arrastrado por la corriente, lo recogió una barca.
Yvette saltaba de alegría, batiendo palmas y repitiendo:
—¡Ah, galán, qué divertida estoy! ¡Qué divertida estoy!
Servigny la observaba, serio, algo cohibido, algo desencantado al verla tan a gusto entre aquella canalla. Un instinto se revelaba en él, un instinto de superioridad que un hombre bien nacido no pierde nunca, ni cuando se abandona más; un instinto que rechaza las familiaridades viles y los contactos puercos.
Y pensaba:
—¡Canastos! Lo lleva en la masa de la sangre.
Y sentía deseos de tutearla, como la tuteaba mentalmente, como se tutea de improviso a las mujeres que son de todos. Apenas la distinguía de las vulgares criaturas de cabellos rojos que allí los codeaban gritando, con voces enronquecidas, frases obscenas. Corrían entre la muchedumbre; las frases puercas, cortas y sonoras, parecían revolotear sobre sus cabezas, nacidas allí como las moscas en un estercolero. No molestaban ni sorprendían a nadie. Yvette no las había extrañado siquiera.
—Galán, quiero bañarme —dijo—vamos a nadar.
El contestó:
—Lo que usted diga.
Y se acercaron al despacho para tomar unos trajes de alquiler. Estuvo lista primero y le aguardó en la orilla, sonriente, bajo todas las miradas. Después entraron juntos en el agua templada.
Ella nadaba, satisfecha, gozosa, estremeciéndose de placer con las caricias del agua, levantando los brazos como si de un solo impulso quisiera lanzarse a la orilla. Servigny la seguía difícilmente, fatigándose, disgustado al sentirse vencido. Ella moderó su marcha, y luego, saltando bruscamente con los pies juntos, quedó tendida sobre el agua, los brazos cruzados, y los ojos fijos en el cielo azul. Servigny contemplaba la línea ondulosa de su cuerpo sobre la superficie del río, los pechos duros, mostrados a través de la tela mojada, su forma perfecta y sus pezones muy salientes, y el vientre y el muslo de curvas admirables, las pantorrillas desnudas y el pie diminuto.
Veíala del todo, como si se mostrara expresamente para tentarle, para ofrecérsele, para burlarse de nuevo, y la deseaba con un ardor apasionado, rendido. Yvette volvió a ocultarse, nadando, mirándole y riendo, diciéndole:
—Tiene usted una bonita cabeza.
Servigny se sintió molestado por esta broma, y con la cólera maligna de un enamorado escarnecido, cediendo torpemente a un confuso instinto de venganza, un deseo mayor de humillar y de herir que de guardarse y defenderse, preguntó:
—¿Le gustaría mucho a usted esta vida?
Ella, con ingenuidad, repuso:
—¿Qué vida?
—¡Vamos! No se haga la tonta; ya sabe lo que le digo.
—Palabra de honor, que no lo sé.
—Aquí acaba la comedia, ea, ¿Quiere o no quiere usted?
—No entiendo.
—¡Bah! No es usted tan simple. Además, el otro día lo hablamos.
—¿Qué? No recuerdo.
—Que yo adoro en usted.
—¿Sí?
—De veras.
—¡Qué guasa!
—Lo juro.
—Falta que lo pruebe.
—¡No deseo ya otra cosa!
—¿Qué?
—Probarlo.
—A ello, pues.
—No me decía usted tanto ayer tarde.
—No me propuso usted nada.
—¡Qué simpleza!
—Y, además, no es a mí a quien debe usted diriglrse.
—¡Qué gracia! ¿Pues a quién?
—A mamá.
Servigny rió estrepitosamente.
—¿A su mamá? No. ¡Es demasiado!
Yvette se puso de pronto muy sería, mirándole fíjamente.
—Oiga usted, Servigny: si me quiere para casarse conmigo, digáselo a mamá; luego hablaremos nosotros.
El creyó que la niña se burlaba, y rabioso, dijo:
—Señorita, me confunde usted..., con otro.
Ella guardó silencio, clavando en él sus ojos claros.
Después de breves dudas, le dijo:
—Tampoco ahora le comprendo a usted.
Entonces él, vivamente, con algo de brusquedad y de malicia en sus entonaciones, añadió:
—Yvette; ya es tiempo de que acabe una farsa ridícula que dura demasiado Está usted jugando a la niña inocente, y ese papel ya no le sienta, créame usted. Sabe de sobra que no podemos tratar seriamente de casamiento usted y yo..., sino de amor. Digo que adoro en usted y es la verdad; lo repetiré mil veces: adoro... y deseo. No haga usted niñerías porque me comprende, y no soy digno de que me trate como a un tonto.
Estaban en pie, metidos aún los dos en el agua, frente a frente, sosteniéndose con pequeños movimientos de los brazos. Ella quedó algunos instantes inmóvil, como si no pudiera decidirse a penetrar el sentido de aquellas frases; después se ruborizó hasta los cabellos, y sin contestar palabra se dirigió a la orilla nadando con toda su fuerza, precipitadamente. Y no pudiendo alcanzarla, él se ahogaba siguiéndola.
La vio salir del agua, recoger su toalla y entrar en su caseta sin volver los ojos.
El tardó algo en vestirse, muy perplejo acerca de lo que había dicho, Imaginando si debía excusarse o insistir.
Cuando Servigny salió, Yvette se había ido sola. El regresó lentamente, ansioso y turbado.
La marquesa, del brazo de Laval, paseaba por el jardín y viendo llegar a su amigo, le dijo con el dulce abandono que guardaba desde la víspera:
—Ya les dije que no es prudente salir con tanto calor. Yvette se ha sofocado y tuvo que acostarse. Ha venido como una amapola, ¡pobre criatura!, con una jaqueca terrible. Habrán estado al sol, habrán hecho locuras. ¡Quien sabe!.. Usted es tan irreflexivo como ella.
La muchacha no bajó al comedor, y cuando le dijeron que le llevarían a su cuarto la comida, les respondió que no tenía ganas, que se había encerrado y que la dejasen tranquila.
***
Servigny se marchó con Laval en el tren de las diez, prometiendo repetir la visita el jueves próximo. Y la marquesa se quedó junto a la ventana para soñar en sus amores, oyendo lejana la música del baile de los bateleros, que interrumpía el solemne silencio de la noche.
Arrastrada por el amor y para el amor, sentía repentinas ternuras que la invadían como una enfermedad. Esas pasiones la dominaban bruscamente, la poseían por completo, la enloquecían, la enervaban o la abrumaban, según ofrecieran un carácter exaltado, violento, dramático o sentimental.
Era una de esas mujeres nacidas para amar y para ser amadas. Procedente de una humilde familia, se encumbró a la sombra de la galantería que profesaba, ignorante casi de lo que hizo y obrando instintivamente, por natural disposición: aceptaba el dinero como las caricias, sencillamente, sin distinguir, empleando su pericia de una manera inconsciente, como lo hacen los animales para satisfacer las obligaciones de su existencia. Muchos hombres llegaron a su lecho sin hacerle sentir ninguna ternura, sin que tampoco le inspirasen repugnancia sus caricias. Admitia ciertos tratos con sosegada indiferencia, como se come viajando lo que ofrecen diversas cocinas, porque hay que vivir. Pero, de cuando en cuando, su corazón o su carne se enardecian, y entonces se apasionaba profundamente durante semanas o meses, según las condiciones fisicas y morales del amante. Aquéllos eran los momentos deliciosos de su vida. Entregaba todo su cuerpo, toda su alma, con arrebato, con éxtasis. Se sumergía por completo en su amor, como el suicida se sumerge en el rio para dejarse arrastrar y ahogarse, dispuesta siempre a morir. Pero de gozo, enloquecida, embriagada, infinitamente dichosa. Cada vez imaginaba que nunca sintió un deleite parecido, y se hubiera asombrado si le recordasen el número de amantes diferentes que la hicieron delirar muchas noches mientras contemplaba las estrellas.
Laval la había cautivado, esclavizando el cuerpo y el alma de la la marquesa. Pensaba en él, acariciada por su imagen y por su recuerdo, en la exaltación tranquila del placer satisfecho, de la dicha presente y segura.
Un ruido que sintió a su espalda le hizo volver la cabeza. Yvette entraba, con el mismo traje que llevó por la tarde, pálida y encandilados los ojos como después de grandes fatigas.
Se apoyó en el alféizar de la ventana, frente a su madre.
—Tenemos que hablar—le dijo.
La marquesa la miró sorprendida. La quería con egoísmo de madre, satisfecha de la belleza de la muchacha, como de una fortuna, sintiéndose aún bastante apetecible para no hallarse celosa, demasiado indiferente para reflexionar los proyectos que se la imponían, demasiado sutil para desconocer sus conveniencias.
Respondió:
—Ya te oigo, hija mia: ¿qué sucede?
Yvette clavaba en su madre los ojos como para leer en el fondo de su alma, pensando sorprender todas las sensaciones que producirían sus palabras.
—Ha sucedido una cosa extraordinaria.
—¿Cuál?
Servigny me ha dicho que me quiere.
La marquesa oía con inquietud. Pero como Yvette no dijo más, preguntó:
—Y ¿cómo te ha dicho eso? Explícate.
La niña, sentándose a los pies de su madre en una postura cariñosa que le era familiar, le cogió las manos, añadiendo:
—Ha dicho que pensaba casarse conmigo.
La señora Obardi, haciendo un movimiento brusco de asombro, exclamó:
—¿Servigny? ¡Estás loca!
Yvette no apartaba la vista del rostro de su madre, queriendo espíar su pensamiento y su sorpresa. Entonces, le preguntó gravemente:
—¿Por qué me llamas loca? ¿Por qué Servigny no puede casarse conmigo?
La marquesa, turbada, balbució:
—Te has equivocado; eso no es posible. Habrás oído mal; interpretarías mal una frase. Porque Servigny es demasiado rico para pretenderte... Demasiado..., demasiado..., parisiense, para casarse.
Yvette se había puesto en pie lentamente, y añadió:
—Pero si me quiere como dice...
Su madre, impaciente, murmuraba:
—Te creí bastante avisada, bastante instruida en las cosas del mundo, para que te preocupasen ciertas ilusiones... Servigny es un calavera, un egoísta. De casarse, lo hará con una mujer de su categoría y de su fortuna. Si te habló de matrimonio... fué..., fué por...
La marquesa no atreviéndose a descubrir su sospecha, calló un instante, interrumpiéndose, y exclamando al fin:
—¡Vaya! Déjame tranquila y acuéstate.
La muchacha, como si ya supiera todo lo que deseaba saber, contestó dócilmente:
—Si, mamá.
Besó en la frente a su madre, y se retiró con mucha calma.
Cuando estaba ya en la puerta, la marquesa dijo:
—Y ¿cómo sigues de tu insolación?
—Aquello no era nada, no tuve nada. Sólo esta idea...
—Ya lo trataremos otro día. Entre tanto, procura no quedarte sola con él en algún tiempo; convéncete de que no, se casará contigo; no lo dudes; él sólo quisiera…, comprometerte. No encontró otra palabra más oportuna para expresar su pensamiento.
Yvette se retiró a su cuarto. La señora Obardi se entregó de nuevo a sus divagaciones…
***
Gozando muchos años de una quietud amorosa y opulenta, procuraba rehuir todo pensamiento que pudiera preocuparla, inquietarla o entristecerla. Jamás quiso preguntarse qué seria de Yvette; siempre seria tiempo de reflexionarlo cuando llegara el momento dificultoso. Su instinto de cortesana, le hizo comprender que su hija sólo podría casarse con un hombre rico y aristócrata por una casualidad venturosa, por una sorpresa de amor violento, como las que algunas veces sentaron a aventureras en los tronos. Con eso no contaba, ni ponía en juego los medios que pudieran conseguirlo, muy ocupada con asuntos propios, para combinar proyectos que no la concernían directamente.
Yvette sería, sin duda, como su madre, una mujer galante, ¿por qué no? Pero jamás la marquesa se decidió a pensar cuándo ni cómo aquello sucedería.
Y hete ahí que la muchacha, de pronto, sin preparación, le hacía una de las preguntas incontestables, obligándola repentinamente a tomar una actitud en un asunto difícil, muy delicado, muy peligroso en todos los conceptos, perturbador de su conciencia, de la conciencia que se debe mostrar cuando se trata de una hija, y de tales cosas.
Tenía demasiada astucia natural, astucia soñolienta, pero no dormida, para engañarse ni un fomento acerca de las intenciones de Servigny; conocía bastante a los hombres por experiencia, y, sobre todo, a los hombres de aquella raza. Por eso desde las primeras palabras de Yvette pensaba sin querer:
«Pero ¿cómo habrá usado ese recurso viejo, él, malicioso, calavera, hombre muy hecho al trato de mujeres? ¿Qué decidiría? Y ¿cómo prevenir a la muchacha? ¿Cómo decírselo más claramente? ¿Cómo defenderla? Porque podía también abandonarse a sentímentalismos inconvenientes. ¿Hubiérase creído jamás que Yvette estuviera tan inocente de todo, tan poco enterada de lo que veía, que fuese tan poco maliciosa?»
Y la marquesa, confusa, cansada ya de reflexionar, buscaba inútilmente una solución, porque el caso le parecía muy comprometido.
Eludiendo preocupaciones molestas, pensó:
«¡Bah! Los vigilaré mucho, de cerca, y resolveré según las circunstancias. Si es preciso, hablaré a Servigny, que me comprenderá fácilmente con media palabra.»
