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Sábado, 16 Febrero

JACK LONDON - EL DIENTE DE BALLENA
de
ARKAIKO
el sáb 16 feb 2008 18:38 CET
JACK LONDON - EL DIENTE DE BALLENA
En los primeros días de las ... más »
Jueves, 17 Mayo

LA LLAMADA DE LA SELVA // JACK LONDON
de
ARKAIKO
el jue 17 may 2007 10:57 CEST
La llamada de la selva -- Jack London (link)
CAPÍTULO I
La vuelta al atavismo Nostalgias inmemoriales de nomadismo brotan debilitando la esclavitud del hábito; de su sueño invernal despierta otra vez, feroz, la tensión salvaje.Buck no leía los periodicos, de lo contrario habría sabido que una amenaza se cernía no sólo sobre él, sino sobre cualquier otro perro de la costa, entre Puget Sound y San Diego, con fuerte musculatura y largo y abrigado pelaje. Porque a tientas, en la oscuridad del Ártico, unos hombres habían encontrado un metal amarillo y, debido a que las compañías navieras y de transporte propagaron el hallazgo, miles de otros hombres se lanzaban hacia el norte. Estos hombres necesitaban perros, y los querían recios, con una fuerte musculatura que los hiciera resistentes al trabajo duro y un pelo abundante que los protegiera del frío. Buck vivía en una extensa propiedad del soleado valle de Santa Clara, conocida como la finca del juez Miller. La casa estaba apartada de la carretera, semioculta entre los árboles a través de los cuales se podía vislumbrar la ancha y fresca galería que la rodeaba por los cuatro costados. Se llegaba a ella por senderos de grava que serpenteaban entre amplios espacios cubiertos de césped y bajo las ramas entrelazadas de altos álamos. En la parte trasera las cosas adquirían proporciones todavía más vastas que en la delantera. Había espaciosas caballerizas atendidas por una docena de cuidadores y mozos de cuadra, hileras de casitas con su enredadera para el personal, una larga y ordenada fila de letrinas, extensas pérgolas emparradas, verdes prados, huertos y bancales de fresas y frambuesas. Había también una bomba para -el pozo artesiano y un gran estanque de hormigón donde los chicos del juez Miller se daban un chapuzón por las mañanas y aliviaban el calor en las tardes de verano. Sobre aquellos amplios dominios reinaba Buck. Allí había nacido y allí había vivido los cuatro años de su existencia. Es verdad que había otros perros, pero no contaban. Iban y venían, se instalaban en las espaciosas perreras o moraban discretamente en los rincones de la casa, como Toots, la perrita japonesa, o Ysabel, la pelona mexicana, curiosas criaturas que rara vez asomaban el hocico de puertas afuera o ponían las patas en el exterior. Una veintena al menos de foxterriers ladraba ominosas promesas a Toots e Ysabel, que los miraban por las ventanas, protegidas por una legión de criadas armadas de escobas y fregonas. Pero Buck no era perro de casa ni de jauría. Suya era la totalidad de aquel ámbito. Se zambullía en la alberca o salía a cazar con los hijos del juez, escoltaba a sus hijas, Mollie y Alice, en las largas caminatas que emprendían al atardecer o por la mañana temprano, se tendía a los pies del juez delante del fuego que rugía en la chimenea en las noches de invierno, llevaba sobre el lomo a los nietos de Miller o los hacía rodar por la hierba, y vigilaba sus pasos en las osadas excursiones de los niños hasta la fuente de las caballerizas e incluso más allá, donde estaban los potreros y los bancales de bayas. Pasaba altivamente por entre los foxterriers, y a Toots e Ysabel no les hacía el menor caso, pues era el rey, un monarca que regía sobre todo ser viviente que reptase, anduviera o volase en la finca del juez Miller, humanos incluidos. Su padre, Elmo, un enorme san bernardo, había sido compañero inseparable del juez, y Buck prometía seguir los pasos de su padre. No era tan grande -pesaba sólo sesenta kilos- porque su madre, Shep, había sido una perra pastora escocesa. Pero sus sesenta kilos, añadidos a la dignidad que proporcionan la buena vida y el respeto ------------------------------------------------------------------