No pensó qué le diría, ni qué pudiera él responder, ni qué género de inteligencia era posible que se afirmara entre ambos, pero satisfecha de haberse tranquilizado, sin haber tenido que tomar una resolución, volvió a extasiarse con el recuerdo del arrogante Laval, y con los ojos fijos en las profundidades vagas de la noche, contemplando la hermosa claridad que se cernía sobre París lejano, lanzó dos besos en la sombra, sin darse cuenta de lo que hacía, y con voz trémula y ahogada, como si hablase aún con el amante, murmuró:
—¡Te amo! ¡Te amo!
V
Yvette no dormía. Como su madre se asomaba a la ventana de su cuarto, abierta de par en par, y lloraba: eran las primeras lágrimas tristes que arrasaron sus ojos.
Hasta entonces había vivido, se había educado en la confianza expansiva y serena de la dichosa juventud. ¿Por qué se preocupaba, reflexionaba, indagaba? qué no había de ser ella una joven como las otras? ¿Por qué una duda, un temor, una terrible sospecha la desconsolaban?
Parecía saberlo todo porque hablaba de todo, porque adoptaba la entonación, las maneras, las atrevidas palabras de lás personas que vivían a su alrededor. Pero no sabía mucho más que una criatura educada en un convento; sus audacias de frase no procedían de su pensamiento, sino de su memoria, de la facultad de imitación y de asimilación que tienen las mujeres, y de su razonamiento.
Hablaba de amor como el hijo de un pintor o de un músico puede hablar a los diez años de música o de pintura. Sabía, o más bien sospechaba, qué clase de misterio se cubría con ese nombre—demasiadas bromas había oído acerca del particular para que su inocencia no las hubiese sospechado—; pero ¿cómo deducir de aquello que todas las familias no eran como la suya?
Besaban las manos de su madre con respeto aparente; los amigos que iban a verlas ostentaban titulos de nobleza; todos eran o parecían ricos; todos nombraban familiarmente a príncipes de sangre real. Hasta dos hijos de reyes fueron algunas veces de noche a casa de la marquesa, ¿Cómo sospechar de todo esto?
Además, Yvette era, por temperamento, inocente. No indagaba ni olfateaba como su madre. Vivía tranquila, demasiado satisfecha de vivir para inquietarse de aquello que pudiera parecer sospechoso a naturalezas más reflexivas, más recelosas, menos expansivas y menos triunfantes.
Pero de pronto Servigny, con algunas palabras cuya brutalidad ella sentia sin comprenderlas, despertaba una inquietud súbita, inexplicable al principio, y luego convertida en aprensión atormentadora.
Habia vuelto a casa, huyendo tres, como una bestia herida; herida en realidad bárbaramente por las palabras que repetía, para comprender todo lo que significaban, todo su alcance: «No podemos tratar seriamente de casamiento sino.., de amor.»
¿Qué significaba esto? Y ¿por qué tal injuria? ¿Ignoraría ella sin duda un secreto vergonzoso? ¿Lo ignoraría ella sola? Pero ¿qué podía ser? Y se aterraba pensándolo, como quien descubre una infamia oculta, la traición de un ser amado, un desastre del corazón que abruma y enloquece.
Había meditado, reflexionado, investigado; llorado; había mordido en todos los temores y en todas las sospechas. Luego, su gran alma juvenil y alegre recobraba la serenidad combinando una simple aventura, una situación anormal y dramática zurcida con todos los recuerdos de novelás poéticas y sentimentales que había leído. Recordaba peripecias conmovedoras, relaciones tiernas y sombrías, revolviéndolas con su propia historia, embelleciendo el misterio, adornando su vida.
No se desconsolaba ya; soñando plácidamente, descorría velos, imaginaba complicaciones inverosímiles, mil cosas singulares, terribles, seductoras, a lo menos por su extrañeza.
¿Sería tal vez la hija natural de un príncipe? Su pobre madre, seducida y abandonada, hecha marquesa por un rey, acaso por el rey de Italia, pudo tener que huir ante la indignación de su familia...
También era posible que fuese una criatura abandonada por sus padres, muy nobles y muy ilustres, fruto de un amor clandestino, recogida por la marquesa, que la crió y educó.
Y otras muchas imaginaciones cruzaban su pensamiento. Las aceptaba o las rechazaba caprichosamente. Se enternecía compadecíéndose, dichosa en el fondo y también triste; sobre todo, satisfecha de verse convertida en una especie de personaje de novela, y creyéndose obligada en lo sucesivo a mostrarse adoptando actitudes nobles, dignas de su raza. Pensaba en el papel que tendría que desempeñar según se ofrecieran los acontecimientos. Vagamente veía el personaje que le tocaba representar como una creación de Scribe o de Jorge Sand, un compuesto de sacrificio, abnegación, dignidad, grandeza de alma, ternura y bonitas frases. Su naturaleza veleidosa se alegraba casi de la nueva situación.
Estuvo toda la tarde pensando qué debía resolver, buscando estratagemas para sonsacar a la marquesa la verdad.
Y cuando llegó la noche, favorable a las situaciones trágicas, había combinado un engaño sencillo y sutil para conseguir lo que se prometía: decir bruscamente a su madre que Servigny la pidió en matrimonio.
Sorprendida la señora Obardi con esta nueva, de seguro dejaría escapar alguna palabra o alguna exclamación que arrojase luz sobre las dudas de la muchacha.
Yvette realizó su proyecto.
Esperaba una explosión de asombro, una expansión de amor, una confidencia llena de gestos y lágrimas.
Pero la señora Obardi, lejos de mostrarse devorada ni sorprendida, mostró cierto cansancio; y en la expresión aburrida, turbada y descontenta de. su madre, comprendió la niña que no era prudente insistir; despertaron de pronto en ella toda la astucia, la malicia y la perversidad femeninas, indicándola que sería de otra naturaleza el misterio, doloroso de averiguar, y más oportuno descubrirlo a solas. Por eso volvió a su cuarto con el corazón oprimido, el alma dolorida, y abrumada por la sospecha de una desdicha verdadera, sin saber con precisión por qué ni de dónde procedían estas emociones. Y lloraba con los codos apoyados en el alféizar de la ventana.
Lloró mucho tiempo, sin pensar ya en nada, sin esforzarse para descubrir algo más, y poco a poco el desfallecimiento la vencía. Cerraba los ojos, amodorrábase algunos minutos con el sueño pesado de las personas fatigadas que no tienen resolución para desnudarse y acostarse, y entrecortado por sacudidas bruscas, cada vez que la cabeza resbala entre las manos.
No se acostó hasta que aparecieron los primeros resplandores del día, y el frío matinal, helando su cuerpo, la obligó a cerrar la ventana.
Y, durante dos días, conservó una actitud reservada y melancólica. Un trabajo de reflexión, incesante y rápido, la transformaba; y acostumbróse a espiar, adivinar y razonar. Una claridad, vaga todavía, la hizo ver de un modo nuevo a su alrededor los hombres y las cosas; y nacía en ella una suspicacia contra todos, contra todo lo que había creído, contra su madre. Hizo en esos dos días infinitas suposiciones. Examinó todas las posibilidades, arrojándose a las resoluciones más extremas con el ímpetu de su temperamento variable y desmedido. El miércoles determinó su plan, toda una regla de conducta y un sistema de espionaje. Se levantó el jueves por la mañana con la intención de ser más redomada que un policía, y prevenida para luchar con todo el mundo.
Hasta se resolvió a tomar por divisas estas palabras: «Yo sola», y trató, durante más de una hora, de qué modo podría disponerlas para que hiciesen buen efecto, grabadas en derredor de sus iniciales, en su papel de cártas.
Laval y Servigny llegaron a las diez. La muchacha les tendió la mano con reserva, pero sin turbación, y familiarmente dijo:
—Buenos días, galán. ¿Cómo le va?
—Bien, señorita; ¿y a usted?
Servigny la observaba pensando: «¿Qué nueva comedia quiere representarme?»
Habiéndose apoyado la marquesa en el brazo de Laval, Servigny ofreció el suyo a Yvette y dieron un paseo por el jardín, apareciendo y desapareciendo a cada instante detrás de los macizos de verdura y de los grupos de árboles.
Yvette se mostraba prudente y reflexiva; con los ojos bajos, mirando las piedrecillas del suelo, escuchando poco a su acompañante y contestándole apenas.
De pronto le preguntó:
—¿Es usted verdaderamente amigo mío?
—Ya lo creo, señorita.
—¿Verdaderamente? ¿Con toda sinceridad?
—Sí; con toda mi alma y con toda mi vida.
—Pero ¿hasta el punto de no mentirme, de no engañarme ni una sola vez?
—Ni... dos veces, cuando sea preciso.
—¿Hasta el punto de confesarme la verdad, la torpe verdad toda entera?
—Sí.
—Bueno. ¿Qué piensa usted, qué juicio tiene del príncipe Kravalov?
—¡Ah! ¡Diablo!
—¿Se tomá usted el tiempo necesario para inventar una mentira?
—No, pero rebusco las palabras para que sean oportunas del todo. El príncipe Kravalov es un ruso, un verdadero ruso, que habla en ruso, que ha nacido en Rusia, que acaso tuvo un pasaporte para venir a Francia y que no tiene más de falso que su nombre y su titulo.
Ella le miró
IAl salir del café, Juan de Servigny dijo a su amigo León Laval:
—Si te parece, no tomaremos coche. Da gusto andar con un tiempo tan hermoso.
Y su amigo contestó:
—Me parece muy bien.
Juan repuso:
—No son las once aún; llegaremos antes de medianoche; vayamos tranquilamente.
Una muchedumbre agitada bullía en el bulevar, con la animación propia de las noches de verano, bebiendo, susurrando y deslizándose como una corriente de bienestar y alegría. De cuando en cuando, las ventanas de un café arrojaban su claridad sobre los que ocupaban en la calle las mesitas atestadas de botellas y de vasos, Y en el arroyo, los coches con faroles rojos, verdes o azules, pasaban rápidamente, mostrando la silueta del penco flaco y trotador, el perfil del cochero y la caja sombria.
Los dos amigos andaban lentamente, con el abrigo al brazo, el cigarro en la boca, una flor en el ojal de la levita y el sombrero algo inclinado, como alguna vez se lleva con cierto abandono, desués de comer bien y cuando sopla un airecillo agradable y templado.
Se habían conocido en el colegio, y desde la niñez los unía estrecha, sólida y firme amistad.
Juan de Servigny, de regular estatura, esbelto, un poquito calvo y bastante delgado, muy elegante, con el bigote muy rizado, los ojos claros, los labios finos, era uno .de esos trasnochadores que parecen nacidos y educados en pleno bulevar, infatigable aun cuando tenía siempre apariencias de fatigado, vigoroso y descolorido; era el tipo del parisiense delicado , que a fuerza de gimnasia, esgrima, duchas y estufa, consigue una fuerza nerviosa y ficticia. Tan conocido por sus calaveradas como por su ingenio, por su fortuna, por sus relaciones, por la sociabilidad, amabilidad y galantería mundana, peculiares a ciertos hombres.
Verdadero parisiense, despreocupado, escéptico, variable, irresistible, irresoluto y enérgico, egoista por educación y generoso por instinto, capaz de todo y de nada, consumía sus rentas con moderación y se divertía con higiene. Indiferente y apasionado, se abandonaba y se reprimía sin cesar, combatido por inclinaciones opuestas y cediendo a todas, para obedecer al fin a su conveniencia de hombre placentero, cuya lógica de veleta consistía en seguir el viento y aprovecharse de las circunstancias como se ofrecieren, pero sin tomarse nunca la molestia de prepararlas.
Su compañero León Laval, rico también, era uno de esos arrogantes colosos que, al pasar por la calle, obligan a las mujeres a volver la cabeza para contemplarlos. Daba la idea de un monumento hecho hombre, de un modelo de la raza, como esos ejemplares elegidos que se ven en las exposiciones. Demasiado hermoso, demasiado alto, demasiado fornido y demasiado resistente, superaba por exceso en todo, por exceso de cualidades. Había inspirado muchas. pasiones.
A la puerta del Vaudeville preguntó a su amigo:
—¿Anunciaste a esa señora mi presentación?
Servigny soltó la risa.
—¡Anunciar una presentación a la marquesa Obardi! ¿Anuncias al conductor de un ómnibus que subirás en su carruaje cuando te dé la gana?
Laval, entonces, preguntó algo perplejo:
—¿Qué clase de mujer es ésa?
Y el otro respondió:
—Es una advenediza, una improvisada, una farfullera muy agradable, que apareció un día nadie sabe cómo ni por dónde, en la sociedad aventurera, y supo lucir y convencer. ¿Qué nos importa lo demás? Dicen que su verdadero nombre, su nombre de familia es Octavia Bardin. con el cual formó su titulo de Obardi, conservando la primera letra del nombre y suprimiendo la última del apellido. Es una mujer muy agradable, de la que serás amante sin excusa posible, por tu físico. No se lleva en balde a Hércules a casa de Mesalina. Tengo que advertirte que, si la entrada es libre, como en los bazares, en esa casa no se adquiere la obligación forzosa. de adquirir lo que dentro se vende. Allí se juega y se ama, pero no te comprometen a esto ni a aquello. Es libre también la salida. Se instaló hace tres años en el barrio de la Estrella, lugar sospechoso, y abrió sus salones a esa espuma de los continentes que llega para ejercer en París sus talentos varios, temibles y criminales. ¿Cómo fui a su casa? No lo sé. Acaso porque había en ella juego, amores fáciles y hombres viciosos. Me atrae la sociedad filibustera con sus decoraciones variadas; todos extranjeros, todos nobles, todos felices, al parecer, y todos desconocidos en las embajadas de sus respectivas naciones, excepto los espías. Todos hablan del honor a propósito de... unas botas, y citan a sus antepasados en toda ocasión; refieren su historias sin venir a cuento; son charlatanes, embusteros, tramposos; falsos como su nombre; osados por necesidad, como los bandoleros, que sólo pueden robar a caminantes arriesgando sus vidas. Forman algo así como la aristocracia del presidio. Me divierten; me interesa conocerlos, penetrarlos; me distrae oírlos; con frecuencia son decidores y nunca son vulgares como los funcionarios franceses. Nacen mujeres hermosas, con un dejo de bribonería extraña, con el misterio de su existencia desconocida.
Ellas tienen por lo general ojos abrasadores y cabellos incomparables, todo lo necesario para ser deseadas; ¡una gracia que emborracha, una seducción que enloquece, un encanto perturbador, irresistible! Son dominadoras como los aventureros de otras épocas; rapaces, verdaderas hembras de pajarracos de rapiña. Me resultan adorables. La marquesa Obardi es el modelo de tan elegantes perdidas. Algo madura y siempre bella, encantadora y felina, se la siente viciosa y brutal hasta la medula de los huesos. Su casa es de lo más divertido, allí se juega, se baila, se cena..., y se hace todo lo que resulta un placer en la vida mundana.
León Laval preguntó:
—¿Fuiste o eres su amante?
Servigny le respondió:
—No lo he sido, ni lo soy, ni lo seré. Me gusta la hija.
—¡Ah! ¿Tiene una hija?
—¡Maravillosa! ¡Una hija maravillosa! Hoy por hoy es el principal atractivo en aquella caverna. Gallarda, buena moza; dieciocho años..., ¡a punto de caramelo! Tan rubia como su madre morena, siempre alegre, siempre dispuesta para diversiones, riendo y bailando siempre. ¿Cuándo y dónde caerá? ¿Cayó a estas alturas? No lo sé. Muchos aguardamos la ocasión. Veremos. Una criatura como ésa, en manos de una mujer como la Obardi, es un tesoro. Se defienden bien las dos malditas. Nadie comprende su juego.
Acaso aguardan algo que les convenga más..., que yo. Pero yo te aseguro que me aprovecharé si la ocasión se me ofrece alguna vez. La muchacha me desconcierta por completo. Si no es el mayor monstruo de perversidad y astucia que imaginarse podría, es el caso de inocencia más ideal que se haya visto. Vive en ese ambiente de corrupción, satisfecha, tranquila y triunfante, admirablemente disimulada o sencilla. Maravilloso retoño de aventurera, nacido en el estercolero del peor mundo, como una planta magnífica entre basura, acaso es hija de algún aristócrata, de algún artista genial, de algún príncipe, de algún rey divertido una hora en el lecho de la madre. Tan misterioso como su existencia es también su pensamiento. Ya verás.
Laval reía, diciendo:
—Estás enamorado.
—No. Estoy en lista, no es lo mismo. Te presentaré a mis rivales más temibles. Pero me parece que les llevo alguna ventaja. Ella me distingue con sus atenciones.
Repitió Laval:
—Estás enamorado.
—No. La muchacha me turba, me seduce y me inquieta, me atrae y me descompone; pero desconfío de todo junto a ella, receloso de una emboscada; la deseo, como deseo un sorbete cuando estoy sediento. Me fascinan sus encantos y me acerco a ella con las aprensiones que sentiría si me acercase a un ladrón. A su lado me conmueve su candor posible y me hace desconfiar su malicia no menos probable. La siento como un ser anormal, sustraído a las rigurosas leyes de la Naturaleza, sublime o detestable, no lo sé.
Laval repetía por tercera vez:
—Estás enamorado. Hablas de la mujer con énfasis poético y lirismos de trovador. Vaya, obsérvate, abre los ojos, palpa tu corazón y confiesa.
Servigny anduvo un rato en silencio; después, continuó:
—Es posible. Desde luego me preocupa mucho. Sí; acaso estoy enamorado. Pienso con excesiva frecuencia en ella: dormido y despierto... La cosa es grave. Su imagen me sigue, me persigue, me acompaña sin cesar, a mi lado siempre, alrededor de mí, dentro de mí. ¿Esto es amor? ¿Es una obsesión física? Tan profundamente se grabó su rostro en mi alma, que se me aparece cada vez que cierro los ojos. Al verla, el corazón me palpita, no lo niego. Amo, no lo dudo, pero de mala manera. La deseo ardientemente y la idea de que pueda ser mi esposa me parece una locura, una estupidez, una monstruosidad. A veces me hace temer como temen los pájaros cuando el gavilán voltea. Y vivo celoso de todo lo que se me oculta en aquel incomprensible corazón. En ocasiones me pregunto: ¿Es una encantadora niña o una perversa? Dice las cosas con una ingenuidad aterradora; pero las cotorras hablan así también. Suele mostrarse imprudente o impúdica de tal modo, que me hace afirmar su candor inmaculado, o sencilla con sencillez inverosímil, que me hace suponer que nunca fue casta. Me provoca, excitándome como una cortesana y despidiéndose como una virgen. Creo que me quiere y que se burla de mí; en público se ofrece como si fuera mi querida, y en la intimidad me trata como a un hermano unas veces, y otras, como a un criado.
Ya imagino que tiene tantos amantes como su madre, ya la creo ignorante de la vida, ignorante de todo. ¿Comprendes? Ha leído muchas novelas. Yo, aguardando mejor empleo, dirijo sus lecturas. Ella me llama su «bibliotecario». Cada semana, la Librería Nueva, le remite de mi parte cuanto se publica, y todo lo lee. Tanta lectura desordenada formará en su cerebro un pisto atroz, ¡y acaso éste sea el motivo principal de sus maneras inexplicables. A través de quince mil novelas, deben formarse ideas muy extrañas de la vida. Espero. Ciertamente, nunca sentí por mujer alguna lo que siento por ésta; pero estoy seguro de no casarme con ella. Si tuvo amantes aumentaré su lista cuando el turno me llegue; si no los ha tenido, la encabezaré siendo el primero. El caso es muy sencillo. Una mujer así no puede casarse. ¿Dónde hay un marido para la hija de la marquesa Obardi, Octavia Bardin? Imposible, por mil razones. ¿Un hombre de buena sociedad cargaría con ella? Nunca. Es la de la madre una casa pública, y la niña sirve de cebo para la clientela. No hay quien lo pase. ¿Y un burgués? Menos. Además, la marquesa no admite malos negocios, y necesita para la muchacha un hombre de brillante posición. Una mujer que no pertenece a la nobleza ni a la burguesía, ni al pueblo humilde, no puede casarse. Por su descendencia, por su nacimiento, por su educación, por sus maneras, por sus costumbres pertenece a la prostitución elegante, y no escapa, so pena de hacerse monja, lo que no es probable. Sólo hay para ella un porvenir: el amor. Caerá con el tiempo, si no ha caído, y así sea en mis brazos. Lo espero. Tiene muchos pretendientes: un francés, el señor de Belvigne; un ruso, llamado el príncipe Kravalov; un italiano, el caballero Valreall, presentaron francamente sus candidaturas y maniobran por triunfar. Son los principales y hay muchos otros merodeadores de menos importancia. La marquesa está en acecho, pero me parece que puso los ojos en mí, creyéndome tal vez más rico y más aficionado que mis contrincantes. El salón de la marquesa es de lo más original que se ha visto en este género de exposiciones. Encuéntranse allí caballeros en toda regla, no seremos los únicos. En cuanto a mujeres, ha escogido lo mejor entre las buscadoras de oro. No sé dónde las busca ni cómo las encuentra; pero esas mujeres elegantes y cultas, al parecer, no son muy diferentes de las verdaderas perdidas. La Obardi tuvo una inspiración genial: reunió especialmente aventureras madres, prefiriendo siempre a las que tienen hijas y las llevan consigo. De modo que un imbécil supone que allí trata con señoras decentes.
IILlegaban a la avenida de los Campaos Elíseos. Una brisa ligera removía dulcemente las hojas de los árboles y refrescaba los rostros como el dulce balanceo de un abanico gigante. Sombras mudas vagaban entre los árboles; otras, en los bancos, uníanse fomando masas confusas. Y éstas y aquéllas hablaban muy bajo, como si se confiaran secretos importantes o vergonzosos.
Servigny prosiguió:
—No puedes imaginarte la colección de títulos fantásticos y nuevos que te asaltan en aquella guarida. Y, a propósito; voy a presentarte haciéndote conde; si, «el conde Laval»; Laval a secas no resultaría de buen efecto.
Su amigo exclamó:
—De ningún modo. No quiero que nadie me atnibuya, ni un solo instante, ni siquiera esas gentes, la ridícula pretensión de lucir un titulo imaginario. ¡Ah! Eso, nunca.
Servigny saltó la risa.
—Eres muy estúpido. A mí, en aquel centro, me llaman el duque de Servigny. No sé cómo ni por qué me bautizaron; y soy en aquella casa «el duque», sin quejarme ni protestar. Allí no me importa; y sin esto, me desdeñarían espantosamente.
Laval no se dejaba convencer.
—Tú eres de una familia noble, y eso en ti puede pasar. Pero yo no puedo admitir esa farsa, no; seré el único plebeyo del salón; en esto me distinguiré de todos y acaso esta diferencia me dé mayor importancia.
Servígny obstinándose, repetía:
—No es posible, te aseguro que no es posible. ¿Oyes? No es posible; parecerías casi un monstruo. Harías el efecto de un trapero entre una reunión de magnates. Déjame presentarte como virrey del Alto Mississipí: a nadie sorprenderá.
—No quiero, en absoluto; no quiero.
—Sea. Pero soy muy tonto en esforzarme por convencerte, cuando estoy seguro de que al entrar, sin decirles nada, te decoran con un titulo, como reparten a las damas ramitos de violetas a la puerta de algunos almacenes de modas.
Tomaron la calle de Berry, subieron al primer piso de un elegante hotel de construcción moderna y dejaron sus abrigos y bastones a cuatro criados que iban de calzón corto.
Un hálito abrasador, de fiesta, de flores, de perfumes, de mujeres, se respiraba al entrar; un murmullo intenso y continuado salía de las habitaciones inmediatas, llenas de gente.
Uno así como maestro de ceremonias, alto, derecho, grueso, se rio y con patillas blancas, se acercó a los recién llegados preguntando:
—¿A quién debo anunciar?
Servigny respondió:
—Al señor de Laval.
Entonces, levantando la cortina, el hombre de las patillas dijo con voz sonora:
—El señor duque de Servigny. El señor barón de Laval.
El primer salón estaba lleno de mujeres que lucían sus pechos desnudos asomando por escotes abiertos en trajes lucidos y primorosos.
La señora de la casa estaba en pie hablando con tres amigas y se acercó a ellos con paso majestuoso, con graciosos movimientos y sonrisas amables.
Su frente, muy estrecha, se coronaba de abundante cabello negro y brillante.
Era buena moza y arrogante, demasiado gruesa y un poco madura, pero muy hermosa, de una belleza palpitante y dominadora. Bajo un casco de cabellos que hacían soñar y obligaban a sonreír, haciéndola misteriosamente apetecible, abríanse dos ojos enormes, negros también. La nariz era pequeña, la boca grande, infinitamente seductora, hecha para sonreír y acariciar.
Su mayor atractivo estaba en la voz, que salía entre sus labios como el agua de un manantial, tan fácil, tan ligera, tan bien timbrada, tan cristalina, que oyéndola solamente se gozaba de una voluptuosidad. Era un goce para el oído recoger aquellas notas dulces, aquellas palabras vibrantes como la corriente de un arroyuelo; era un goce para los ojos ver el movimiento de aquellos labios, con exceso encendidos.
Teniendo una mano abandonada a Servigny, que la besó, soltó el abanico, pendiente de una preciosa cadena de oro labrado, para ofrecer la otra mano a Laval, diciéndole:
—Sea usted bienvenido, barón; todos los amigos del duque, aquí están en su casa.
Luego clavó su brillante mirada en el coloso. La condesa tenía cubierto el labio superior por una sombra de bozo que se le notaba más cuando hablaba. Su perfume favorito, fuerte, irritante, agradable, atraía; era, sin duda, aroma de América o de la India.
Otros visitantes llegaron: condes, marqueses, príncipes; ella dijo a Servigny, con expresión maternal:
—Encontrará usted a la niña en el otro salón. A divertirse; cuanto hay en mi casa es de ustedes.
Y los dejó para saludar a los recién llegados, lanzando a Laval una mirada furtiva y risueña, de las que usan las mujeres para dar a entender a un hombre que las agradó.
Servigny cogió del brazo a su amigo, diciéndole:
—Voy a guiarte. Aquí se reúnen las mujeres; mira, este salón es un templo de la Carne…, fresca o en adobo. Servicios usados, que valen como nuevos y a veces más, que se cotizan bien y se alquilan. A la izquierda, el juego: aquel salón es el templo del Dinero. En el del fondo, se baila: el tercer salón es el templo de la Inocencia. el santuario, el... mercado donde se negocian las doncellas. Allí exhiben estas damas los productos de su fabricación. Hasta se consienten uniones legitimas. Aquello es el porvenir, la esperanza de... nuestras noches, lo más curioso que se observa en este museo de enfermedades morales; niñas que tienen dislocada el alma como los miembros de los infantiles clowns, hijos de saltimbanquis. Vamos a verlas.