Martes, 15 Mayo

RELATOS DE LOS MARES DEL SUR // JACK LONDON
de
ARKAIKO
el mar 15 may 2007 16:56 CEST
Jack London Relatos de los Mares del Sur (LINK)Índice Koolau el leproso El inevitable hombre blanco Mauki Las terribles Salomón Las perlas de Parlay En la estera de Makaloa El diente de ballena El chinago
Koolau el leproso
––Nos privan de la libertad porque estamos enfermos. Hemos acatado la ley. No hemos hecho nada malo. Y, sin embargo, nos encierran en una prisión. Molokai es una cárcel. Vosotros lo sabéis. Ahí tenéis a Niuli. Mandaron a su hermana a Molokai hace siete años. Desde entonces no ha vuelto a verla ni volverá a verla jamás. Seguirá allí hasta que muera. No por voluntad propia, ni por voluntad de Niuli, sino por voluntad de los blancos que gobiernan el país. Y ¿quiénes son esos blancos? »Sí, lo sabemos. Nos lo han dicho nuestros padres y los padres de nuestros padres. Llegaron como corderos y con buenas palabras. No tenían más remedio que decir buenas palabras porque éramos muchos y fuertes y las islas eran nuestras. Como os digo, vinieron con buenas palabras. Los había de dos clases. Unos pidieron permiso, nuestro gracioso permiso, para predicar la palabra de Dios. Los otros solicitaron permiso, nuestro gracioso permiso, para comerciar. Aquello fue el comienzo. Hoy todas las islas son suyas. Las tierras, los rebaños, todo les pertenece. Los que predicaban la palabra de Dios y los que predicaban la palabra del ron se han unido y se han convertido en jefes. Viven como reyes en casas de muchas habitaciones con multitud de criados que les sirven. Los que no tenían nada, ahora son dueños de todo, y si vosotros, o yo, o cualquier canaca tiene hambre, fruncen el ceño y le dicen: ¿Por qué no trabajas? Ahí tienes las plantaciones. Koolau hizo una pausa. Levantó la mano y con dedos sarmentosos y contrahechos alzó la guirnalda llameante de hibiscos que coronaba sus negros cabellos. La luz de la luna bañaba de plata la escena. Era una noche pacífica, aunque los que estaban sentados a su alrededor parecían supervivientes de una encarnizada batalla. Sus rostros eran leoninos. Aquí se abría un vacío donde antes hubiera una nariz, y allá surgía un muñón en el lugar de una mano. Eran hombres y mujeres, treinta en total, desterrados porque en ellos llevaban la marca de la bestia. Estaban sentados, adornados con guirnaldas de flores, en medio de la noche perfumada y luminosa. Sus labios articulaban ásperos sonidos y sus gargantas aprobaban con gruñidos toscos las palabras de Koolau. Eran criaturas que una vez fueran hombres y mujeres, pero que habían dejado de serlo. Eran monstruos, caricaturas grotescas en el rostro y en el cuerpo de todo lo que caracteriza al ser humano. Horriblemente mutilados y deformes, semejaban seres torturados en el infierno a lo largo de milenios. Sus manos, si las tenían, eran como garras de arpías. Sus rostros eran anomalías, errores, formas machacadas y aplastadas por un dios furioso encargado de la maquinaria de la vida. Aquí y allá se adivinaban rasgos que aquel dios colérico casi había borrado. Una mujer lloraba lágrimas abrasadoras que brotaban de dos horribles pozos gemelos abiertos en el lugar que un día ocuparon los ojos. Unos cuantos de entre ellos padecían horribles dolores, y de sus pechos surgían gemidos roncos. Otros tosían con un crujido suave que recordaba el rasgar de un papel de seda. Dos de ellos eran idiotas, enormes simios desfigurados desde su factura de tal modo que un mono a su lado habría parecido un ángel. Hacían muecas y farfullaban a la luz de la luna, bajo coronas de flores doradas que comenzaban a perder