Saludaba, prodigando expresiones galantes, a derecha y a izquierda, hundiendo la mirada en las desnudeces de sus conocidas. En el salón de las vírgenes, una orquesta tocaba un vals; se detuvieron a la puerta para ver. Quince parejas danzaban; los hombres, gravemente; las mujeres, con la sonrisa en los labios. Iban casi todas escotadas como sus mamás, y los corpiños de algunas se apoyaban ligeramente sobre los hombros con un lazo de cinta estrecha, dejando ver en ocasiones las axilas velludas.
Bruscamente, desde el fondo del salón, una muchacha hermosa y arrogante, haciéndose lugar entre los que bailaban y sosteniendo con su mano izquierda la desmesurada cola de su vestido, avanzó hacia ellos, gritando:
—¡Eh! ¡Galán! ¡Buenas noches, galán!
Había en sus facciones una exuberancia de vitalidad y el placer se irradiaba en su rostro como una brillante aureola. Su cutis era blanco, sonrosado, transparente y sus abundantes cabellos, dorados al fuego, resplandecían, pesando con su abundancia sobre su frente angelical y sobre su cuerpo flexible, un poco delgado.
Parecía formada para moverse, como la madre para hablar; de tal modo eran sencillos, naturales y nobles sus gestos. Viéndola inclinarse, andar, bracear, sentiase un goce moral y un placer físico.
Siguió alborotando:
—¡Eh! ¡Galán! ¡Buenas noches, galán!
Servigny le dió la mano, sacudiéndola violentamente, como a un hombre, mientras hacia la presentación:
—La señorita Yvette; mi amigo, el barón de Laval.
Yvette saludó al desconocido y, contemplándole sonriente, le preguntó:
—¿Está usted así tan crecido todos los días?
Con el tono burlón que le servía para encubrir sus desconfíanzas, su incertidumbre, Servigny respondió:
—No, señorita. Hoy se ha estirado lo más posible para presentarse a mamá, que gusta de los buenos mozos.
La muchacha dijo con muy cómica seriedad:
—Perfectamente; pero cuando venga usted por mi, achíquese un poco, si es posible; yo prefiero los hombres más pequeños. Mire usted a mi galán, que tiene las necesarias proporciones.
Y ofreció a su nuevo y gigantesco amigo una mano pequeña y fina, diciendo a Servigny:
—¿Baila usted, galán? Vaya. Una vuelta de vals conmigo.
Sin responder, con un movímiento rápido, Servigny estrechó el talle de la muchacha y se alejaron con la furia de un torbellino.
Iban más de prisa que todos; :girando, girando, avanzaban muy juntos, con los cuerpos rígidos y las piernas casi inmóviles, como si un mecanismo invisible los impulsara.
Parecían infatigables. Todas las parejas terminaron y ellos continuaban solos, valsando indefinidamente, como si no supiesen lo que hacían ni dónde estaban, como si hubieran huido lejos de allí, en un éxtasis. Los músicos de la orquesta seguían tocando, con los ojos puestos en la pareja endiablada. Todo el mundo los contemplaba, y cuando al fin se detuvieron, todos los aplaudían.
Ella tenía un poco arrebatado el color, y en sus ojos una expresión extraña; ojos ardientes y tímidos, nos muy turbados, con el iris tan azul y la pupila tan negra, que no parecían ojos humanos.
Servigny se sintió desvanecido, y se apoyó en una puerta para recobrar su aplomo.
Yvette le dijo:
—Se le va la cabeza, mi pobre galán. Yo soy más fuerte.
El sonreía nerviosamente y la devoraba con los ojos, concibiendo brutales deseos.
Ella, frente a él, brindaba sonriente a las miradas del hombre un pecho desnudo y palpitante, y dijo:
—En algunas ocasiones parece usted un gato dispuesto a saltar sobre su presa. Vaya, déme usted el brazo y busquemos a su amigo.
Sin decir una palabra, Servigny le ofreció su brazo y atravesaron el gran salón.
Laval no estaba solo ya. La marquesa Obardi le acompañaba. Le hablába de cosas corrientes, de asuntos mundanos, con aquella voz encantadora que hacia delirar. Y clavándole hasta lo más profundo los ojos, parecía decirle otras frases distintas de las que pronunciaba su boca. Viendo a Servigny, la marquesa le sonrió, diciéndole:
—Sepa usted, duque amigo, que tengo alquilada en Bougival una villa para pasar dos meses en ella. Supongo que nos visitarán usted y su amigo. Me voy el próximo lunes. ¿Quieren ir a comer el sábado y quedarse allí todo el domingo?...
Servigny volvió bruscamente la cabeza para mirar a Yvette. Ella sonrió, tranquila, serena, y dijo con un aplomo que no dejaba lugar a dudas:
—Claro es que mi galán irá el sábado a comer con nosotras. Y nos divertiremos lo indecible, corriendo por el campo.
Servigny creyó adivinar una promesa en la sonrisa y sorprender una intención en el tono.
Entonces la marquesa, fijando en Laval sus magníficos ojos negros, le preguntó:
—¿Usted irá también?
Y su sonrisa era seguramente una promesa; Laval, inclinándose, contestó:
—Es para mi un gran placer, señora.
Yvette murmuró con una malicia inocente o pérfida:
—Escandalizaremos a todo el mundo allí, ¿verdad, galán? Haremos que mi tropa rabie.
Y con una mirada ligera, señaló a varios hombres que la observaban desde lejos.
Servigny añadió:
—Todo lo que usted quiera, señorita.
La marquesa dijo muy satisfecha, entretenida visiblemente por otro pensamiento, y sin apartar los ojos de Laval:
—¡Qué muchachos tan alegres!
—Mi galán me gusta, me divierte. Quisiera tenerle siempre cerca—dijo Yvette sencillamente.
Y Servigny, haciendo una gran reverencia, repuso:
—No me apartaría de usted ni de día ni de noche.
Yvette sintió algo así como un latigazo y dijo:
—¡Ah, no; eso, no! De día me gusta, pero de noche me disgustaría.
El preguntó con impertinencia:
—¿Por qué?
Y ella contestó con audacia tranquila:
—Porque no debe de ser usted muy atractivo en paños menores.
La marquesa exclamó sin emocionarse:
—Dices unas enormidades... Niña, esto ya pasa los límites de la inocencia.
Y Servigny añadió, burlonamente:
—Claro que pasa, y soy del mismo parecer, marquesa.
Yvette clavó los ojos en él, enfadada y altanera:
—Señor Servigny, acaba usted de cometer una grosería, y de algún tiempo a esta parte, le sucede a usted lo mismo con frecuencia—y volviéndose a los que la miraban desde lejos añadió—: Caballeros, defiéndanme, aquí me insultan.
Un señor moreno, flacucho, de pausados modales, se acercó.
¿Quién es el culpable?—dijo sonriendo.
Ella señaló a Servigny con la cabeza:
—Es él. Pero hasta cuando me insulta me agrada más que todos ustedes. Mi galán es menos aburrido.
El caballero Valreali dijo, haciendo una reverencia:
—No sabemos hacer más. Acaso tengamos facultades más cortas; pero nuestros deseos de servir a usted son muy grandes.
Se acercó otro, barrigudo, alto, con patillas grises, y con voz de trueno:
—Señorita Yvette, estoy a sus órdenes.
Ella exclamó:
—¡Ah! El señor de Belvigne.
Luego, dirigiéndose a Laval, hizo la presentación:
—Mi pretendiente oficial, gordo, alto, rico y tonto. Así me gustan los hombres. Un tambor mayor…, de casa de huéspedes. ¡Hola! Usted es más alto aún. ¿Cómo los llamaría yo a estos gigantes? ¡Ah! Sí: «Sucesores de Rodas», porque deben de ser nietos del coloso de Rodas. Buenas noches. Me despido, porque deben de teñer ustedes cosas muy interesantes que decirse por encima de las cabezas de todos.
Y se fué hacia la orquesta para pedir a los músicos un rigodón.
La señora Obardi estaba distraída, y dijo a Servigny con voz lenta, por hablar de algo:
—La impacienta usted, la provoca demasiado y así contribuirá a que ella tenga un carácter irascible.
El replicó:
—¿No han terminado ustedes aún su educación?
La marquesa, como si no le hubiera entendido, continuó sonriendo benévolamente.
Y descubriendo a un señor solemne y cargado de cruces, que se dirigía hacia ella, corrió a su encuentro.
—¡Ah príncipe! Príncipe, ¡qué fortuna!
Servigny volvió a cogerse del brazo de Laval y se alejaron.
—Es el último pretendiente serio; el príncipe Kravalov. Y ella, ¿qué te ha parecido?
Laval respondió:
—Las dos me resultan admirables, y me contentaría con la mamá.
—Cuando gustes; ella no ha de poner inconvenientes.
Se disponían las parejas a bailar el rigodón.
—Vayamos a ver que hacen los jugadores—añadió Servigny.
Entraron en la sala de juego.
Alrededor de cada mesa, un cerco de hombres, en pie, miraba. Escasa conversación y de cuando en cuando el sonido del oro, arrojado sobre el tapete y recogido con brusquedad, mezclaba una ligera vibración metálica entre los murmullos de los jugadores, como si la voz del dinero dijese también su frase junto a las voces humanas. Todos aquellos hombres, condecorados, lucían insignias de varios colores, presentando un mismo porte vulgar y severo, con rostros distintos. Principalmente se los distinguía por las barbas. El americano la llevaba corta y estrecha, formando herradura; el inglés, como un abanico abierto sobre el pecho; el español, cubriéndole todo el rostro, hasta cerca de los ojos; el romano, con los bigotazos enormes de que Victor Manuel dotó a Italia; el austríaco, con sus patillas; un general ruso, parecía llevar el labio armado con dos lanzas de pelo, y los franceses con los bigotes galantes, y varios lucían las invenciones de todos los barberos del mundo.
—¿Tú no juegas? —preguntó Servigny a Laval.
—No, ¿y tú?
—Aquí, nunca. Si quieres, vayámonos; otro día volveremos tranquilamente; hay demasiada concurrencia hoy. No se puede adelantar nada.
—Vámonos.
Y desaparecieron por una puerta que conducía al vestíbulo.
Llegando a la calle, Servigny preguntó:
—¿Qué me dices?
—Me resulta interesante; sobre todo, el salón de las mujeres.
—Ya lo creo. Esas mujeres son lo mejor que hay para nosotros en la raza. ¿No te parece oler el amor entre todas, como se huele a perfumes entrando en una peluquería? Verdaderamente, sólo en estos lugares puede uno divertirse por su dinero. Y ¡cuánto saben! ¡Cuántos primores del oficio! ¡Verdaderas artistas! ¿Has comido alguna vez pasteles en las panaderías? Tienen buena facha y no valen cosa; el que los hace sólo sabe hacer pan. Pues bien: los amores de una mundana vulgar me recuerdan siempre los pasteles de panadería, mientras que los amores que te sirven en casa de la marquesa Obardi son cosa exquisIta. ¡Oh! ¡Estas hacen deliciosamente sus pasteles! se pagan bastante más caros, pero queda uno satisfecho.
Laval preguntó:
—¿Quién es ahora el amante pagano?
Encogiéndose de hombros, contestó Servigny.
—Nada sé, amigo mío. El último era un lord, que se fué hace tres meses. Ahora la marquesa debe de sacar dinero de todo: el juego y los jugadores le pagan sus caprichos. Decidimamente, ¿Iremos el sábado a comer con ellas en Bougival? En el campo se goza de más libertad y acabaré por enterarme de lo que tiene Yvette en su preciosa cabecita.
Laval añadió:
—Me parece admirable; nada tengo que me lo impida el sábado.
Y volviendo por los Campos Elíseos interrumpieron las oraciones de unos prójimos. que se hallaban acostados en un banco, a la luz de las estrellas.
Servigny murmuró:
—¡Qué torpeza y qué sublime cosa! ¡De qué modo y hasta qué punto es vulgar, divertido, monótono y variado el amor! Y el miserable que paga un franco a esa prostituta le pide lo mismo que se pide a una Obardi cualquiera por diez mil francos, y acaso la del hotel no sea más joven y fresca, ni menos bruta que la de la calle. ¡Qué pequeñeces!
Callaron algunos minutos; luego prosiguió:
—Lo mismo da; considerarla una fortuna llegar a tiempo, ser el primer amante de Yvette. ¡Oh! Diera por serlo, diera..., diera...
Y no supo decir lo que daría. Laval se despidió cuando llegaron a la esquina de la calle Real.
IIIHabían servido la mesa en el mirador que dominaba la orilla del río. La villa Primavera, alquilada por la marquesa Obardi, se hallába dentro de la curva que forma el Sena, y que en aquel punto se inclina hacia Marly. Frente a la casa, la isla de Croissy formaba un horizonte de copudos árboles, una masa de verdura y se veía una extensión de agua considerable hasta el café flotante de La Rana, oculto en el follaje.
Anochecía; era una tarde silenciosa y quieta, dulce y sonrosada; una tarde tranquila de las que ofrecen sensaciones de felicidad. Ni un soplo de aire mecía las ramas, ni se rizaba la superficie brillante del Sena. Sin hacer mucho calor, era templado el ambiente; daba gozo vivir. La frescura de las aguas se comunicaba y se extendía hasta el cielo azul, sin una sola nube.
El sol iba cayendo tras de los árboles hacia otros lugares, y al parecer se aspiraba el bienestar de la tierra de pronto adormecida, la paz del espacio, la perezosa palpitación del mundo.
Al salir del salón para sentarse a la mesa, cada uno sintió el éxtasis; la dicha y la ternura invadieron los corazones; todos imaginaban que allí comerían deliciosamente, admirando la campiña, el río, la puesta del sol y respirando un aíre perfumado y fecundo.
La marquesa iba del brazo de Laval. Yvette se apoyaba en el de Servlgny.
No había más invitados.
Las dos mujeres no parecían las mismas de París: Yvette, sobre todo, estaba desconocida: sin hablar casi, languideciendo, seria.
Laval, extrañado, le preguntó:
—¿Qué tiene usted, señorita? En una semana cambió por completo de carácter. Ahora parece usted una persona formal.
Ella dijo:
—El campo me transforma; no soy la misma; todo esto me produce una extraña impresión. Además, nunca me hallará usted igual dos días seguidos. Hoy le pareceré una loca y mañana una elegía. Cambio como el tiempo; ignoro por qué. Soy capaz de todo, según las ocasiones. Algunas veces, me dan ganas de matar, y mataría hombres; animales, nunca, ¡pobrecitos! Y otras veces lloro por nada; todo me conmueve. Cruzan mi cerebro ideas muy distintas. Del humor que tengo al despertarme depende todo. Tal vez son los ensueños de la noche que influyen para todo el día en mí, tal vez mis lecturas, lo último que leí me impresiona de cierto modo, según sea.
Su traje de franela blanca la envolvía delicadamente; flotando con blandura y a través de los anchos pliegues de la tela, se marcaban los pechos, libres, duros y bien desarrollados. Entre blondas, asomaba su cuello delgado, inclinándose con dulces movimientos, como cediendo al peso de su abundante cabellera de oro.
Servigny la miraba con insistencia y dijo:
—Está usted adorable, señorita. Quisiera verla siempre así.
Ella contestó, con algo de su acostumbrada malicia:
—No se me declare usted ahora, galán, porque podría yo tomarlo en serio y costarle a usted caro.
La marquesa parecía estar satisfecha, muy satisfecha.
De negro, noblemente vestida y con un traje sencillo que dibujaba sus lineas firmes y llenas, con una guirnalda de claveles rojos, cayendo desde la cintura como una cadena; una rosa encarnada en el pelo, mostraba en toda su persona y sencillo adorno, en su mirada profunda, en su voz lenta, en sus movimientos, algo de ardiente y apasionado.
Laval también estaba serio, absorto. De cuando en cuandó se estiraba la negra barba, cortada en punta, y parecía meditar cosas difíciles.
Todos callaron durante algunos minutos.
Mientras servían una trucha, Servigny dijo:
—El silencio tiene una ventaja: con frecuencia, en silencio estamos en más íntima comunicación con los que nos rodean que charlando. ¿Verdad, marquesa?
La Obardi respondió, inclinándose un poco hacia él:
—Es verdad. ¡Es tan dulce pensar callando en las mismas cosas agradables!
Alzando los ojos, clavó en Laval una mirada ardiente, y durante algunos instantes permanecieron así, los ojos del uno fijos en los del otro.
Un pequeño movimiento, imperceptible casi, se produjo bajo la mesa.
Servigny prosiguió:
—Señorita Yvette: Si continúa tan comedida como hasta este momento, supondré que vive usted enamorada. Y ¿de quién? Ayúdeme a indagar, si es tan complaciente. Dejemos a un lado el batallón de moscones vulgares, tomemos nota de los más granaditos. ¿Será el príncipe Kraivalov?
Al oir este nombre, Yvette se revolvió:
—¿Puede usted suponerlo siquiera, galán? El príncipe me parece un ruso de museo de figuras de cera, que hubiese obtenido premio en concursos de peluquería.
—Bien; suprimamos al principe. Usted ha tenido ciertas distinciones para el vizconde Pedro de Belvigne.
Yvette soltó la risa, preguntando:
—Supóngame usted colgada tiernamente del cuello de Belvigne, susurrando en sus narices: «Amado mío, adorable Pedro, Pedrin de mi alma, ofréceme tu cabezota para que la bese tu mujercita.»
Servigny exclamó:
—Desechado también el número dos; falta el caballero Valreali, quien la marquesa patrocina.
Yvette recobró en este instante toda su alegría.
—¡El sauce llorón, sentimental como una Magdalena! Es de los que acompañan los entierros de primera clase. Cuando fija en mi sus húmedos ojos, creo hallarme de cuerpo presente.
—Y van tres inútiles. Queda Laval, que pudo inspirarle una pasión violenta, instantánea.
—¿Rodas? Menos, ¡imposible! No me deslumbran las grandezas. ¡Me parecería tener amores con el Arco de Triunfo!
—Entonces, Yvette, como hemos pasado a todos revista y sólo falta mi nombre, que pongo en último lugar por modestia, y... prudentemente: ¿sin duda soy el favorecido, el que la preocupa, el que la hizo sentir amor? Gracias, Yvette.
—¿Enamorada..., y de usted, galán? Eso, no. Le quiero mucho, pero no le quiero así. Acaso algún día... No se debe desconfiar de nada... Es posible, pero no ha llegado aún... Tiene usted algunas probabilidades... Insista, galán; preténdame, oblígueme con sus atenciones, con su respeto, con sus cuidados, con mucha humildad, siempre dócil a mis caprichos..., y veremos con el tiempo...
—Pero, señorita, cuanto usted me pide podría ofrecérselo de igual manera después que antes, si a usted le fuera lo mismo.
Ella preguntó ingenuamente:
—¿Después de qué, galán?
—Después de haberme probado que me quería como quieren los amantes.
—Bien; suponga que le quiero así; créalo si le place.
—Pero falta...
—Silencio, galán; hemos hablado ya bastante.
Servigny, haciendo un saludo militar, calló.
El sol se había hundido por completo detrás de la Isla, pero el cielo estaba enrojecido aún; el agua tranquila era entonces del color de la sangre. Los reflejos del horizonte lo enrojecían todo, y la rosa que llevaba prendida la marquesa parecía una gota de púrpura caída sobre su cabeza.
Yvette miraba a lo lejos, y la mano de su madre se acercó distraídamente a la de Laval; pero a1 volverse la niña, la marquesa retiró su mano con rapidez.
Servigny, que se daba cuenta de todo, preguntó a Yvette:
—¿Quiere usted que vayamos a pasear por la isla?
Le pareció muy bien la idea:
—Sí, si: muy agradable el paseo. Vamos usted y yo solos, ¿verdad, galán?
—Sí; yo solo con usted, Yvette. Hubo un silencio.
La tranquilidad soñolienta de la tarde pesaba en los ánimos de todos, en los cuerpos, en las ideas, en las palabras. Hay horas tranquilas, horas de recogimiento, en las cuales resulta difícil hablar.
Los criados servían sin ruido; e1 incendio del. firmamento se apagaba, y la noche, lentamente, desplegaba sobre la tierra su apacible sombra. Laval preguntó:
—¿Permanecerán ustedes aquí muchos días?
Y la marquesa respondió, acentuando mucho las palabras:
—Mientras me resulte agradable aquí la vida.
Cuando se quedaban a oscuras, trajeron luces. Se cubrió la mesa de reflejos pálidos, y una nube de mosquitos apareció de pronto, revoloteando. Eran dimínutos, y quemándose las alas, caían sobre los manteles, en los platos, en las copas; aparecían mezclados con el vino, con las salsas, y se los veía removerse en el pan; ciegamente saltaban al rostro, a las manos, obllgando a tirar las bebidas, a cubrir las fuentes, a preservar con precauciones infinitas cada bocado.
En esto se divertía Yvette. Servigny cuidaba mucho de librar de ataques lo que pensaba ella comer, de servirle vino sin cuerpos náufragos y de tender la servilleta, para que no se enredarran entre los pelos. Pero la marquesa, poniéndose nerviosa con la invasión de insectos, aligeró el final de la comida.
Yvette, que no había olvidado el ofrecimiento de Servigny, le dijo:
—Ahora iremos a la Isla.
Su madre le recomendó con languidez:
—No tarden mucho en volver. Los acompañaremos hasta el embarcadero.
Avanzaban de dos en dos, la niña y su amigo delante. La marquesa y Laval iban hablando en voz baja, muy baja y rápidamente. Todo estaba oscuro, no se veía nada. Pero en el cielo aparecían, como chispas de lumbre, innumerables estrellas.
Las ranas cantaban con su graznido monótono y duro.
Muchos ruiseñores lanzaban sus trinos entre la enramada.
Yvette preguntó de pronto:
—¿Dónde se han metido? ¿No venían detrás? ¡Mamá!
Nadie respondía. La niña insistió:
—No pueden estar lejos. Hace un momento los oí aún.
Servigny murmuraba:
—Tal vez se pararon. Acaso mamá sentía frío.
Y siguieron avanzando.
Una luz brillaba.
Era el merendero de Martinet, fondista y pescador.
Llamaron; salió de la casa un hombre. y se metieron los tres en una lancha grande, amarrada entre las hierbas de la orilla.
El barquero empuñó los remos, la pesada barca se deslizó, despertando los reflejos de las estrellas, dormidos en el agua; los hacía oscilar como en una danza frenética y se iban calmando tras ellos, a medida que la barca se alejaba lentamente.
Al llegar a la otra orilla, saltaron al pie de los árboles.
Un perfume fresco de tierra húmeda se extendía bajo las ramas exuberantes, que parecían sustentar más ruiseñores que hojas.
Se oyó a lo lejos un piano que tocaba un vals popular.
Servigny se había cogido al brazo de Yvette, y deslizando la mano suavemente por el cuerpo de la muchacha, estrechó su cintura, diciendo:
—¿En qué piensa usted?
—¿Yo? No pienso en nada. ¡Soy muy feliz!
—Y ¿es cierto que no me ama usted?
—Sí, galán; yo le quiero mucho; pero déjeme tranquila, no me pregunte. Lo que aquí se goza es demasiado hermoso para interumpirlo con palabras.
El la oprimía contra sí; ella trataba de apartarse, pero sin violencia, y a través del vestido, blando y suave, sentía el hombre todo el encanto de la mujer, y murmuraba:
—Yvette, Yvette...
—¿Qué ocurre?
—Que te amo, ¡que yo te amo!
—Esto no es muy serio, galán.
—Sí; hace tiempo que te amo.
Ella intentaba separarse, y hacía esfuerzos para retirar un brazo, que no podía mover, oprimído entre los dos cuerpos. Y avanzaban lentamente, luchando en silencio, tambaleándose como borrachos.
El no sabia qué decir, comprendiendo que no debe hablarse a una muchacha como a una mujer. Turbado, no sabiendo cómo empezar, preguntándose a cada punto si ella consentía o si estaba ignorante de sus pretensiones, torturaba su ingenio para encontrar las palabras tiernas, convincentes, precisas, propias en aquella ocasión.
Y repetía:
—¡Yvette! ¡Yvette! ¡Yvette! Bruscamente, jugando el todo por el todo, le dió un beso en la mejilla. Ella hizo intención de apartarse, diciéndole disgustada:
—¡Esto es ridículo! ¿Quiere dejarme tranquila?
El tono de su voz no dejaba descubrir claramente sus pensamientos ni sus intenciones, y no creyéndola muy enfadada, Servigny volvió a besarla en el cuello, junto al primer mechón dorado, en el sitio que más atraía su deseo.
Entonces ella se revolvió para huir; pero él, con los dos brazos la sujetaba fuertemente, y sorprendió en sus labios una caricia delirante y profunda.
Yvette se deslizó entre los brazos del hombre con una rápida ondulación de todo el cuerpo; resbalando por el pecho de Servigny, se escapó, y vivamente desapareció en la oscuridad, haciendo con sus enaguas un ruido semejante al vuelo de un pájaro.
Servigny quedó inmóvil, sorprendido por tanta ligereza y la rapidez de la desaparición. Después, nada oía; llamó a media voz:
—¡Yvette! ¿Nadie le contestó. Avanzaba procurando ver entre la sombra; pretendiendo descubrir entre los arbustos el blanco traje de Yvette; pero todo era negrura y oscuridad. Entonces gritó:
—¡Yvette! ¡Yvette!
Los ruiseñores callaron.
Apretó el paso, cada vez más inquieto, y alzando más la voz cada vez:
—¡Yvette! ¡Yvette! ¡Yvette!
Nada. Se detuvo; escuchó. Toda la Isla estaba silenciosa; apenas se oía un murmullo de hojas en las copas de los árboles. En el suelo sólo algunas ranas hacían oir su canto estridente.
Entonces registró mata por mata; iba en dirección a Bougival; retrocedía otra vez; andaba de un lado a otro, repitiendo:
—¡Yvette! ¿Dónde se ha escondido? ¡Conteste ya! ¡Fué una broma! ¡Vaya! Conteste. No me haga buscarla tanto: me doy por vencido.
Y seguía. Un reloj lejano dio las doce. Hacía dos horas que la perdió. Sin duda Yvette estaría ya en la villa.
Se decidíó a retirarse, ansioso, dando la vuelta por el puente.
***
Un criado le aguardaba, soñoliento, dormitando en un sillón del vestíbulo.
Servigny le preguntó:
—¿Hace mucho que ha vuelto la señorita?
—Si; la señorita volvió a las diez, señor duque.