su lozanía. Uno de aquellos seres, cuyo lóbulo hinchado ondeaba como un abanico sobre su hombro, arrancó una espléndida flor naranja y escarlata y decoró con ella la enorme oreja que aleteaba con cada movimiento de su cuerpo. Sobre estas criaturas reinaba Koolau y aquéllos eran sus dominios, una garganta ahogada por las flores, una garganta sembrada de riscos y peñascos, de la que surgían, para quedar después flotando en el espacio, los balidos de las cabras salvajes. La cerraban por tres lados murallas de roca festoneadas con fantásticos cortinajes de vegetación tropical y horadadas por entradas a cuevas, guaridas de los súbditos de Koolau. En dirección al mar el suelo se despeñaba hacia un tremendo abismo del que sobresalían, allá abajo, crestas de picos y peñascos en torno a cuyas bases espumeaba y rugía el oleaje del Pacífico. Con buen tiempo los barcos podían arribar a la playa rocosa que marcaba la entrada al Valle de Kalalau, pero muy bueno había de ser el tiempo para ello. Y un montañero experto podía quizá trepar desde la playa hasta lo más profundo del valle, hasta la cavidad rodeada de riscos donde reinaba Koolau, pero experto en extremo había de ser el montañero y muy bien tenía que conocer aquellos senderos agrestes. Lo asombroso era que los súbditos de Koolau, aquella escoria humana, hubieran sido capaces de arrastrar su inútil miseria por caminos vertiginosos para llegar a aquel lugar inaccesible. ––Hermanos ––comenzó Koolau. Pero una de aquellas aberraciones simiescas y quejumbrosas emitió en aquel momento una risa salvaje de demente, y Koolau se interrumpió hasta que el eco de la desenfrenada carcajada, tras rebotar en las murallas rocosas, fue a perderse en la distancia a través de la noche sin pulso. ––Hermanos, ¿no os parece raro? Nuestras eran las tierras y he aquí que ya no son nuestras. ¿Qué nos dieron a cambio los que predicaban la palabra de Dios y del ron? ¿Alguno de vosotros ha recibido un dólar, un dólar siquiera, por sus propiedades? Y, sin embargo, ahora todo les pertenece a ellos y a cambio nos dicen que podemos ir a trabajar la tierra, sus tierras, y que lo que produzcamos con nuestro trabajo será suyo. Antes ni siquiera teníamos que trabajar, y ahora, cuando estamos enfermos, nos quitan la libertad. ––¿Quién trajo nuestro mal, Koolau? ––preguntó Kiloliana, un hombre seco y nervudo de rostro tan semejante al de un fauno reidor que lo natural habría sido ver pezuñas hendidas bajo su cuerpo. Y eran hendidos sus pies, es cierto, pero las hendiduras eran úlceras y putrefacciones vivas. Y, sin embargo, aquél era Kiloliana, el trepador más osado de todos, el hombre que conocía los senderos de cabras y que había guiado a Koolau y a sus maltrechos seguidores hasta los escondrijos más recónditos de Kalalau. ––Buena pregunta ––respondió Koolau––. No quisimos trabajar los campos de caña de azúcar en que una vez pastaron nuestros caballos y por eso trajeron esclavos chinos de allende los mares. Y con ellos llegó el mal que nosotros padecemos y por el cual nos encierran en Molokai. Nacimos en Kauai. Hemos estado en otras islas, en Oahum, en Mauim, en Hawai, en Honolulú, y, sin embargo, hemos vuelto a Kauai. ¿Por qué? Tiene que haber un motivo. Y es que amamos esta tierra. Hemos nacido aquí y aquí hemos vivido. Y moriremos aquí a menos... a menos que haya débiles de corazón entre nosotros. A ésos no los queremos. Para ellos se ha hecho Molokai. Si es que aquí hay algún cobarde, que no siga entre nosotros. Mañana desembarcarán los soldados. Que bajen a su encuentro los tímidos de corazón. Los enviarán inmediatamente a Molokai. Los demás nos quedaremos y lucharemos. Y sabed que no hemos de morir. Tenemos rifles. Conocéis los angostos .........................................................
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