Entró en su cuarto y se acostó. Estuvo con los ojos abiertos; no podía dormir. Aquel beso robado le desconcertaba. Y se decía: ¿Qué quiere? ¿Qué piensa? ¿Qué sabe? ¡Oh! ¡Estaba tan hermosa, tan atractiva!
Los deseos juveniles fatigados en su agitada vida por todas las mujeres gozadas, por todos los amores logrados, se despertaban de nuevo, revividos por aquella criatura singular, tan lozana, tan provocativa, tan misteriosa.
Oyó dar la una, luego las dos. Decididamente no pegaba los ojos. Tenía calor, sudaba. Su corazón latía con violencia. Decidió levantarse y abrir la ventana.
Y aspiró con delicia el aire fresco. Fijaba sus ojos en la sombra negra, callada, inmóvil. De pronto, en la oscuridad apareció un punto encendido, una chispa, un cigarro. No podía ser otro que Laval, en el jardín, a tales horas. Le llamó quedo:
—¡León!
Y una voz queda también dijo:
—!Eres tú, Juan?
—Sí. Aguárdame, abajo.
Se vistió para salir al encuentro de su amigo, que fumaba tranquilamente, sentado a horcajadas en una silla de hierro.
—¿Qué haces aquí a estas horas?
Laval contestó riendo:
—¿Yo? Descanso.
Apretándole una mano. Servigny dijo:
—Mi enhorabuena. Pues yo... me aburro.
—Esto significa, sin duda...
—Significa esto: que Yvette y su madre... no se parecen.
—¿Qué te ha sucedido? Cuéntame.
Servigny refirió sus tentativas y su fracaso. Luego añadió:
—Esa muchacha me turba. No me ha sido posible dormir. ¡Es tan encantadora! En su expresión inocente, ¡cualquiera descubre algo! A una mujer que ha vivido, que ha gozado, que nada ignora, se la conoce fácilmente: la ciencia no se disimula; pero con una virgen, con una inexperta, nada se adivina. Voy creyendo que se burla de mí.
Laval, meciéndose, decía:
—Cuidado, amigo: esto puede conducirte al matrimonio. Recuerda tantos ilustres ejemplos. Por tales procedimientos, la Montijo, que al menos era de buena raza, llegó a emperatriz. No hagas de Napoleón.
Servigny replicó:
—No temas; yo me aseguro. Ni soy necio ni emperador. Es preciso llegar a ser una de ambas cosas para dar semejante campanada. ¿No tienes sueño?
—No.
—¿Quieres ir a pasear por la orilla del río?
—Con mucho gusto.
Abrieron la verja, y avanzaron por la pendiente hacia Marly.
Era la hora que precede al crepúsculo matinal, hora de profunda quietud, de gran reposo, de inmensa calma. Hasta los rumores más leves de la noche habían cesado. Los ruiseñores ya no cantaban, las ranas habían puesto fin a su algarabía; sólo un animalejo ignorado, un pájaro tal vez, hacía un ruido como de sierra, débil, monótono, acompasado, constante.
Servigny, que a ratos era poeta y a ratos filósofo, dijo:
—Decididamente, me turba esa muchacha. En aritmética, uno y uno son dos; en amores, uno y uno debieran ser uno solo, y también son dos. ¿Tú no lo sentiste nunca? ¿Desconoces el deseo de absorber a tu amada o de ser absorbido por ella? No me refiero a las atracciones brutales de la carne, sino al tormento moral y a la preocupación intelectual que incitan a fundirse con otro ser, abriéndole toda el alma, entregándole todo el corazón, penetrando en su pensamiento hasta lo más profundo. Y no se consigue averiguar nada, nunca se descubren todas las fluctuaciones de su voluntad, sus deseos y sus ideas. Nunca se adivina la más pequeña cosa del misterio de un alma que sentimos tan cerca, de un alma oculta en unos ojos que nos miran, claros como el agua, transparentes como si no hubiera secreto en ellos, de un alma que vibra en las frases de unos labios que se nos ofrecen; de un alma que nos comunica sus delirios, y que, sin embargo, está más lejos de nosotros y es aún más impenetrable que las estrellas. ¿No es curioso esto?
Laval contestó:
—Yo no pido tanto a una mujer. Yo no miro detrás de los ojos. No me preocupa el contenido si la forma es atractiva.
Y Servigny murmuró:
—Yvette es una extraña criatura. ¿De qué modo me tratará en adelante?
Cuando llegaron a la máquina hidráulica de Marly, el cielo palidecía.
Los gallos empezaron a cantar, y sus voces lejanas se percibían distintamente. Un pajarillo piaba en un jardín, repitiendo sin cesar su ritornelo, de una sencillez inocente y cómica.
—Ya me parece oportuno que volvamos—dijo Laval.
Volvieron. Y cuando Servigny entraba en su cuarto, vió por su ventana, que había quedado abierta, el horizonte sonrosado con las primeras luces de la aurora.
Cerrando la persiana y las cortinas, durmió.
IVUn ruido singular le despertó. Incorporándose para oír mejor, de pronto no percibía nada. Luego sonó en las persianas un tamborileo, semejante al que produce una granizada.
Saltó de la cama, y abriendo las cortinas y los póstigos de par en par, vió a Yvette en el jardín, que le tiraba puñados de arena.
Llevaba un vestido color de rosa, y un sombrero de paja de anchas alas, adornado con una pluma grande, a lo mosquetero, y reía burlesca y maliciosamente.
—Hola, galán. ¿Dormía usted aún? ¿Qué ha hecho usted esta noche para levantarse a estas horas? ¿Anduvo usted en aventuras, mi pobre galán?
El estaba deslumbrado por la penetrante luz del sol, que hirió de pronto sus ojos, entumecido aún por el sueño y el cansancio, y asombrado ante la tranquilidad irónica de la muchacha.
Contestó:
—Bajo en seguida. Un minuto para zambullir las narices en el agua, y bajo en seguida.
Ella gritó:
—Ande listo. Son ya las diez. Y he de participarle un gran proyecto, una conspiración. Ya sabe que a las once se almuerza.
Al bajar Servigny, la encontró sentada en un banco. Tenía sobre la falda un libro; cualquier novela. Se levantó; le tomó el brazo familiarmente, amigablemente, con alegre ingenuidad, como si nada hubiese ocurrido la víspera, y llevándole a un extremo del jardín, le dijo:
—He aquí mi proyecto. Desobedeceremos a mamá, que no me deja ir al restaurante de La Rana. Yo quiero ir con usted, quiero ver eso. Mamá dice que las muchachas decentes no pueden ir allí. Pero me da lo mismo que se pueda o no se pueda. Yo quiero, y usted me acompaña, ¿verdad, galán? Y nos divertiremos ruidosamente con los bateleros.
Yvette olía bien, sin que Servigny pudiese adivinar qué aroma tenue y sutil revoloteaba en derredor de la niña. No era como los penetrantes perfumes de la madre, sino una reminiscencia tal vez de polvos iris, y acaso algo de verbena.
¿De dónde se desprendía el aroma imperceptible? ¿Del traje, de los cabellos, del cutis? Como ella le hablaba de muy cerca. Servigny recibía en pleno rostro el aliento de la virgen, y lo respiraba con delicia. Supuso entonces que acaso el aroma que le intrigaba era solamente obra de los sentidos exaltados, algo así como la emanación engañosa de aquella gracia juvenil y atractiva.
Ella decía:
—Conformes en todo, ¿verdad, galán? Como después de almorzar hace mucho calor, no es posible que salga mamá. Dejándola con el gigante, nos vamos. Luego diremos que fuimos al bosque. ¡Si usted supiera cuánto me divertirá ver La Rana!
Llegaron a la verja, frente al río. El sol caía sobre las aguas dormidas y brillantes. Un cálido vapor se desprendía formando sobre la superficie una bruma ligera y reverberante.
De cuando en cuando, paraban embarcaciones, canoas ligeras, botes pesados; se oían a distancia silbidos, cortos o prolongados: los de los trenes que arrojan cada domingo el pueblo de Paris a la campiña, los de los vaporcillos que avisan para el paso en la presa de Marly.
Una campana sonó. Los llamaban para el almuerzo.
Entraron.
Comieron silenciosamente. Un bochornoso mediodía de julio pesaba sobre la tierra y deprimía la voluntad. El calor se hacia denso, paralizando los cuerpos y los espíritus. Las palabras torpemente salían de los labios y los movimientos se hacian difíciles, como si hubiese que vencer en el aire obstáculos penosos.
Bien que silenciosa, como los demás, Yvette sentíase animada, viva, impaciente.
Apenas hubieron tomado el postre, dijo:
—Podríamos ir a pasearnos. Dará gusto ponerse a la sombra de los árboles.
La marquesa, con expresión fatigada, murmuró:
—¿Estás loca? ¿Se puede salir con un tiempo semejante?
La muchacha, satisfecha, insistía:
—Bueno; el barón puede quedarse contigo; pero Servigny me acompañará; Iremos al bosque, para sentarnos a leer sobre la hierba.
Y dirigiéndose a Servigny:
—¿Qué dice usted a eso?
—Que haré lo que usted guste.
Ella corrió a buscar el sombrero.
La marquesa se encogió de hombros, suspirando:
—Está loca, loca rematada.
Luego tendió perezosamente la mano al barón, mostrando, hasta en este movimiento amoroso, la fatiga, y Laval se inclinó para cogerla y besarla.
Yvette y Servigny salieron. Por la orilla del río llegaron al puente, que los condujo a la isla. Como era pronto para ir a La Rana, se sentaron bajo un sauce, sobre la hierba.
La muchacha sacó un libro, y dijo riendo:
—Galán, tendrá usted que leer para distraerme.
Y le ofreció el volumen.
El hizo un movimiento, rechazándolo.
—¿Yo, Yvette? ¡Pero si no sé leer!
Ella insistió con gravedad.
—Vaya; no caben excusas ni explicaciones. Me parece usted un magnífico pretendiente. Sí. Todo por nada; ésta es su divisa.
El, cogiendo y abriendo el volumen, quedó sorprendido. Era un tratado de entomología. Una historia de las hormigas, por un autor inglés. Y, como quedase inmóvil, creyendo que Yvette se burlaba, la muchacha se impacientó, diciéndole:
—Vamos, lea usted.
El preguntó:
—¿Es un empeño formal o una broma ligera?
—No, galán; vi este libro en una librería; me dijeron que no había estudio más completo acerca de las hormigas, y me pareció divertido conocer las costumbres de los diminutos animales que vemos correr entre la hierba. Lea usted.
Se tendió Yvette de cara al suelo, con los codos apoyados, la cabeza entre las manos y los ojos fijos en el césped.
Servigny leyó:
«Sin duda los monos antropoides, entre todos los animales, son los que se parecen más al hombre por su estructura anatómica; pero si consideramos las costumbres de las hormigas, su organización social, sus extensas relaciones, las casas y los caminos que construyen, su manera de domesticar a otros animales, y hasta algunas veces de hacer esclavos, nos vemos obligados a reconocer que tienen derecho a exigir un lugar inmediato al hombre en la escala de las inteligencias...»
Y continuaba con monótona entonación, parándose de cuando en cuando para preguntar:
—¿Hemos leído bastante?
Yvette decía que no con la cabeza; y habiendo recogido en el extremo de un tallo de hierba una hormiga, se divertía viéndola correr de un extremo a otro. Escuchaba con atención muda todos los detalles sorprendentes de la vida de tan pequeños animales, acerca de sus instalaciones subterráneas, acerca de los procedimientos que usan para criar los pulgones, encerrándolos y alimentándolos, para beber el licor azucarado que segregan, como nosotros hacemos con las vacas de leche en nuestros establos; acerca de la costumbre de domesticar pequeños insectos ciegos, a los cuales educan para que limpien los hormigueros, y de la costumbre de batallar para conseguir esclavos, que sirvan a los vencedores con solicitud.
Y, poco a poco, como si el anlmalito, inteligente y diminuto, hubiera despertado en su corazón una ternura maternal, Yvette contemplaba cariñosamente a la hormiga, que paseaba sobre su índice, y sentía deseos de besarla.
Y cuando Servigny leía de qué modo viven en comunidad, cómo juegan, cómo luchan amigablemente, haciendo ejercicios de fuerza y de agilidad, la joven, entusiasmada, quiso besar al insecto, que se deslizó corriendo sobre su rostro. Entonces Yvette lanzó un grito penetrante, como si se viera amenazada de un gran peligro, y con gestos de terror se golpeaba las mejillas para espantar a la bestezuela. Servigny, riendo estrepitosamente, la cogió sobre la sien, cerca de los cabellos, y puso en el mismo lugar donde hizo su presa un beso prolongado, sin que Yvette se apartara.
Luego dijo ella, incorporándose:
—Me gusta más que una novela este libro. Vamos a La Rana; ya es hora.
Llegaron a la parte de la isla cultivada como un parque y sembrada por árboles inmensos. Muchas parejas amorosas llegaban a la orilla del río, bajo el espeso follaje. Mujeres públicas y jóvenes libertinas, obreras con sus amantes, que iban en mangas de camisa, con la chaqueta al brazo y el sombrero echado hacia atrás, con expresión de fatiga y borrachera; burgueses humildes con sus familias, emperejiladas las mujeres Y con la ropa de los domingos, y saltando las criaturas como una pollada en torno de sus padres.
Un rumor lejano y continuo de voces humanas, un clamor sordo y regañón, anunciaba la proximidad del establecimiento preferido por los bateleros.
Una inmensa barcaza, provista de un techo, amarrada en la orilla, sostenía una muchedumbre de mujeres y hombres bebiendo, sentados alrededor de las mesas, en pie, gritando, cantando, chillando, bailando, saltando al compás de un piano quejumbroso, desafinado, estridente como una matraca. Rollizas mozas de cabellos rojos lucían por delante y por la espalda la doble provocación de sus pechos y de sus caderas, yendo y viniendo, con los ojos encandilados, los labios rojos, casi borrachas y diciendo obscenidades.
Otras bailaban como locas, emparejadas con mozalbetes casi desnudos, pues no llevaban más que pantalón de hilo y camiseta de algodón, cubriéndose la cabeza con gorras de colores, como los jockeys.
Y olía todo aquello a sudor y polvos de arroz, emanaciones de perfumería ordinaria y de sobacos.
Los bebedores, alrededor de las mesas, tragaban líquidos blancos, amarillos, verdes, y gritaban y vociferaban sin motivo, cediendo a una violenta necesidad de alborotar, a un brutal placer de sentirse las orejas y el cerebro aturdidos.
A cada instante, un bañista, sobre el cobertizo, se arrojaba al agua, salpicando a los más próximos y lanzando gritos salvajes.
Y numerosas embarcaciones cruzaaban el río. Canoas largas y estrechas volaban, deslizándose a fuerza de remos impulsados por brazos desnudos y fibrosos. Las bateleras, vestidas de azul o de rojo, con sombrillas rojas o azules también, se recostaban en sus asientos a popa, inmóviles, adormecidas.
Embarcaciones más pesadas iban despacio, llenas de gente. Un colegial bromista, queriendo lucirse, remaba con movimientos de aspa de molino, tropezando con todas las canoas, cuyos tripulantes le insultaban, poniendo en peligro de ahogarse a dos nadadores; luego se alejaba rápidamente, perseguido por las voces de la muchedumbre amontonada en el café flotante.
Yvette, entusiasmada, confundiéndose del brazo de Servigny, entre aquel público ruidoso y vario, parecía satisfecha de tantos apretones maleantes, contemplando a las mozas con ojos compasivos y serenos.
—Mire usted, galán, qué bonito pelo tiene aquélla. Parece que se divierten mucho todas.
Cuando el pianista—un batelero vestido de rojo y cubierto con un colosal sombrero de paja—empezó un vals, Yvette se agarró bruscamente a su compañero por la cintura y comenzaron a bailar vertiginosamente; y tantas vueltas dieron, y tanto se mantenían infatigables, que ya todos los miraban. Los bebedores, en pie sobre las mesas, llevaban el compás golpeando en la tabla; otros, con los vasos, y el músico, como si se hubiera vuelto loco, golpeaba las teclas de marfil con el puño cerrado, moviendo todo el cuerpo y balanceando rápidamente la cabeza, cubierta de un inmenso quitasol.
De pronto, se detuvo, echándose al suelo, como hubiera muerto de fatiga. Una risotada vibró en los ámbitos del café, y todos aplaudieron.
Cuatro amigos se precipitaron sobre la supuesta víctima, como suele ocurrir en los accidentes, recogiendo a su camarada, llevándolo uno por cada remo, después de colocar sobre su cuerpo el sombrerazo enorme que le servía de tienda.
Un guasón se unió al grupo entonando el De profundis, y casi todos formaron filas detrás, recorriendo los paseos del parque, arrastrando en el séquito a cuantos hallaban a su paso. Yvette seguía también, satisfecha, riendo con toda su alma y hablando con todo el mundo, enloquecida por el movimiento y por el ruido. Algunos jóvenes la miraban fijamente, acercándosele mucho, encendidos, como si olfatearan, como si quisieran comérsela con los ojos; y Servigny temía ya que terminase de mala manera la broma.
La procesión seguía y aceleraba su marcha, porque los cuatro que llevaban al pianista iban casi al trote, seguidos por la muchedumbre bulliciosa. Pero de pronto, se dirigieron a la orilla del rio, detuviéronse junto al agua, y, balanceando a su compañero, lo dejaron caer al Sena.
Un inmenso grito de loco entusiasmo salió de todas las gargantas, mientras el pianista, desagradablemente sorprendido, escupía, tosía, juraba, renegaba, y hundido en el fango, esforzábase por ganar la orilla.
El sombrero que fué arrastrado por la corriente, lo recogió una barca.
Yvette saltaba de alegría, batiendo palmas y repitiendo:
—¡Ah, galán, qué divertida estoy! ¡Qué divertida estoy!
Servigny la observaba, serio, algo cohibido, algo desencantado al verla tan a gusto entre aquella canalla. Un instinto se revelaba en él, un instinto de superioridad que un hombre bien nacido no pierde nunca, ni cuando se abandona más; un instinto que rechaza las familiaridades viles y los contactos puercos.
Y pensaba:
—¡Canastos! Lo lleva en la masa de la sangre.
Y sentía deseos de tutearla, como la tuteaba mentalmente, como se tutea de improviso a las mujeres que son de todos. Apenas la distinguía de las vulgares criaturas de cabellos rojos que allí los codeaban gritando, con voces enronquecidas, frases obscenas. Corrían entre la muchedumbre; las frases puercas, cortas y sonoras, parecían revolotear sobre sus cabezas, nacidas allí como las moscas en un estercolero. No molestaban ni sorprendían a nadie. Yvette no las había extrañado siquiera.
—Galán, quiero bañarme —dijo—vamos a nadar.
El contestó:
—Lo que usted diga.
Y se acercaron al despacho para tomar unos trajes de alquiler. Estuvo lista primero y le aguardó en la orilla, sonriente, bajo todas las miradas. Después entraron juntos en el agua templada.
Ella nadaba, satisfecha, gozosa, estremeciéndose de placer con las caricias del agua, levantando los brazos como si de un solo impulso quisiera lanzarse a la orilla. Servigny la seguía difícilmente, fatigándose, disgustado al sentirse vencido. Ella moderó su marcha, y luego, saltando bruscamente con los pies juntos, quedó tendida sobre el agua, los brazos cruzados, y los ojos fijos en el cielo azul. Servigny contemplaba la línea ondulosa de su cuerpo sobre la superficie del río, los pechos duros, mostrados a través de la tela mojada, su forma perfecta y sus pezones muy salientes, y el vientre y el muslo de curvas admirables, las pantorrillas desnudas y el pie diminuto.
Veíala del todo, como si se mostrara expresamente para tentarle, para ofrecérsele, para burlarse de nuevo, y la deseaba con un ardor apasionado, rendido. Yvette volvió a ocultarse, nadando, mirándole y riendo, diciéndole:
—Tiene usted una bonita cabeza.
Servigny se sintió molestado por esta broma, y con la cólera maligna de un enamorado escarnecido, cediendo torpemente a un confuso instinto de venganza, un deseo mayor de humillar y de herir que de guardarse y defenderse, preguntó:
—¿Le gustaría mucho a usted esta vida?
Ella, con ingenuidad, repuso:
—¿Qué vida?
—¡Vamos! No se haga la tonta; ya sabe lo que le digo.
—Palabra de honor, que no lo sé.
—Aquí acaba la comedia, ea, ¿Quiere o no quiere usted?
—No entiendo.
—¡Bah! No es usted tan simple. Además, el otro día lo hablamos.
—¿Qué? No recuerdo.
—Que yo adoro en usted.
—¿Sí?
—De veras.
—¡Qué guasa!
—Lo juro.
—Falta que lo pruebe.
—¡No deseo ya otra cosa!
—¿Qué?
—Probarlo.
—A ello, pues.
—No me decía usted tanto ayer tarde.
—No me propuso usted nada.
—¡Qué simpleza!
—Y, además, no es a mí a quien debe usted diriglrse.
—¡Qué gracia! ¿Pues a quién?
—A mamá.
Servigny rió estrepitosamente.
—¿A su mamá? No. ¡Es demasiado!
Yvette se puso de pronto muy sería, mirándole fíjamente.
—Oiga usted, Servigny: si me quiere para casarse conmigo, digáselo a mamá; luego hablaremos nosotros.
El creyó que la niña se burlaba, y rabioso, dijo:
—Señorita, me confunde usted..., con otro.
Ella guardó silencio, clavando en él sus ojos claros.
Después de breves dudas, le dijo:
—Tampoco ahora le comprendo a usted.
Entonces él, vivamente, con algo de brusquedad y de malicia en sus entonaciones, añadió:
—Yvette; ya es tiempo de que acabe una farsa ridícula que dura demasiado Está usted jugando a la niña inocente, y ese papel ya no le sienta, créame usted. Sabe de sobra que no podemos tratar seriamente de casamiento usted y yo..., sino de amor. Digo que adoro en usted y es la verdad; lo repetiré mil veces: adoro... y deseo. No haga usted niñerías porque me comprende, y no soy digno de que me trate como a un tonto.
Estaban en pie, metidos aún los dos en el agua, frente a frente, sosteniéndose con pequeños movimientos de los brazos. Ella quedó algunos instantes inmóvil, como si no pudiera decidirse a penetrar el sentido de aquellas frases; después se ruborizó hasta los cabellos, y sin contestar palabra se dirigió a la orilla nadando con toda su fuerza, precipitadamente. Y no pudiendo alcanzarla, él se ahogaba siguiéndola.
La vio salir del agua, recoger su toalla y entrar en su caseta sin volver los ojos.
El tardó algo en vestirse, muy perplejo acerca de lo que había dicho, Imaginando si debía excusarse o insistir.
Cuando Servigny salió, Yvette se había ido sola. El regresó lentamente, ansioso y turbado.
La marquesa, del brazo de Laval, paseaba por el jardín y viendo llegar a su amigo, le dijo con el dulce abandono que guardaba desde la víspera:
—Ya les dije que no es prudente salir con tanto calor. Yvette se ha sofocado y tuvo que acostarse. Ha venido como una amapola, ¡pobre criatura!, con una jaqueca terrible. Habrán estado al sol, habrán hecho locuras. ¡Quien sabe!.. Usted es tan irreflexivo como ella.
La muchacha no bajó al comedor, y cuando le dijeron que le llevarían a su cuarto la comida, les respondió que no tenía ganas, que se había encerrado y que la dejasen tranquila.
***
Servigny se marchó con Laval en el tren de las diez, prometiendo repetir la visita el jueves próximo. Y la marquesa se quedó junto a la ventana para soñar en sus amores, oyendo lejana la música del baile de los bateleros, que interrumpía el solemne silencio de la noche.
Arrastrada por el amor y para el amor, sentía repentinas ternuras que la invadían como una enfermedad. Esas pasiones la dominaban bruscamente, la poseían por completo, la enloquecían, la enervaban o la abrumaban, según ofrecieran un carácter exaltado, violento, dramático o sentimental.
Era una de esas mujeres nacidas para amar y para ser amadas. Procedente de una humilde familia, se encumbró a la sombra de la galantería que profesaba, ignorante casi de lo que hizo y obrando instintivamente, por natural disposición: aceptaba el dinero como las caricias, sencillamente, sin distinguir, empleando su pericia de una manera inconsciente, como lo hacen los animales para satisfacer las obligaciones de su existencia. Muchos hombres llegaron a su lecho sin hacerle sentir ninguna ternura, sin que tampoco le inspirasen repugnancia sus caricias. Admitia ciertos tratos con sosegada indiferencia, como se come viajando lo que ofrecen diversas cocinas, porque hay que vivir. Pero, de cuando en cuando, su corazón o su carne se enardecian, y entonces se apasionaba profundamente durante semanas o meses, según las condiciones fisicas y morales del amante. Aquéllos eran los momentos deliciosos de su vida. Entregaba todo su cuerpo, toda su alma, con arrebato, con éxtasis. Se sumergía por completo en su amor, como el suicida se sumerge en el rio para dejarse arrastrar y ahogarse, dispuesta siempre a morir. Pero de gozo, enloquecida, embriagada, infinitamente dichosa. Cada vez imaginaba que nunca sintió un deleite parecido, y se hubiera asombrado si le recordasen el número de amantes diferentes que la hicieron delirar muchas noches mientras contemplaba las estrellas.
Laval la había cautivado, esclavizando el cuerpo y el alma de la la marquesa. Pensaba en él, acariciada por su imagen y por su recuerdo, en la exaltación tranquila del placer satisfecho, de la dicha presente y segura.
Un ruido que sintió a su espalda le hizo volver la cabeza. Yvette entraba, con el mismo traje que llevó por la tarde, pálida y encandilados los ojos como después de grandes fatigas.
Se apoyó en el alféizar de la ventana, frente a su madre.
—Tenemos que hablar—le dijo.
La marquesa la miró sorprendida. La quería con egoísmo de madre, satisfecha de la belleza de la muchacha, como de una fortuna, sintiéndose aún bastante apetecible para no hallarse celosa, demasiado indiferente para reflexionar los proyectos que se la imponían, demasiado sutil para desconocer sus conveniencias.
Respondió:
—Ya te oigo, hija mia: ¿qué sucede?
Yvette clavaba en su madre los ojos como para leer en el fondo de su alma, pensando sorprender todas las sensaciones que producirían sus palabras.
—Ha sucedido una cosa extraordinaria.
—¿Cuál?
Servigny me ha dicho que me quiere.
La marquesa oía con inquietud. Pero como Yvette no dijo más, preguntó:
—Y ¿cómo te ha dicho eso? Explícate.
La niña, sentándose a los pies de su madre en una postura cariñosa que le era familiar, le cogió las manos, añadiendo:
—Ha dicho que pensaba casarse conmigo.
La señora Obardi, haciendo un movimiento brusco de asombro, exclamó:
—¿Servigny? ¡Estás loca!
Yvette no apartaba la vista del rostro de su madre, queriendo espíar su pensamiento y su sorpresa. Entonces, le preguntó gravemente:
—¿Por qué me llamas loca? ¿Por qué Servigny no puede casarse conmigo?
La marquesa, turbada, balbució:
—Te has equivocado; eso no es posible. Habrás oído mal; interpretarías mal una frase. Porque Servigny es demasiado rico para pretenderte... Demasiado..., demasiado..., parisiense, para casarse.
Yvette se había puesto en pie lentamente, y añadió:
—Pero si me quiere como dice...
Su madre, impaciente, murmuraba:
—Te creí bastante avisada, bastante instruida en las cosas del mundo, para que te preocupasen ciertas ilusiones... Servigny es un calavera, un egoísta. De casarse, lo hará con una mujer de su categoría y de su fortuna. Si te habló de matrimonio... fué..., fué por...
La marquesa no atreviéndose a descubrir su sospecha, calló un instante, interrumpiéndose, y exclamando al fin:
—¡Vaya! Déjame tranquila y acuéstate.
La muchacha, como si ya supiera todo lo que deseaba saber, contestó dócilmente:
—Si, mamá.
Besó en la frente a su madre, y se retiró con mucha calma.
Cuando estaba ya en la puerta, la marquesa dijo:
—Y ¿cómo sigues de tu insolación?
—Aquello no era nada, no tuve nada. Sólo esta idea...
—Ya lo trataremos otro día. Entre tanto, procura no quedarte sola con él en algún tiempo; convéncete de que no, se casará contigo; no lo dudes; él sólo quisiera…, comprometerte. No encontró otra palabra más oportuna para expresar su pensamiento.
Yvette se retiró a su cuarto. La señora Obardi se entregó de nuevo a sus divagaciones…
***
Gozando muchos años de una quietud amorosa y opulenta, procuraba rehuir todo pensamiento que pudiera preocuparla, inquietarla o entristecerla. Jamás quiso preguntarse qué seria de Yvette; siempre seria tiempo de reflexionarlo cuando llegara el momento dificultoso. Su instinto de cortesana, le hizo comprender que su hija sólo podría casarse con un hombre rico y aristócrata por una casualidad venturosa, por una sorpresa de amor violento, como las que algunas veces sentaron a aventureras en los tronos. Con eso no contaba, ni ponía en juego los medios que pudieran conseguirlo, muy ocupada con asuntos propios, para combinar proyectos que no la concernían directamente.
Yvette sería, sin duda, como su madre, una mujer galante, ¿por qué no? Pero jamás la marquesa se decidió a pensar cuándo ni cómo aquello sucedería.
Y hete ahí que la muchacha, de pronto, sin preparación, le hacía una de las preguntas incontestables, obligándola repentinamente a tomar una actitud en un asunto difícil, muy delicado, muy peligroso en todos los conceptos, perturbador de su conciencia, de la conciencia que se debe mostrar cuando se trata de una hija, y de tales cosas.
Tenía demasiada astucia natural, astucia soñolienta, pero no dormida, para engañarse ni un fomento acerca de las intenciones de Servigny; conocía bastante a los hombres por experiencia, y, sobre todo, a los hombres de aquella raza. Por eso desde las primeras palabras de Yvette pensaba sin querer:
«Pero ¿cómo habrá usado ese recurso viejo, él, malicioso, calavera, hombre muy hecho al trato de mujeres? ¿Qué decidiría? Y ¿cómo prevenir a la muchacha? ¿Cómo decírselo más claramente? ¿Cómo defenderla? Porque podía también abandonarse a sentímentalismos inconvenientes. ¿Hubiérase creído jamás que Yvette estuviera tan inocente de todo, tan poco enterada de lo que veía, que fuese tan poco maliciosa?»
Y la marquesa, confusa, cansada ya de reflexionar, buscaba inútilmente una solución, porque el caso le parecía muy comprometido.
Eludiendo preocupaciones molestas, pensó:
«¡Bah! Los vigilaré mucho, de cerca, y resolveré según las circunstancias. Si es preciso, hablaré a Servigny, que me comprenderá fácilmente con media palabra.»
No pensó qué le diría, ni qué pudiera él responder, ni qué género de inteligencia era posible que se afirmara entre ambos, pero satisfecha de haberse tranquilizado, sin haber tenido que tomar una resolución, volvió a extasiarse con el recuerdo del arrogante Laval, y con los ojos fijos en las profundidades vagas de la noche, contemplando la hermosa claridad que se cernía sobre París lejano, lanzó dos besos en la sombra, sin darse cuenta de lo que hacía, y con voz trémula y ahogada, como si hablase aún con el amante, murmuró:
—¡Te amo! ¡Te amo!
V
Yvette no dormía. Como su madre se asomaba a la ventana de su cuarto, abierta de par en par, y lloraba: eran las primeras lágrimas tristes que arrasaron sus ojos.
Hasta entonces había vivido, se había educado en la confianza expansiva y serena de la dichosa juventud. ¿Por qué se preocupaba, reflexionaba, indagaba? qué no había de ser ella una joven como las otras? ¿Por qué una duda, un temor, una terrible sospecha la desconsolaban?
Parecía saberlo todo porque hablaba de todo, porque adoptaba la entonación, las maneras, las atrevidas palabras de lás personas que vivían a su alrededor. Pero no sabía mucho más que una criatura educada en un convento; sus audacias de frase no procedían de su pensamiento, sino de su memoria, de la facultad de imitación y de asimilación que tienen las mujeres, y de su razonamiento.
Hablaba de amor como el hijo de un pintor o de un músico puede hablar a los diez años de música o de pintura. Sabía, o más bien sospechaba, qué clase de misterio se cubría con ese nombre—demasiadas bromas había oído acerca del particular para que su inocencia no las hubiese sospechado—; pero ¿cómo deducir de aquello que todas las familias no eran como la suya?
Besaban las manos de su madre con respeto aparente; los amigos que iban a verlas ostentaban titulos de nobleza; todos eran o parecían ricos; todos nombraban familiarmente a príncipes de sangre real. Hasta dos hijos de reyes fueron algunas veces de noche a casa de la marquesa, ¿Cómo sospechar de todo esto?
Además, Yvette era, por temperamento, inocente. No indagaba ni olfateaba como su madre. Vivía tranquila, demasiado satisfecha de vivir para inquietarse de aquello que pudiera parecer sospechoso a naturalezas más reflexivas, más recelosas, menos expansivas y menos triunfantes.
Pero de pronto Servigny, con algunas palabras cuya brutalidad ella sentia sin comprenderlas, despertaba una inquietud súbita, inexplicable al principio, y luego convertida en aprensión atormentadora.
Habia vuelto a casa, huyendo tres, como una bestia herida; herida en realidad bárbaramente por las palabras que repetía, para comprender todo lo que significaban, todo su alcance: «No podemos tratar seriamente de casamiento sino.., de amor.»
¿Qué significaba esto? Y ¿por qué tal injuria? ¿Ignoraría ella sin duda un secreto vergonzoso? ¿Lo ignoraría ella sola? Pero ¿qué podía ser? Y se aterraba pensándolo, como quien descubre una infamia oculta, la traición de un ser amado, un desastre del corazón que abruma y enloquece.
Había meditado, reflexionado, investigado; llorado; había mordido en todos los temores y en todas las sospechas. Luego, su gran alma juvenil y alegre recobraba la serenidad combinando una simple aventura, una situación anormal y dramática zurcida con todos los recuerdos de novelás poéticas y sentimentales que había leído. Recordaba peripecias conmovedoras, relaciones tiernas y sombrías, revolviéndolas con su propia historia, embelleciendo el misterio, adornando su vida.
No se desconsolaba ya; soñando plácidamente, descorría velos, imaginaba complicaciones inverosímiles, mil cosas singulares, terribles, seductoras, a lo menos por su extrañeza.
¿Sería tal vez la hija natural de un príncipe? Su pobre madre, seducida y abandonada, hecha marquesa por un rey, acaso por el rey de Italia, pudo tener que huir ante la indignación de su familia...
También era posible que fuese una criatura abandonada por sus padres, muy nobles y muy ilustres, fruto de un amor clandestino, recogida por la marquesa, que la crió y educó.
Y otras muchas imaginaciones cruzaban su pensamiento. Las aceptaba o las rechazaba caprichosamente. Se enternecía compadecíéndose, dichosa en el fondo y también triste; sobre todo, satisfecha de verse convertida en una especie de personaje de novela, y creyéndose obligada en lo sucesivo a mostrarse adoptando actitudes nobles, dignas de su raza. Pensaba en el papel que tendría que desempeñar según se ofrecieran los acontecimientos. Vagamente veía el personaje que le tocaba representar como una creación de Scribe o de Jorge Sand, un compuesto de sacrificio, abnegación, dignidad, grandeza de alma, ternura y bonitas frases. Su naturaleza veleidosa se alegraba casi de la nueva situación.
Estuvo toda la tarde pensando qué debía resolver, buscando estratagemas para sonsacar a la marquesa la verdad.
Y cuando llegó la noche, favorable a las situaciones trágicas, había combinado un engaño sencillo y sutil para conseguir lo que se prometía: decir bruscamente a su madre que Servigny la pidió en matrimonio.
Sorprendida la señora Obardi con esta nueva, de seguro dejaría escapar alguna palabra o alguna exclamación que arrojase luz sobre las dudas de la muchacha.
Yvette realizó su proyecto.
Esperaba una explosión de asombro, una expansión de amor, una confidencia llena de gestos y lágrimas.
Pero la señora Obardi, lejos de mostrarse devorada ni sorprendida, mostró cierto cansancio; y en la expresión aburrida, turbada y descontenta de. su madre, comprendió la niña que no era prudente insistir; despertaron de pronto en ella toda la astucia, la malicia y la perversidad femeninas, indicándola que sería de otra naturaleza el misterio, doloroso de averiguar, y más oportuno descubrirlo a solas. Por eso volvió a su cuarto con el corazón oprimido, el alma dolorida, y abrumada por la sospecha de una desdicha verdadera, sin saber con precisión por qué ni de dónde procedían estas emociones. Y lloraba con los codos apoyados en el alféizar de la ventana.
Lloró mucho tiempo, sin pensar ya en nada, sin esforzarse para descubrir algo más, y poco a poco el desfallecimiento la vencía. Cerraba los ojos, amodorrábase algunos minutos con el sueño pesado de las personas fatigadas que no tienen resolución para desnudarse y acostarse, y entrecortado por sacudidas bruscas, cada vez que la cabeza resbala entre las manos.
No se acostó hasta que aparecieron los primeros resplandores del día, y el frío matinal, helando su cuerpo, la obligó a cerrar la ventana.
Y, durante dos días, conservó una actitud reservada y melancólica. Un trabajo de reflexión, incesante y rápido, la transformaba; y acostumbróse a espiar, adivinar y razonar. Una claridad, vaga todavía, la hizo ver de un modo nuevo a su alrededor los hombres y las cosas; y nacía en ella una suspicacia contra todos, contra todo lo que había creído, contra su madre. Hizo en esos dos días infinitas suposiciones. Examinó todas las posibilidades, arrojándose a las resoluciones más extremas con el ímpetu de su temperamento variable y desmedido. El miércoles determinó su plan, toda una regla de conducta y un sistema de espionaje. Se levantó el jueves por la mañana con la intención de ser más redomada que un policía, y prevenida para luchar con todo el mundo.
Hasta se resolvió a tomar por divisas estas palabras: «Yo sola», y trató, durante más de una hora, de qué modo podría disponerlas para que hiciesen buen efecto, grabadas en derredor de sus iniciales, en su papel de cártas.
Laval y Servigny llegaron a las diez. La muchacha les tendió la mano con reserva, pero sin turbación, y familiarmente dijo:
—Buenos días, galán. ¿Cómo le va?
—Bien, señorita; ¿y a usted?
Servigny la observaba pensando: «¿Qué nueva comedia quiere representarme?»
Habiéndose apoyado la marquesa en el brazo de Laval, Servigny ofreció el suyo a Yvette y dieron un paseo por el jardín, apareciendo y desapareciendo a cada instante detrás de los macizos de verdura y de los grupos de árboles.
Yvette se mostraba prudente y reflexiva; con los ojos bajos, mirando las piedrecillas del suelo, escuchando poco a su acompañante y contestándole apenas.
De pronto le preguntó:
—¿Es usted verdaderamente amigo mío?
—Ya lo creo, señorita.
—¿Verdaderamente? ¿Con toda sinceridad?
—Sí; con toda mi alma y con toda mi vida.
—Pero ¿hasta el punto de no mentirme, de no engañarme ni una sola vez?
—Ni... dos veces, cuando sea preciso.
—¿Hasta el punto de confesarme la verdad, la torpe verdad toda entera?
—Sí.
—Bueno. ¿Qué piensa usted, qué juicio tiene del príncipe Kravalov?
—¡Ah! ¡Diablo!
—¿Se tomá usted el tiempo necesario para inventar una mentira?
—No, pero rebusco las palabras para que sean oportunas del todo. El príncipe Kravalov es un ruso, un verdadero ruso, que habla en ruso, que ha nacido en Rusia, que acaso tuvo un pasaporte para venir a Francia y que no tiene más de falso que su nombre y su titulo.
Ella le miró